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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Jorgeá  Sánchez Vargas»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
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      <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Jorgeá  Sánchez Vargas»]]></title>
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  <title><![CDATA[Colombia: más allá de Petro y Abelardo]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 27 Jul 2026 08:50:06 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La posesión del nuevo presidente de Colombia, el próximo 7 de agosto, que debería simbolizar la fortaleza de la alternancia democrática, ha terminado convertida en la punta del iceberg de un espectáculo político que desnuda la pobreza del debate...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La posesión del nuevo presidente de Colombia, el próximo 7 de agosto, que debería simbolizar la fortaleza de la alternancia democrática, ha terminado convertida en la punta del iceberg de un espectáculo político que desnuda la pobreza del debate nacional. Mientras el mandatario que se va y el que llega protagonizan una confrontación que monopoliza la conversación pública, el país espera respuestas frente a la violencia, el crecimiento económico, el deterioro institucional y una fractura social sin resolver.</p>

<p>Sin embargo, el verdadero problema no son Gustavo Petro ni Abelardo de la Espriella. Son apenas el síntoma de una manera de entender el poder que ha terminado por desplazar las ideas y las instituciones para concentrar la atención en los líderes. Cambian los discursos, las banderas y las orillas ideológicas; permanece la tentación de convertir la política en un escenario donde el personaje importa más que el proyecto colectivo.</p>

<p>Ese es uno de los riesgos más serios para cualquier democracia. No comienza a deteriorarse solo cuando aparecen gobernantes con inclinaciones autoritarias. También se debilita cuando la ciudadanía acepta que el destino depende de un hombre. La historia demuestra que los personalismos, cualquiera que sea el lenguaje ideológico con el que se presenten, terminan reduciendo el espacio del pluralismo y debilitando el papel de las instituciones llamadas a equilibrar y controlar el poder.</p>

<p>El filósofo Norberto Bobbio recordaba que la democracia no se define por el nombre de quien gobierna, sino por la fortaleza de las reglas que limitan su autoridad. Edgar Morin, desde otra perspectiva, advirtió que las sociedades complejas no admiten soluciones simples ni respuestas providenciales. Ambas reflexiones resultan pertinentes para Colombia, donde con demasiada frecuencia se espera que un presidente resuelva problemas que llevan décadas acumulándose y que solo pueden enfrentarse mediante instituciones sólidas, políticas de Estado y una ciudadanía comprometida.</p>

<p>La revolución digital ha añadido un nuevo desafío. Las redes sociales y las nuevas tecnologías han multiplicado la capacidad para amplificar emociones, simplificar los debates y convertir la confrontación política en un espectáculo de consumo permanente. Pero la tecnología no crea el personalismo; apenas potencia una cultura política que privilegia el impacto inmediato sobre la deliberación y la construcción de consensos.</p>

<p>La democracia no consiste en reemplazar un líder por otro. Consiste en garantizar que nadie esté por encima de las instituciones y que el debate público se ocupe menos de las personas y más de los problemas nacionales. Esa debería ser la principal enseñanza que deja el relevo presidencial.</p>

<p>La pregunta que Colombia necesita responder no es quién ganó la disputa entre Petro y Abelardo. La verdadera pregunta es si el país será capaz de ir más allá de ambos para fortalecer una democracia donde la libertad, el pluralismo, el Estado de derecho y la responsabilidad institucional tengan más peso que el carisma, el ego o la voluntad transitoria de quienes ejercen el poder.</p>

<p>Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.</p>

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                        <item>
  <title><![CDATA[El Congreso de Colombia en tiempos de desconcierto​]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 20 Jul 2026 15:13:07 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Mientras el Congreso de Colombia instala una nueva legislatura y elige las mesas directivas del Senado y Cámara de Representantes, los ciudadanos viven preocupados por asuntos cotidianos: llegar al trabajo, sostener un pequeño negocio, buscar...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Mientras el Congreso de Colombia instala una nueva legislatura y elige las mesas directivas del Senado y Cámara de Representantes, los ciudadanos viven preocupados por asuntos cotidianos: llegar al trabajo, sostener un pequeño negocio, buscar empleo, pagar impuestos o llevar el sustento a sus hogares. Son dos realidades que transcurren al mismo tiempo, aunque caminen por caminos distintos.</p>

<p style="text-align: justify;">La atención de la jornada de este lunes 20 de julio se concentrará en los nombres de quienes dirigirán el poder Legislativo durante el próximo año, del total de cuatro para los cuales fueron elegidos por distintos partidos. Sin embargo, la pregunta importante es: ¿qué Congreso recibe el presidente electo, Abelardo de la Espriellla, que asumirá el poder el viernes 7 de agosto?</p>

<p style="text-align: justify;">La respuesta va mucho más allá de una votación. El nuevo Congreso refleja un sistema político fragmentado. Ninguna fuerza dispone por sí sola de la capacidad para imponer su agenda y todas, sin excepción, necesitan dialogar si pretenden ofrecer gobernabilidad.</p>

<p style="text-align: justify;">Esa fragmentación atraviesa todo el espectro político. Los partidos tradicionales, como el Liberal y el Conservador, enfrentan desde hace años una pérdida de influencia; la Alianza Verde, tampoco escapa a las divisiones; el Partido Comunes continúa buscando espacio después del Acuerdo de Paz; y las fuerzas más recientes de derecha e izquierda como el Centro Democrático, Partido de la U y el Pacto Histórico exhiben tensiones internas así hayan conquistado curules.</p>

<p style="text-align: justify;">La crisis, en consecuencia, no pertenece a una sola corriente ideológica. Es una crisis del sistema de partidos. Ese diagnóstico ayuda a comprender por qué la confianza ciudadana en el Congreso sigue siendo uno de los mayores desafíos de la democracia colombiana. No se trata solo de los casos de corrupción que golpean a la opinión pública.</p>

<p style="text-align: justify;">En las democracias debilitadas, los partidos corren el riesgo de dejar de ser escuelas de ciudadanía para convertirse en instrumentos de acceso y negociación del poder. Cuando esa desviación se combina con clientelismo, opacidad o corrupción, el daño trasciende a las organizaciones y erosiona la credibilidad debilitando la confianza de los ciudadanos.</p>

<p style="text-align: justify;">El presidente electo no es ajeno a este desafío. Durante la campaña formuló severas críticas contra el Congreso y contra buena parte de la dirigencia política. Gobernar exige una lógica distinta a la confrontación electoral. A partir del 7 de agosto el mandatario deberá construir acuerdos con un Congreso plural, ejercer liderazgo sin desconocer la independencia del Legislativo y demostrar que el diálogo puede imponerse sobre la polarización.</p>

<p style="text-align: justify;">Ese será también el examen para los congresistas. La ciudadanía espera menos discursos destinados a las redes sociales y más debates útiles; menos confrontación estéril y más control político serio; menos privilegios y más resultados. El Congreso no recuperará su prestigio por decreto ni mediante campañas de imagen. Lo hará si consigue demostrar que representa a los ciudadanos antes que a los intereses de quienes ocupan temporalmente el poder.</p>

<p style="text-align: justify;">Cada cuatro años cambia la composición del Congreso. Lo que Colombia espera ahora es que también cambie la manera de ejercer la política colombiana. La legitimidad no se reconstruye con promesas ni con ceremonias. Se conquista cuando las instituciones vuelven a poner el interés general por encima de conveniencias partidistas.</p>

<p style="text-align: justify;">Al finalizar la jornada de este lunes se conocerán los nombres de quienes presidirán el Senado y la Cámara. Esa será la noticia. Pero la verdadera historia comenzará cuando el Congreso decida si quiere seguir alimentando la desconfianza ciudadana o convertirse, por fin, en un escenario de construcción democrática. Porque las naciones avanzan cuando sus instituciones son capaces de inspirar confianza, y los parlamentos dejan de ser parte del problema para convertirse en parte de la solución. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP Press.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La democracia de Colombia, otra vez a prueba]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 13 Jul 2026 08:38:07 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ El 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumirá la Presidencia de la República. Así lo decidieron las urnas el pasado 21 de junio y lo certificaron las autoridades electorales. Sin embargo, buena parte del debate político continúa como si la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>El 7 de agosto, Abelardo de la Espriella asumirá la Presidencia de la República. Así lo decidieron las urnas el pasado 21 de junio y lo certificaron las autoridades electorales. Sin embargo, buena parte del debate político continúa como si la campaña no hubiera terminado. Mientras el nuevo gobierno prepara su llegada, el presidente saliente insiste en defender su legado y cuestionar el resultado electoral, y la jefatura de la oposición continúa en un ambiente de creciente confrontación sin debate.</p>

