Cuando fuimos peces

Superministro en misión diplomática (y otras faunas exóticas)

En este país lo que hay es mucha envidia, mucha incultura y, sobre todo, mucho “cogérsela con papel de fumar”. Porque ahora resulta que han salido unos audios y unos wasapés donde se pone a caldo a nuestro superministro, ese héroe nacional que, en viaje oficial a un país musulmán, decidió llevarse consigo a cinco o seis pretty women como quien se lleva el neceser, el cargador del móvil y un par de calcetines limpios.

Y digo yo: si tan grave es la cosa, ¿por qué filtrar audios y no vídeos? Porque un vídeo, un vídeo sí que demuestra algo. Lo demás se queda en dimes y diretes, que es la unidad de medida oficial de la política española.

Pero claro, hay que ser inculto supino para no saber que el islam permite hasta cuatro esposas siempre que uno pueda mantenerlas por igual. Y aquí viene mi reflexión patriótica: si uno es superministro de España, ¿cómo no va a poder mantenerlas “al mismo nivel”? Hombre, por favor. Si no llega a fin de mes, siempre puede recurrir a alguna empresa pública, que para eso están: para que el dinero público —que no es de nadie— no se pierda por ahí, sino que se invierta en buenas obras. Obras de caridad, incluso.

Eso sí: lo de las concubinas ya no se estila, porque eran cosa de la esclavitud y la esclavitud, por lo que sea, cayó en desuso. Pero un superministro moderno, con su nómina, sus dietas y su tarjeta opaca de la dignidad institucional, bien podría mantener a las que hiciera falta. Para eso está el erario, que él mismo se encarga de airear, regar y podar.

Y mientras tanto, los envidiosos y maledicentes pierden una oportunidad de oro para hacer publicidad de la Marca España. Porque si algo ha demostrado nuestro superministro es que aquí, en esta piel de toro, el hombre es mu(a)cho hombre… y las mujeres, muchas mujeres. Eso sí que es un eslogan internacional, y no las campañas esas de “Spain for sure”.

Ya sé que con esta propuesta corro el riesgo de que mi amiga Margarita vuelva a acusarme de “machista” y “homófobo”. Pero que conste que no nombro para nada a los señoritos, señoritas, ni señorites, y que ni siquiera me meto con las señoritas de compañía, también conocidas —en versión castiza— como presti‑putas, que decía aquel fino estilista del lenguaje.

En fin, que cada cual haga su lectura. Yo, por mi parte, solo constato un hecho: cuando fuimos peces, al menos nadábamos en aguas más limpias.