Si el Caballero de la Triste Figura, gran devorador de libros, supiera que en su viejo país apenas se lee, ganas le darían de montar de nuevo su Rocinante lanza en ristre. Las estadísticas, sin embargo, lo subrayan una y otra vez, y solo el hecho de que se hagan tantas encuestas sobre el asunto delata la preocupación. Y si desde alguna instancia se defendiera lo contrario, lo más seguro es que fuese propaganda en la línea del CIS de Tezanos. Obviamente siempre hay quienes leen incluso lo que no está escrito, pero un porcentaje insoportable de la población no coge un libro ni para calzar una mesa, y, lo que es peor, no piensa hacerlo nunca. Es cierto que entender los textos leídos exige un esfuerzo considerable, quizá por ello aumenta el número de personas que eligen libros fáciles, aunque una proporción nada desdeñable también difíciles, por más que no capten por completo sus contenidos, acaso porque priorizan ante todo la ostentación de la lectura.
Estos tristes datos sin duda empeorarán, dada la precaria comprensión lectora de los escolares españoles, un fracaso al que nos han llevado las distintas y sucesivas políticas educativas, y al que contribuyen actualmente las pantallas móviles o inmóviles que nos invaden por doquier y secuestran la mirada sobre imágenes infinitas.
Antiguamente, en España, por ejemplo en el siglo XIX, estaban quienes no sabían leer porque no habían podido ir a la escuela, y también aquellos que habían despreciado tal aprendizaje por no necesitarlo para subsistir al descender de familias que se enorgullecían de no depender del trabajo personal. Esto cuenta en sus memorias el doctor Federico Rubio y Gali, que tiene una avenida en Madrid. Qué diferente a lo que consignó por la misma época en su diario otro médico, el Dr. Livingstone, sobre los africanos makololos, a los que les parecía sobrenatural que se pudiera ver en los libros las cosas que suceden o han sucedido en otro lugar.
Parece mentira que alguien pueda desdeñar los libros cuando, según Umberto Eco, no se ha inventado una máquina mejor, ninguna tecnología de la memoria capaz como ellos de mantenerla en el tiempo en las diferentes formas que han adoptado a lo largo de sus 5.000 años de historia. Y es que son un artefacto extraordinario, a la altura de la rueda o la cuchara.
El libro es sagrado (pero puede tocarse, ¿eh?), digno de veneración y fuente de conocimiento. Leer es saber, saber más para servir mejor. Por ello resulta incomprensible que, después de la ardiente aventura para salvarlos de las quemas que tantas vidas se ha llevado por delante, quede gente aún que, pudiendo leer en libertad cuanto se le antoje, siga sin percatarse de su privilegio. Pero que levanten la mano los que hayan leído el Quijote. Exceptuemos de la votación al difunto Antonio D. Olano, que cuando quería leer un libro lo escribía, eso decía. Qué tío más grande.