<p>Los hechos son conocidos. De la Espriella llega con interrogantes sobre aspectos que deberán ser esclarecidos por las autoridades competentes. Petro abandona la Presidencia sin renunciar a la influencia política que aspira a conservar sobre su movimiento y sobre la opinión pública. Iván Cepeda Castro enfrenta el desafío de liderar una oposición firme sin convertir la movilización social en un obstáculo para la gobernabilidad. Ninguno de ellos tiene derecho a sustraerse del escrutinio democrático.</p>

<p>El ambiente se ha tensado más con declaraciones que alimentan la polarización. El presidente electo ha manifestado su disposición a colaborar con una eventual investigación de las autoridades de Estados Unidos contra Gustavo Petro e, incluso, a atender una hipotética solicitud de extradición si llegara a producirse. Cepeda ha rechazado esa posición. Más allá de la viabilidad jurídica de semejante escenario, el solo hecho de que esa posibilidad ocupe espacio en el debate público revela hasta qué punto la confrontación amenaza con enrarecer más el clima político del país.</p>

<p>La democracia no termina cuando se cuentan los votos. Allí apenas comienza su prueba más exigente. Gobernar no consiste en prolongar la campaña desde el poder, como tampoco hacer oposición significa apostar al fracaso del gobierno para obtener una ventaja política. Una democracia madura exige que quienes ganan entiendan que no recibieron un cheque en blanco y que quienes pierden acepten que el control político debe ejercerse dentro de la institucionalidad.</p>

<p>En Colombia existe una preocupante tendencia a gobernar mirando por el espejo retrovisor. Los gobiernos entrantes encuentran en la herencia recibida la explicación de todos los problemas, mientras los salientes buscan preservar su relato atribuyendo las dificultades futuras a quienes llegan. Esa dinámica puede ofrecer réditos políticos de corto plazo, pero tiene un alto costo para el Estado y para los ciudadanos, que terminan pagando el precio de una confrontación nada deseable.</p>

<p>El país necesita otra actitud. De la Espriella tendrá la responsabilidad de demostrar que sabe gobernar para todos y no únicamente para quienes votaron por él. Cepeda tendrá la oportunidad de demostrar que es posible ejercer una oposición vigorosa, inteligente y responsable. Petro podrá defender su legado y participar en la vida pública, pero también deberá comprender que la fortaleza de la democracia se mide, entre otras cosas, por la capacidad de facilitar una transición institucional y permitir que el nuevo gobierno ejerza plenamente el mandato que recibió en las urnas.</p>

<p>Colombia enfrenta desafíos demasiado profundos para seguir atrapada en una campaña permanente. La inseguridad, el crecimiento económico, el empleo, la salud, la educación y la confianza en las instituciones no admiten pausas mientras la dirigencia política prolonga la disputa electoral. Las campañas dividen por naturaleza. Los gobiernos existen para resolver problemas. Las oposiciones están llamadas a vigilar y controlar, no a destruir.</p>

<p>Buscando un símil para explicar lo que hoy ocurre en Colombia, nada mejor que recurrir al fontanero que llega a reparar ductos en una vivienda. Puede señalar los errores de quien instaló mal la tubería, pero nadie lo contrata para escuchar explicaciones sino para que vuelva a correr el agua. El país espera que Abelardo de la Espriella corrija los daños que denuncia; que Gustavo Petro reconozca que dejó asuntos sin resolver; y que Iván Cepeda ejerza una oposición vigilante sin impedir que la reparación avance. Los colombianos necesitan soluciones, no una discusión interminable sobre quién dejó abierta la llave.</p>

<p>Las urnas ya hicieron su trabajo. Ahora les corresponde a los dirigentes hacer el suyo. Colombia ya decidió quién gobernará. Lo que todavía está por demostrarse es si su dirigencia política sabe convivir con la democracia. Porque si Colombia sigue viviendo en polarización, el verdadero derrotado no será un presidente, un expresidente o un jefe de la oposición. Será, una vez más, el país. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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  <title><![CDATA[Colombia juega dos finales]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 6 Jul 2026 08:28:08 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La coincidencia no podría ser más curiosa. Mientras se disputa el Mundial de fútbol 2026, Colombia arma en su territorio el equipo que intentará gobernar la nación durante los próximos cuatro años.&nbsp; 

 El país vive así, al mismo tiempo, dos...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La coincidencia no podría ser más curiosa. Mientras se disputa el Mundial de fútbol 2026, Colombia arma en su territorio el equipo que intentará gobernar la nación durante los próximos cuatro años.&nbsp;</p>

<p>El país vive así, al mismo tiempo, dos convocatorias y juega dos finales. Una dura noventa minutos. La otra comienza el 7 de agosto. En ambas, más de cincuenta millones de colombianos creen tener la alineación perfecta.</p>

<p>La primera la promueve el argentino Néstor Lorenzo, director técnico de la Selección Colombia. En la segunda, el protagonismo es del presidente electo, Abelardo de la Espriella. Una define quiénes saldrán a defender la camiseta amarilla; la otra, quiénes serán los ministros para gobernar un país donde las urgencias nunca descansan.</p>

<p>Ambas producen el mismo fenómeno: todos creen tener la mejor lista. En el fútbol existe una diferencia que la política no consigue aprender. Todos aceptan que el entrenador escoge once titulares y deja quince por fuera. Nadie habla de traición. Simplemente, no caben todos.</p>

<p>En cambio, cuando se anuncia un gabinete ministerial ocurre lo contrario. Quienes hasta la víspera figuraban para ocupar un ministerio de un día para otro, en cuestión de horas, pasan de "ministros seguros" a "cartuchos quemados". Así de rápido cambia la política. La diferencia es que no la presenta el estratega futbolero, sino el próximo inquilino de la Casa de Nariño.</p>

<p>Las reacciones también son parecidas. Unos celebran la convocatoria. Otros juran que falta el mejor. Nunca faltan quienes aseguran que ellos habrían escogido un equipo diferente, porque Colombia posee una extraordinaria capacidad para producir directores técnicos y jefes de gabinete sin necesidad de haber pisado un camerino o un consejo de ministros.</p>

<p>Mientras tanto, el balón sigue rodando. Y ocurre algo que la política rara vez consigue. Durante noventa minutos, la inflación acepta quedarse en el banco de suplentes. La inseguridad abandona el primer plano de los noticieros. La polarización baja el volumen. La pobreza, la desigualdad y el desempleo no desaparecen, pero hacen una pausa mientras todos miran hacia el mismo arco.</p>

<p>Pocas cosas logran semejante tregua. El fútbol no resuelve los problemas de Colombia, pero recuerda que todavía existe un espacio donde la esperanza puede vestirse de amarillo y salir a la cancha sin pedir permiso. Es algo así como imaginar, un experimento imposible.</p>

<p>Un espectáculo inolvidable sería que los nuevos ministros salgan a disputar el próximo partido del Mundial, este martes contra Suiza y que Néstor Lorenzo, acompañado de sus jugadores, instale el primer Consejo de ministros. Sería macondiano.</p>

<p>Los delanteros descubrirían que un déficit fiscal no se supera con una gambeta. Los defensores comprobarían que una reforma no se gana marcando a un hombre. Más de un político entendería que un discurso no basta para detener un contragolpe ni para colocar un balón en el ángulo.</p>

<p>Cada oficio exige talentos distintos. Y, sin embargo, los colombianos siguen esperando de unos y de otros exactamente lo mismo: que devuelvan la ilusión. Quizá por eso el país vive el fútbol con la intensidad de una elección y la política con el dramatismo de una final del Mundial. Cambian las camisetas, los escenarios y los protagonistas, pero las expectativas son idénticas.</p>

<p>Dentro de unos días se sabrá hasta dónde llega la Selección. Poco después comenzará el verdadero partido del nuevo Gobierno. En ambos habrá aciertos, errores, aplausos, silbidos, cambios de última hora y millones de comentaristas convencidos de que ellos habrían tomado mejores decisiones.</p>

<p>La diferencia es apenas una. El árbitro pondrá fin al partido del Mundial cuando se cumplan los noventa minutos. El otro encuentro no terminará con un pitazo. Comenzará en un mes. Y esa final no la jugarán once futbolistas. La jugarán todos los colombianos. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP</p>

<p>&nbsp;</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Colombia votó. Ahora hay que gobernarla]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 22 Jun 2026 08:20:53 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La democracia colombiana vivió ayer domingo una jornada histórica. Las urnas hablaron para elegir presidente de la República periódico 2026 – 2030 y lo hicieron con una participación ciudadana sin precedentes, en un país donde el voto volvió a...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La democracia colombiana vivió ayer domingo una jornada histórica. Las urnas hablaron para elegir presidente de la República periódico 2026 – 2030 y lo hicieron con una participación ciudadana sin precedentes, en un país donde el voto volvió a expresar no solo una preferencia política, sino una voluntad colectiva de incidir en el rumbo nacional.</p>

<p>Las urnas definieron una reñida contienda entre el abogado y empresario Abelardo de la Espriella, acompañado en la vicepresidencia por el economista José Manuel Restrepo como ganadores, y en la otra esquina el senador Iván Cepeda, cuya compañera de fórmula fue la dirigente indígena Aída Quilcué. Sin embargo, los votos no resolvieron los problemas que dividieron a Colombia durante la campaña.</p>

<p>La jornada dejó en evidencia una nación movilizada y dividida que salió a votar, pero también una sociedad marcada por tensiones acumuladas durante años. La polarización política, alimentada desde distintos sectores de la derecha y de la izquierda, continúa siendo uno de los principales desafíos para la gobernabilidad.</p>

<p>La primera tarea será construir puentes. Las elecciones establecen ganadores y perdedores, pero ninguna democracia se sostiene si convierte las diferencias políticas en barreras permanentes. El país necesita recuperar la capacidad de diálogo, deliberación y acuerdo, sin que ello implique renunciar a las convicciones. Gobierno y oposición deben asumir que no son enemigos, sino expresiones distintas dentro de un mismo sistema democrático.</p>

<p>La segunda tarea para el mandatario electo es la gobernabilidad. Ganar una elección no equivale necesariamente a contar con mayorías suficientes en el Congreso para aprobar reformas, impulsar políticas públicas o ejecutar transformaciones profundas. El nuevo presidente deberá demostrar capacidad para construir consensos legislativos, negociar con distintas fuerzas políticas y convertir la victoria electoral en capacidad real de gobierno.</p>

<p>A ello se suma una realidad inevitable: la política no se detiene con el cierre de las urnas. El presidente Gustavo Petro continuará siendo una figura de influencia en la vida pública nacional, con capacidad de incidencia pública y movilización social. Al mismo tiempo, Iván Cepeda, que obtuvo el segundo lugar, asumirá un papel institucional relevante como voz de oposición en el Senado, con presencia en el escenario legislativo, desde donde podrá representar a una porción significativa del electorado.</p>

<p>La democracia colombiana exige que estas tensiones se procesen dentro de las reglas institucionales, no a través de la deslegitimación del adversario porque la jornada electoral deja responsabilidades. El nuevo presidente deberá demostrar las condiciones de transparencia, rectitud y probidad que deben ser faro en las decisiones de gobierno. La confianza ciudadana no se agota en el acto electoral; se sostiene en la coherencia entre el discurso y la acción.</p>

<p>Por su parte, el candidato derrotado deberá consolidar su papel como actor de oposición democrática, reafirmando el sentido de su trayectoria pública como negociador en procesos de paz y desmarcándose con claridad de las interpretaciones y señalamientos que buscan vincularlo a estructuras o dinámicas ajenas a su labor política. En democracia, la legitimidad de la oposición es tan importante como la del gobierno.</p>

<p>Pero la verdadera historia de esta elección no está solo en sus protagonistas. Está en el país que los eligió. En los jóvenes que buscan oportunidades laborales. En los trabajadores informales que esperan dignidad económica. En los empresarios que requieren estabilidad para invertir. En las familias preocupadas por la seguridad, la educación y el costo de vida.</p>

<p>El presidente que asumirá el próximo 7 de agosto no llegará a administrar la normalidad. Llegará a solucionar tensiones. Tendrá que enfrentar desafíos estructurales en materia de seguridad, empleo, pobreza, informalidad, crecimiento económico, sostenibilidad fiscal y confianza institucional.</p>

<p>Las urnas resolvieron quién gobierna. Lo que sigue sin resolverse es cómo reconstruir consensos en una sociedad profundamente dividida. La campaña terminó. El verdadero examen apenas comienza. Y en eso juega un papel definitivo el empalme que debe propiciar el huésped de la Casa de Nariño que se va. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Colombia votó. Ahora hay que gobernarla]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Dos Colombias en el mismo laberinto electoral]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 15 Jun 2026 08:24:52 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A escasos seis días de que Colombia elija presidente, conviene hacer una pausa para el análisis en medio de la polarización que caldea el ambiente. Lejos de las pasiones, urge apartarse de las encuestas, los ataques en redes sociales y las...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A escasos seis días de que Colombia elija presidente, conviene hacer una pausa para el análisis en medio de la polarización que caldea el ambiente. Lejos de las pasiones, urge apartarse de las encuestas, los ataques en redes sociales y las consignas militantes para mirar a los candidatos bajo una luz distinta: la de sus historias personales.</p>

<p>La razón es sencilla. Los programas, propuestas y promesas pueden modificarse. Las personalidades, quizás mucho menos. La segunda vuelta del próximo domingo, 21 de junio, enfrenta a dos candidatos que representan trayectorias diferentes en un escenario sin protagonismo para el centro político, aunque sus votantes podrían inclinar la balanza.</p>

<p>Por un lado, está Iván Cepeda Castro, hijo del senador asesinado Manuel Cepeda Vargas. Su vida ha estado marcada por la defensa de los derechos humanos, la memoria de las víctimas y la búsqueda de salidas negociadas al conflicto armado. Formado en las ciencias humanas y sociales, construyó su liderazgo desde organizaciones ciudadanas, escenarios académicos y espacios de debate público.</p>

<p>En la otra orilla aparece Abelardo de la Espriella, abogado penalista, empresario y figura mediática. Su carrera se desarrolló en estrados judiciales y en la defensa de clientes de alta exposición pública y en empresas que poco se conocen. Su discurso enfatiza la autoridad, la seguridad y la defensa de un modelo económico basado en la iniciativa privada. Ha cultivado un liderazgo personalista, frontal y combativo.</p>

<p>Sus fórmulas vicepresidenciales también revelan diferencias profundas. Cepeda escogió a Aída Quilcué, lideresa indígena de la comunidad Nasa, defensora de los derechos humanos y representante de los pueblos originarios. Su presencia simboliza a una Colombia rural, étnica y comunitaria que reclama mayor participación en las decisiones nacionales.</p>

<p>De la Espriella, en cambio, eligió a José Manuel Restrepo, economista, rector de varias universidades reconocidas y exministro en el gobierno de Iván Duque. Su perfil transmite experiencia técnica, conocimiento del Estado y confianza para sectores empresariales e inversionistas.</p>

<p>También son distintas sus relaciones con las regiones y con las élites. Cepeda conecta con movimientos sociales, sindicatos, organizaciones indígenas y sectores progresistas que consideran necesario corregir desigualdades históricas. De la Espriella es respaldado por sectores empresariales, profesionales y ciudadanos que consideran prioritario el crecimiento económico, la seguridad y la eficiencia institucional.</p>

<p>En materia de seguridad, uno privilegia la construcción de paz y las soluciones integrales con enfoque social; el otro enfatiza la autoridad estatal y el fortalecimiento de la fuerza pública. La diferencia adquiere relevancia en momentos en que distintos grupos armados ilegales disputan el control territorial en varias regiones del país y la seguridad vuelve a ocupar un lugar central en el debate nacional.</p>

<p>En economía, ambos prometen prosperidad, pero recorren caminos distintos. Cepeda insiste en una mayor intervención pública para reducir brechas sociales. De la Espriella apuesta por el mercado, la inversión privada y la confianza empresarial. Sin embargo, más allá de las diferencias ideológicas, ambos han moderado parte de sus discursos para atraer a los votantes de centro en la recta final de la campaña.</p>

<p>Al final, la elección presidencial, en pleno mundial de fútbol, parece más una disputa entre dos personas que una confrontación entre dos interpretaciones de Colombia. Eso polariza. Una mirada es hacia la ampliación de derechos, la inclusión social y la reconciliación. La otra privilegia el orden, la seguridad y la confianza en la iniciativa privada.</p>

<p>Quizá la pregunta decisiva no sea cuál candidato genera más entusiasmo, sino cuál entiende mejor los desafíos de un país que sigue buscando cómo reconciliar crecimiento económico, justicia social, seguridad y democracia. El domingo próximo, las urnas responderán. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Dos Colombias en el mismo laberinto electoral]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Colombia: la otra hora difícil de Uribe Vélez]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 8 Jun 2026 08:16:16 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Durante casi tres décadas, el expresidente Álvaro Uribe Vélez ha marcado el ritmo de la política colombiana. Ganó elecciones, definió debates, construyó mayorías y se convirtió en referencia obligada para partidarios y detractores. Ningún...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Durante casi tres décadas, el expresidente Álvaro Uribe Vélez ha marcado el ritmo de la política colombiana. Ganó elecciones, definió debates, construyó mayorías y se convirtió en referencia obligada para partidarios y detractores. Ningún dirigente político de este siglo ha generado en Colombia tantas adhesiones ni controversias.</p>

<p>La condena de Santiago Uribe Vélez, a 28 años de prisión por paramilitarismo, es un episodio grave para el exmandatario. Hace años fue su primo, Mario Uribe Escobar, expresidente del Congreso de la República. Lo de ahora es otro golpe político, familiar y simbólico para un liderazgo que atraviesa un momento complejo en su vida pública.</p>

<p>Más allá de las implicaciones jurídicas para su hermano, que continuarán siendo objeto de recursos y debates legales, el fallo tiene un profundo significado. No sólo porque involucra a un miembro de una de las familias más influyentes del país, sino porque reabre interrogantes que han acompañado durante años la figura del líder.</p>

<p>La condena llega en un momento adverso. Su prolongada confrontación con el presidente Gustavo Petro, la pérdida de su candidata Paloma Valencia Laserna es una muestra de la interpretación del país, del conflicto armado y del legado de las últimas décadas. Más que una controversia entre dos dirigentes se trata del choque entre dos visiones de la realidad.</p>

<p>Tampoco puede ignorarse el factor electoral. El uribismo y el Centro Democrático ya no exhiben la capacidad de convocatoria que los convirtió durante años en una fuerza determinante. Los resultados recientes evidencian un desgaste político que hace apenas una década habría parecido improbable.</p>

<p>Aunque figuras como Abelardo de la Espriella continúan defendiendo con firmeza el legado del expresidente, el candidato Iván Cepeda representa la orilla ideológica opuesta. Lo cierto es que la discusión sobre Uribe se libra ahora en los tribunales, en las urnas y en la historia.</p>

<p>La reacción de los partidos políticos y de los medios de comunicación también resulta reveladora. Los aliados han cerrado filas en su defensa. Los opositores interpretan la condena como una confirmación de cuestionamientos históricos. Entre ambos extremos emerge una ciudadanía que parece más interesada en las decisiones judiciales que en las consignas partidistas.</p>

<p>Por eso, el verdadero significado de esta condena a Santiago Uibe va mucho más allá de los tribunales. La pregunta que surge es si Colombia está asistiendo al comienzo de una nueva valoración histórica del uribismo y de su principal protagonista.</p>

<p>Los procesos judiciales, los cambios generacionales, las nuevas prioridades del electorado y la aparición de nuevos liderazgos están modificando el paisaje político colombiano. Lo que antes era una fuerza capaz de ordenar el tablero enfrenta hoy un escenario fragmentado, competitivo y menos dependiente de figuras individuales.</p>

<p>Tal vez esa sea la principal enseñanza de este momento. Ningún dirigente, por poderoso que parezca, permanece para siempre en la cima de la historia. Las sociedades cambian, los liderazgos se transforman y las instituciones terminan ocupando el lugar que durante años perteneció a los caudillos.</p>

<p>Lo que hoy ocurre alrededor de Álvaro Uribe Vélez no debería leerse únicamente como un episodio difícil para un hombre poderoso o para una corriente política. También es una advertencia para la dirigencia. En democracia nadie recibe un cheque en blanco de la historia. Tarde o temprano, todos los liderazgos terminan sometidos al mismo examen: el de la justicia, las urnas y la memoria colectiva. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

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                        <item>
  <title><![CDATA[Elecciones: Colombia se pelea consigo misma]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 1 Jun 2026 08:58:30 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Las urnas electorales en Colombia se cerraron ayer domingo a las cuatro de la tarde y, apenas conocidos los resultados, tres horas después, comenzó una aguda confrontación política tras los cuestionamientos formulados por el presidente Gustavo...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Las urnas electorales en Colombia se cerraron ayer domingo a las cuatro de la tarde y, apenas conocidos los resultados, tres horas después, comenzó una aguda confrontación política tras los cuestionamientos formulados por el presidente Gustavo Petro Urrego, al poner en duda el censo electoral y el trabajo de la Registraduría Nacional del Estado Civil.</p>

<p>No hubo tiempo para discursos conciliadores, llamados a la unidad nacional ni pausas para la reflexión. Apenas se conocieron las cifras de votación, los dos finalistas, Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, representantes de tendencias opuestas, comenzaron a cruzar acusaciones. La primera vuelta había terminado. La segunda comenzó de inmediato.</p>

<p>Paloma Valencia, otra de las protagonistas de la contienda, quedó fuera de competencia, pero sus votos, como los de los demás derrotados, se convirtieron instantáneamente en mercancía cotizada dentro del mercado electoral. La política tiene esa extraña capacidad de transformar adversarios irreconciliables en aliados en menos de veinticuatro horas. Lo que ayer era una traición, ahora se convierte en una alianza por la patria.</p>

<p>Pero la verdadera sorpresa de la noche no estuvo solamente en las urnas. Sin escalas, Colombia ingresó a la campaña más corta y probablemente más feroz de su historia reciente: tres semanas. Veintiún días. Quinientas cuatro horas para convencer a los indecisos, seducir a los derrotados y, sobre todo, gobernar un país que parece haber votado más desde el cansancio que desde la ilusión.</p>

<p>Porque hay algo que los porcentajes no cuentan. Los colombianos llegaron a las urnas cargando frustraciones acumuladas. Unos buscaron refugio en la derecha, convencidos de que la inseguridad, la incertidumbre económica y la pérdida de autoridad del Estado exigen respuestas más firmes. Otros permanecieron en la izquierda, convencidos de que las transformaciones emprendidas necesitan más tiempo o de que el regreso de las viejas élites representaría un retroceso.</p>

<p>Ambos votaron movidos por una emoción parecida: el agotamiento. Millones de electores de distinta condición no parecían estar votando por un sueño colectivo sino buscando refugio frente a sus temores. Cansancio frente a la violencia que cambia de nombre, en distintos territorios y diversas banderas. Cansancio frente a la corrupción que sobrevive como una enfermedad crónica. Cansancio frente a la polarización que promete soluciones y entrega confrontaciones.</p>

<p>De manera que la paradoja es reveladora. Una parte del país castigó los resultados ambiguos y contradictorios del gobierno de Gustavo Petro. Otra parte siguió castigando los logros de las élites políticas que gobernaron durante décadas. Y entre ambos castigos se construyó esta elección, lo más parecido a un referendo sobre la decepción nacional.</p>

<p>Mientras los candidatos celebraban o lamentaban los resultados, otros actores hacían cuentas silenciosas. Los grupos armados ilegales observan el nuevo escenario. Las economías criminales calculan riesgos. Los clanes regionales revisan alianzas. Los caciques políticos saben que su fortaleza reside en redescubrir estrategias que coincidan con las posibilidades de poder.</p>

<p>Y eso mismo comenzó a observarse anoche. Los dos candidatos que disputarán la segunda vuelta el próximo 21 de junio empezaron a incriminarse mutuamente antes de presentar propuestas al país. Por eso la pregunta más importante de la jornada no es quién ganó la primera vuelta, sino quién podrá gobernar después.</p>

<p>Porque el próximo presidente no heredará solamente la Casa de Nariño. Recibirá un país donde el mapa electoral y el mapa del poder real no siempre coinciden. Una nación donde el Estado todavía disputa autoridad con grupos armados, organizaciones criminales y poderes locales que no necesitan ganar elecciones para ejercer influencia.</p>

<p>Ahora viene la parte difícil: en tres semanas cambiarán las alianzas, aparecerán nuevos amigos, desaparecerán viejos enemigos y surgirán discursos sobre reconciliación pronunciados por quienes hasta ayer se consideraban irreconciliables ante el contrario. Todo eso es previsible.</p>

<p>Lo que sigue siendo incierto es si Colombia eligió una salida al cansancio o simplemente una nueva manera de administrarlo. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

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        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Elecciones en Colombia: circo, miedo y agenda sin resolver]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 25 May 2026 08:29:47 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Faltan seis días para las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia y su realización más parece una disputa donde los candidatos que encabezan las encuestas intentan salvar la patria con drones, inteligencia artificial, música épica y...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Faltan seis días para las elecciones presidenciales del 31 de mayo en Colombia y su realización más parece una disputa donde los candidatos que encabezan las encuestas intentan salvar la patria con drones, inteligencia artificial, música épica y frases de cajón. Los publicistas hablan más que los economistas y los jingles producen más emoción que los programas de gobierno.</p>

<p>Atrás, muy atrás quedaron las campañas aburridas donde los candidatos hablaban de las urgencias del ciudadano de a pie. Pero esa misma gente es la que aviva los likes. Hoy la política se parece más a un campeonato de barras bravas que gritan, insultan y aplauden. Las propuestas murieron de inanición argumentativa. Y los candidatos, cada vez menos estadistas y más personajes audiovisuales, venden emociones al detal.</p>

<p>Abelardo de la Espriella, abogado y showman, parece asesorado por un equipo creativo conformado por un general retirado, un productor de Hollywood y un domador de zoológico. En uno de sus videos, un tigre contempla pacífico a una paloma como si hubiera firmado un acuerdo humanitario. Luego aparece una manada avanzando hacia una montaña mientras el tigre alfa hace un saludo militar. El elector ya no sabe si votar, cuadrarse en posición firmes o afiliarse a National Geographic Patriótico.</p>

<p>Mientras tanto, Paloma Valencia avanza con el tono de rectora académica que acaba de descubrir que el país perdió el manual de convivencia. Habla con calma institucional, sonríe con disciplina de noticiero y transmite la sensación de que Colombia es un salón de clases donde alguien dañó el tablero, rompió los pupitres y dejó escapar a los estudiantes. Sus estrategas entendieron que, en tiempos de histeria nacional, la serenidad puede venderse como espectáculo.</p>

<p>Y por el otro lado aparece Iván Cepeda convertido en protagonista de una ópera tropical de resistencia popular. Sus videos parecen producidos por una mezcla entre agencia de publicidad sentimental y festival latinoamericano de cine político: canciones pegajosas, tambores esperanzadores, ciudadanos espontáneos y planos donde el pueblo camina hacia un amanecer aprobado por focus groups. Más que campaña presidencial, parece un videoclip donde la revolución finalmente consiguió director de fotografía.</p>

<p>Claro, detrás de todos ellos están los asesores invisibles. Esos estrategas extranjeros que aterrizan en Colombia cada cuatro años como técnicos del mercadeo emocional. Españoles obsesionados con “la narrativa”. Argentinos expertos en épica popular. Mexicanos entrenados en campañas del miedo. Brasileños graduados en manipulación digital. Todos gurús que cobran millones de dólares por descubrir algo revolucionario: que la gente no vota con razones sino con adrenalina. Las ideas sobran y las emociones llenan plazas.</p>

<p>Los viejos arquitectos de propaganda política del siglo XX mirarían fascinados esta feria audiovisual tropical que no es distinta a la que se ve en otros rincones de América Latina. Cada campaña intenta construir pequeños ejércitos afectivos y efectivos alrededor de un líder convertido en símbolo emocional.</p>

<p>Pero sería injusto culpar únicamente a los candidatos. Ellos apenas venden lo que el elector compra. El empresario vota con miedo. El universitario con rabia. El fanático con odio. El resignado con resignación. Y millones de ciudadanos consumen propaganda política. Jaime Garzón habría hecho una fiesta con esta campaña. No necesitaría inventar personajes. Le bastaría prender el televisor.</p>

<p>Porque quizás el verdadero problema no es que los políticos actúen como actores. Tal vez el problema es que el elector se deja llevar por los resultados parciales de las encuestas: un público emocionado es más fácil de manipular que una sociedad que piensa.</p>

<p>Tal vez por eso cada elección termina pareciéndose menos a un debate democrático y más a una final de fútbol narrada por publicistas. Y mientras el país aplaude jingles, tigres, encuestas y amaneceres cinematográficos, la violencia, la corrupción, el narcotráfico y el miedo siguen gobernando desde las sombras. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El primer gol en el Mundial lo marcó Shakira]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 18 May 2026 08:33:11 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Todavía no suena el pitazo inicial en las canchas de México, Canadá y Estados Unidos, y Colombia ya celebra su primer gol en la Copa Mundo. No lo hizo un delantero ni un volante creativo. Tampoco un directivo. Lo marcó Shakira, la mujer que...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Todavía no suena el pitazo inicial en las canchas de México, Canadá y Estados Unidos, y Colombia ya celebra su primer gol en la Copa Mundo. No lo hizo un delantero ni un volante creativo. Tampoco un directivo. Lo marcó Shakira, la mujer que volvió a poner al país en la escena más grande del planeta gracias a su talento, disciplina y persistencia.</p>

<p>La historia comenzó en Barranquilla. Allí apareció una niña tímida y creativa que escribía canciones mientras soñaba con escenarios imposibles. Muchos dudaron de su voz, de sus movimientos y de sus posibilidades. Pero Shakira siguió adelante sostenida por el entusiasmo de sus padres, y por una convicción más fuerte que cualquier rechazo.</p>

<p>Los primeros años fueron duros: puertas cerradas, contratos inciertos y momentos complejos para abrirse espacio en una industria dominada por otros acentos y otros mercados. Sin embargo, llegaron temas como “Pies Descalzos” y “¿Dónde están los ladrones?”, que transformaron el pop latinoamericano y convirtieron a la barranquillera en un fenómeno continental.</p>

<p>Después vino la conquista del mundo. Shakira entendió que la globalización podía ser una oportunidad para mostrar identidad y no para perderla. Mezcló pop, rock, sonidos árabes, ritmos latinos y raíces caribeñas sin dejar de sonar colombiana. Se reinventó una y otra vez hasta convertirse en una figura capaz de atravesar generaciones enteras.</p>

<p>Pero hay un detalle que adquirió enorme valor simbólico: Shakira terminó convirtiéndose en la banda sonora de los mundiales. Primero llegó “Waka Waka” en Sudáfrica 2010, que todavía sigue sonando. Luego “La La La” en Brasil 2014, reafirmando su conexión con el fútbol y aficionados en el planeta. Y ahora, rumbo al Mundial 2026, emerge una nueva etapa con “Dai Dai”, completando una huella musical en la historia de los mundiales</p>

<p>Shakira permanece, mientras cambian las selecciones, se retiran las estrellas y pasan los entrenadores. Eso no ocurrió por casualidad. En medio de un mundo atravesado por guerras, tensiones geopolíticas, desinformación, campañas agresivas y redes sociales convertidas en trincheras emocionales, ella aparece desde otro lugar: el de la alegría, la música y la celebración colectiva.&nbsp;</p>

<p>Su trabajo mueve empleo, conciertos, turismo, plataformas digitales, transporte, publicidad y miles de oportunidades de la industria deportiva, cultural y de entretenimiento. Además, en tiempos de polarización logra conectar emociones. Ama profundamente a Colombia, la nombra siempre, la lleva en la piel, pero evita convertirse en protagonista de peleas ideológicas que desgastan y destruyen.</p>

<p>Quizás por eso su protagonismo tiene un valor incalculable en un país atrapado en una campaña electoral áspera y agotadora que define el 31 de mayo el próximo presidente. Mientras muchos gritan y se atacan, Shakira une sentimientos y voluntades alrededor del país y el orgullo.</p>

<p>Por eso puede decirse, sin exageración, que Colombia ya anotó el primer gol del Mundial. Y lo hizo una barranquillera que convirtió su historia personal en patrimonio emocional del planeta.</p>

<p>Por cierto, desde alguna tribuna silenciosa de la vida, Gerard Piqué, seguramente, ya entendió que existen autogoles imposibles de remontar. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

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                        <item>
  <title><![CDATA[Murió en Colombia el presidente que nunca fue]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 11 May 2026 08:33:07 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Colombia despidió ayer en Bogotá a uno de sus políticos más polémicos y eficaces de las últimas décadas: Germán Vargas Lleras. Su muerte cerró la trayectoria de un dirigente que casi toda su vida estuvo en el poder. Su vida simboliza el ocaso de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Colombia despidió ayer en Bogotá a uno de sus políticos más polémicos y eficaces de las últimas décadas: Germán Vargas Lleras. Su muerte cerró la trayectoria de un dirigente que casi toda su vida estuvo en el poder. Su vida simboliza el ocaso de una generación formada en la disciplina del Estado, en el debate parlamentario y en la obsesión por ejecutar antes que prometer.</p>

<p>Como suele ocurrir con quienes ejercieron el poder de manera intensa, Vargas Lleras fue admirado y criticado con igual vehemencia. Su carácter fuerte, su verticalidad y su estilo confrontacional le generó enemigos incluso dentro de sus propias alianzas. Muchos de sus rivales reconocen ahora lo que en vida nunca pudieron negarle: su capacidad de trabajo y su habilidad para transformar decisiones en resultados.</p>

<p>En tiempos dominados por la política del espectáculo, frases vacías y retórica polarizante, Vargas Lleras pertenecía a otra escuela. La de los dirigentes que medían su influencia por las obras terminadas, carreteras construidas, viviendas entregadas o proyectos puestos en marcha. No era un militante del “blablablá”. Era, ante todo, un ejecutor.</p>

<p>Descendiente de los expresidentes Carlos Lleras Restrepo y Alberto Lleras Camargo, era miembro de una familia influyente del partido Liberal colombiano, que parecía destinado a ocupar un lugar en la vida pública. Creció rodeado de poder, debates y responsabilidades de Estado. Pero más allá de su apellido, construyó una carrera paso a paso, basada en la disciplina, la estrategia y la dedicación absoluta a la política.</p>

<p>Fue concejal, senador, presidente del Congreso, ministro, vicepresidente y fundador del Cambio Radical después de haber militado en el Nuevo Liberalismo, con el líder asesinado Luis Carlos Galán. Participó en debates complejos: la lucha contra el narcotráfico, la extradición, la seguridad y las tensiones permanentes entre gobierno y la oposición de distintos presidentes.&nbsp;</p>

<p>Su vida estuvo marcada también por la violencia política que ha caracterizado durante décadas a Colombia. Sobrevivió a atentados terroristas que dejaron cicatrices físicas en su humanidad y obligaron a su familia a salir del país por razones de seguridad.</p>

<p>Aquellas experiencias endurecieron aún más a un hombre que ya entendía la política como un campo de combate. Por eso no sorprendió que el presidente Gustavo Petro, uno de sus más fuertes contradictores, lo definiera como “un gladiador”. La expresión resume bien la percepción que deja Vargas Lleras: la de un político que jamás rehuyó la confrontación y que defendió sus ideas con intensidad hasta el final.</p>

<p>Su paso por el gobierno de Juan Manuel Santos terminó consolidando su imagen de hombre ejecutivo. Desde el Ministerio del Interior y luego en el Ministerio de Vivienda y la Vicepresidencia de la República lideró programas de infraestructura y vivienda que marcaron una época. Allí apareció una de sus mayores fortalezas: convertir la administración pública en una maquinaria de ejecución.</p>

<p>Paradójicamente, el hombre que parecía preparado desde la infancia para llegar a la Presidencia nunca logró alcanzar la Casa de Nariño. Con posiciones de derecha, en un contexto republicano, fue candidato en dos ocasiones y durante años figuró entre los nombres inevitables de la política nacional.&nbsp;</p>

<p>Sin embargo, Colombia comenzó a transformarse más rápido que su propio proyecto político. Mientras emergían nuevas narrativas emocionales, digitales y antisistema, Vargas Lleras seguía representando la vieja arquitectura del poder: los partidos fuertes, la autoridad, la estructura territorial y la experiencia administrativa.</p>

<p>Varios de sus mejores amigos políticos, si es que en los avatares electorales existen lealtades, lo traicionaron sin contemplación y ahora, con su muerte, han salido al paso de los micrófonos a enarbolar su trayectoria, cuando en la disputa por la presidencia hicieron jugadas traicioneras viles para dejarlo fuera de carrera.&nbsp;</p>

<p>Su muerte ocurre en un momento sensible para Colombia, en plena campaña para las polarizadas elecciones presidenciales. Con una democracia frágil y en construcción permanente, la nación está atrapada entre la violencia mafiosa, paramilitar y guerrillera, la corrupción, el atraso institucional y las fracturas sociales que impiden consolidar un proyecto nacional compartido.</p>

<p>Con Germán Vargas Lleras desaparece algo más que un dirigente polémico y eficaz. Con él se despide una generación de políticos moldeados en la convicción de que gobernar exige carácter, preparación y capacidad de ejecución que hoy falta y es notoria. El país político termina reconociendo la dimensión de su ausencia. Para bien y para mal. Opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[En Colombia: el mundo ante la incertidumbre petrolera]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 4 May 2026 08:38:08 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Santa Marta, en Colombia, fue escenario de una especie de “Salsipuedes” petrolero. En un mismo lugar confluyeron el poder, el miedo y la dependencia en una mesa de reflexiones llena de intereses energéticos cruzados. 

 Ese fue el telón de fondo...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Santa Marta, en Colombia, fue escenario de una especie de “Salsipuedes” petrolero. En un mismo lugar confluyeron el poder, el miedo y la dependencia en una mesa de reflexiones llena de intereses energéticos cruzados.</p>

<p>Ese fue el telón de fondo de la Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles, que reunió a representantes de 50 países con una intención casi épica: trazar la ruta para abandonar el petróleo, el gas y el carbón.</p>

<p>Vaya propósito. Los combustibles fósiles son responsables de cerca del 75% de las emisiones globales, pero también sostienen casi el 80% de la energía del planeta. Esa es la dimensión real del dilema.</p>

<p>La conferencia —que surge como respuesta a los vacíos de las COP— intentó algo más ambicioso que los discursos habituales: construir una hoja de ruta concreta. No solo metas, sino caminos. No solo promesas, sino decisiones. Ese es el problema.</p>

<p>Porque si algo quedó claro en Santa Marta es que la transición energética no es, en esencia, un debate ambiental. Es una disputa económica global. Los países hablan de descarbonización mientras siguen perforando. Predican la transición en los foros y la contradicen en sus territorios.</p>

<p>Y no es hipocresía simple. Es estructura económica. El dilema no es ideológico: es fiscal. Hay países cuya estabilidad depende del petróleo. Quitar ese ingreso sin un reemplazo efectivo no es transición: es suicidio económico.</p>

<p>Se habla de gravar las ganancias de las petroleras, de reformar reglas de inversión, de cooperación norte-sur. Pero detrás de cada propuesta late la misma pregunta incómoda: ¿quién paga la transición? ¿Quién pierde? ¿Quién gana?</p>

<p>Colombia quiere liderar el discurso de salida de los fósiles. Pero su economía depende, en más del 50% de las exportaciones de petróleo. Quiere apagar la máquina, pero sigue necesitando el combustible. El discurso del presidente Gustavo Petro se estrella contra la realidad fiscal.</p>

<p>Ahí aparece otra tensión, menos visible pero igual de profunda: la de los territorios. Las comunidades —históricamente relegadas— no solo denuncian el extractivismo fósil, sino que advierten un nuevo riesgo: el extractivismo “verde”. Cambiar petróleo por megaproyectos energéticos que tampoco las benefician.</p>

<p>La transición, entonces, no es solo tecnológica. Es política, social, moral y además, urgente. Los cálculos son contundentes: un aumento de la temperatura por encima de 3 grados podría costarle hasta el 17% del PIB a América Latina. No hacer nada es grave. Pero hacerlo mal también.</p>

<p>Ese es el verdadero dilema que dejó Santa Marta: el planeta no está solo ante la decisión de cambiar o no cambiar, sino ante cómo hacerlo sin colapsar en el intento. Si el mundo logra la transición y países como Colombia no, el golpe será brutal. Pero si intenta hacerla sin planificación, también.</p>

<p>Al final, la conferencia deja una sensación incómoda, pero honesta y contundente: los expertos se reunieron para hablar de la necesidad de despedirse del petróleo, pero sin concluir un manual para sobrevivir sin él.</p>

<p>El mundo quiere cambiar… pero todavía no sabe de qué va a vivir mientras lo intenta. Más que el fin de una era, lo que comienza es un periodo de incertidumbre. Gracias por los comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Banano colombiano: la fruta barata con una historia cara]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 27 Apr 2026 07:53:30 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En Santa Marta, donde el viento huele a historia y sal, el banano vuelve a reunir a quienes viven de él. Esta vez, en un congreso que no es solo un encuentro gremial, sino una apuesta por entender hacia dónde va —y hacia dónde puede ir— el...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En Santa Marta, donde el viento huele a historia y sal, el banano vuelve a reunir a quienes viven de él. Esta vez, en un congreso que no es solo un encuentro gremial, sino una apuesta por entender hacia dónde va —y hacia dónde puede ir— el cultivo. Es, sobre todo, una asamblea de tenacidad… y de supervivencia.</p>

<p>Porque mientras el mundo consume más de 100 millones de toneladas de banano al año y dedica cerca de 9 millones de hectáreas a su cultivo, solo una pequeña parte —apenas entre el 14% y el 15%— entra al comercio internacional. Es decir: la fruta más global del planeta… es de consumo local.</p>

<p>Y en esa tensión la vive Colombia. El banano no es una cifra abstracta. Es una realidad: más de 52.000 hectáreas sembradas, tienen una producción cercana a 2,6 millones de toneladas anuales y un aparato productivo que sostiene más de 200.000 empleos directos e indirectos. En exportaciones, ronda los 1.300 millones de dólares y se mantiene entre los jugadores del mercado mundial.</p>

<p>Pero si el mapa se acerca —si el lente va hasta el Caribe— el foco es más contundente. En Magdalena, anfitrión del congreso el 21 y 22 de mayo próximo, se concentra el 30% de la producción bananera. Más de 16.000 hectáreas cultivadas, alrededor de 800.000 toneladas anuales dan cuenta de una economía que sostiene territorios, genera miles de empleos y define la vida de la región.</p>

<p>Ahí el banano no es una estadística fría. Es paisaje caliente. Y, sin embargo, el negocio cruje. Porque producir ahora es más caro que nunca. Fertilizantes, salarios, transporte, insumos, certificaciones… todo sube. Menos el precio. Esa cotización se negocia lejos del Caribe, en oficinas donde no crece la fruta, pero sí se decide cuánto vale. Las grandes cadenas fijan condiciones que no siempre reconocen el costo de producir bajo estándares ambientales y laborales cada vez más exigentes.</p>

<p>Europa pide sostenibilidad. Trazabilidad. Menos químicos. Mejores condiciones laborales. Y está bien. El problema es que no siempre paga por ello. El productor colombiano —y con más fuerza el del Magdalena— hace equilibrio: entre cumplir… o desaparecer.</p>

<p>Mientras tanto, la competencia aprieta. Ecuador produce más barato. Centroamérica escala con eficiencia. África juega con fuerza creciente. Y Colombia insiste en una apuesta distinta: calidad, cumplimiento, responsabilidad. Hacerlo mejor… pero más caro. Ahí está la paradoja. Y por si fuera poco, está lo invisible.</p>

<p>El Fusarium Raza 4 Tropical, una enfermedad, avanza como una amenaza silenciosa. No tiene cura. Y cuando aparece, arrasa. A su lado, la sigatoka negra sigue elevando costos y decisiones difíciles. Todo en un modelo basado, casi por completo, en una sola variedad: el Cavendish. Uniforme. Eficiente. Vulnerable.</p>

<p>La ciencia corre detrás del problema: nuevas variedades, biotecnología, investigación genética. Pero el tiempo no siempre alcanza… y el consumidor tampoco siempre confía. Así, el banano queda atrapado entre el laboratorio y el supermercado. Y, aun así, en Magdalena se insiste.</p>

<p>Porque el banano no es solo un cultivo. Es una estructura social, económica y cultural. Representa cerca del 5% del PIB agrícola del país y sigue siendo una de sus principales fuentes de divisas.&nbsp;</p>

<p>No es casual que esta conversación ocurra en la tierra donde nació Gabriel García Márquez, en medio de plantaciones que fueron escenario de tragedias y relatos donde lo real y lo imposible convivían sin pedir permiso. Si hoy escribiera, tal vez diría que el banano colombiano —y el del Magdalena en particular— es un personaje condenado a resistir.</p>

<p>Y en esa resistencia, el papel de Asbama es clave, bajo el liderazgo de su presidente ejecutivo, Francisco José Zúñiga Cotes. No solo organiza un congreso. Articula una conversación urgente. Porque ya no basta con vender más. Hay que sostener mejor. ¿Quién paga la sostenibilidad? ¿Quién asume el costo de producir con estándares globales? ¿Hasta cuándo se puede competir bajando precios y subiendo exigencias?</p>

<p>El mundo seguirá comiendo banano. Eso parece seguro. Lo que no es seguro… es quién podrá seguir produciéndolo. Para eso sirve el congreso. Para entender que, en Colombia, incluso cuando las cuentas no dan, los cultivadores siguen creyendo que los cultivos se pueden salvar. Aunque toque defenderlos…racimo por racimo. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La silenciosa deuda de Colombia con su historia]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 20 Apr 2026 08:39:45 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Que la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 (21 de abril a 4 de mayo), continúe con la apuesta de dedicar una jornada para “Un día con la Historia” es un gesto mayor, en medio del ruido cotidiano, cargado de titulares explosivos y de la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Que la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 (21 de abril a 4 de mayo), continúe con la apuesta de dedicar una jornada para “Un día con la Historia” es un gesto mayor, en medio del ruido cotidiano, cargado de titulares explosivos y de la inmediatez que polariza el objetivo de construir una mejor ciudadanía en Colombia,</p>

<p>La iniciativa, impulsada por un grupo de entusiastas estudiosos que decidió sacar la historia de las bibliotecas para llevarla al debate público, hizo posible concretar una convicción: los problemas de hoy no nacieron ayer. Se incubaron, se transformaron, se heredaron. Y, en muchos casos, se olvidaron.</p>

<p>De ahí la urgencia de espacios como “Un día con la Historia”, donde su narración deja de ser una colección de fechas muertas para convertirse en un instrumento vivo. Una herramienta para explicar por qué somos como somos y, sobre todo, por qué seguimos tropezando con las mismas piedras. Porque un país que no se cuenta, no se entiende. Y si no se entiende, difícilmente se corrige.</p>

<p>Lo advirtió hace más de un siglo George Santayana: “Quienes no conocen el pasado están condenados a repetirlo”. Y lo reafirma, desde la mirada colombiana, la académica María Margarita López al señalar que la historia “no es un adorno del pasado, sino una clave para comprender el presente”.</p>

<p>Pero en América Latina —y Colombia no es la excepción— el problema no es solo el olvido. Es también el resultado de decisiones equivocadas. Una de las más graves fue haber hecho a un lado la enseñanza de la historia en los pensum escolares, debilitando la formación de generaciones que hoy enfrentan el país sin entender de dónde vienen sus conflictos. Corregir ese error es una necesidad nacional.</p>

<p>Mientras en buena parte de Europa la historia es columna vertebral de la identidad, en este lado del mundo sigue siendo, con frecuencia, un asunto marginal. En Estados Unidos, la construcción de un relato histórico ha sido clave para consolidar una idea de nación. En América Latina, persisten vacíos: generaciones enteras desconocen sus raíces, sus conflictos fundacionales y sus momentos de grandeza.</p>

<p>Colombia lo refleja con nitidez. Más de dos siglos después de la independencia y a más de quinientos años desde el encuentro de dos mundos, aún hay episodios mal contados, heridas sin procesar y preguntas sin responder. Y ese déficit no es solo académico: es profundamente político, social y cultural.</p>

<p>Es ahí donde la historia exige una mirada más amplia: no solo hacia los hechos recientes, sino hacia las raíces profundas que marcaron el rumbo del país. La Colombia de hoy no se entiende sin sus pueblos ancestrales, sin sus saberes. Pero tampoco sin el impacto de la conquista y la colonia, ese momento en que la tierra fue asumida como territorio tomado, redefiniendo estructuras de poder, propiedad y desigualdad que aún resuenan.</p>

<p>Por eso resulta pertinente —y necesario— que la FILBo, con el apoyo de la Fundación Dandara, mantenga este espacio. Esa continuidad —de maestros, maestras y nuevas voces— es la que permite que la historia no sea un relato cerrado, sino una conversación en marcha. Que acerque esas reflexiones a públicos amplios, en un formato abierto y vivo. Porque la historia no puede seguir siendo de especialistas: debe convertirse en un lenguaje común.</p>

<p>Ese es, quizás, el mayor acierto de “Un día con la Historia” en la FILBo, según Mariela Vargas Osorno, cabeza visible del Festival Internacional de Historia: entender que conocer el pasado no es nostalgia, sino responsabilidad. Plantear esos temas, con los amantes de la historia en los días en que el libro es el protagonista, es un gran acierto.</p>

<p>No se trata de mirar atrás con melancolía, sino con lucidez. De asumir que en ese pasado —complejo y contradictorio— también están las claves de lo que podríamos llegar a ser. Porque al final, la historia no es lo que pasó. Es lo que decidimos hacer con lo que pasó. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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                        <item>
  <title><![CDATA[En Colombia: los candidatos que no lideran… pueden decidir]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 13 Apr 2026 08:25:54 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay una escena silenciosa en la campaña presidencial colombiana que no aparece en las encuestas, pero sí en los cálculos finos del poder. No está en los tres primeros lugares de quienes encabezan (Paloma Valencia, Iván Cepeda y Abelardo de la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay una escena silenciosa en la campaña presidencial colombiana que no aparece en las encuestas, pero sí en los cálculos finos del poder. No está en los tres primeros lugares de quienes encabezan (Paloma Valencia, Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella). Tampoco en los titulares encendidos.&nbsp;</p>

<p>Está más atrás. Mucho más atrás. Son los rezagados.</p>

<p>Se trata de un grupo de candidatos que siguen en la contienda sin que el país los vea como opción real de triunfo. Lo saben ellos, lo intuyen sus equipos, lo confirma la calle. Y, sin embargo, siguen. Caminan, declaran, proponen, persisten.</p>

<p>Porque en política perder también es una forma de poder. Ahí están, uno a uno, componiendo una sinfonía discreta pero decisiva:</p>

<p>Sergio Fajardo, el eterno pedagogo de la moderación, siempre cerca… pero nunca suficiente.</p>

<p>Roy Barreras, animal político por excelencia, más cómodo en el poder que en la campaña.</p>

<p>Claudia López, figura fuerte y polarizante, con capital político… y desgaste acumulado.</p>

<p>Sondra Macollins, outsider jurídica, visible pero todavía sin estructura política sólida.</p>

<p>Luis Gilberto Murillo, técnico con hoja de vida impecable, aún en busca de traducción electoral.</p>

<p>Miguel Uribe Londoño, nombre que resuena más por entorno que por proyecto propio.</p>

<p>Mauricio Lizcano, operador hábil, más identificado con el engranaje que con la plaza pública.</p>

<p>Santiago Botero, empresario de discurso frontal, intentando convertir convicción en votos.</p>

<p>Cada uno encarna una forma distinta de estar… sin estar. Pero, subestimarlos es un error.</p>

<p>Porque si algo ha enseñado la política colombiana —incluida la de Gustavo Petro y Álvaro Uribe Vélez— es que el poder no siempre se mide en intención de voto. A veces se mide en capacidad de negociación. Ahí está su verdadero lugar: no en la primera vuelta… sino en lo que viene después.</p>

<p>Porque si nadie gana de manera contundente, estos nombres —hoy rezagados— se convierten en piezas codiciadas. No lideran, pero inclinan. No arrasan, pero condicionan. Sus votos pueden ser pocos, pero no son irrelevantes.&nbsp;</p>

<p>Son los futuros aliados. Y también, en algunos casos, los futuros negociadores. Ahí aparece el poder oculto: candidaturas que no buscan llegar, sino estar. Posicionarse. Marcar territorio. Tener algo que ofrecer cuando llegue la hora de los acuerdos.</p>

<p>Y no falta el poder engañoso: el del candidato que critica hoy para pactar mañana. El que levanta banderas propias… para luego doblarlas sin pudor frente a la aritmética electoral.</p>

<p>Varos ya leyeron el momento y se hicieron a un lado: Clara López Obregón, Juan Fernando Cristo, Maurice Armitage, Daniel Palacios Martínez y Felipe Córdoba, quienes, por cálculo o sensatez, decidieron no fragmentar más el tablero o alinearse antes de tiempo.</p>

<p>No todos juegan ese juego, por supuesto. Pero el sistema lo permite. Y en ocasiones, lo premia. Porque hay un tercer nivel, del que poco se habla en voz alta: el poder rentable.</p>

<p>Porque en Colombia, participar también puede ser un buen negocio. La reposición de votos —ese mecanismo que devuelve dinero por cada sufragio obtenido— convierte algunas candidaturas en inversiones con retorno. No se gana la Presidencia, pero se recupera caja. No se conquista el poder, pero se equilibra la contabilidad.</p>

<p>No es ilegal. Es el sistema. Pero deja una pregunta incómoda: ¿cuántas candidaturas compiten por convicción… y cuántas también por flujo contable?</p>

<p>En política, a veces quedarse es una apuesta… pero retirarse también es una forma de poder. Y entonces queda flotando la pregunta de fondo: ¿cuántos están aquí para gobernar… y cuántos para negociar?</p>

<p>No hay respuesta única. Pero sí una certeza: en Colombia, no todos los candidatos quieren ser presidentes. Algunos quieren ser imprescindibles cuando nadie gane.</p>

<p>Dentro de siete semanas sabremos cuánto valen realmente. Por ahora, siguen ahí. Perdiendo… con método. Y, en algunos casos, con balance a favor.<br />
Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[En Colombia: los candidatos que no lideran… pueden decidir]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Colombia: cuando el conflicto sustituye la construcción]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/colombia-conflicto-sustituye-construccion/20260407083404126597.html</link>
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  <pubDate>Tue, 7 Apr 2026 08:34:04 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La reciente controversia entre el gobierno del presidente Gustavo Petro y el Banco de la República, a propósito del manejo de las tasas de interés, podría interpretarse como una diferencia técnica. Pero en realidad expone algo más profundo: una...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La reciente controversia entre el gobierno del presidente Gustavo Petro y el Banco de la República, a propósito del manejo de las tasas de interés, podría interpretarse como una diferencia técnica. Pero en realidad expone algo más profundo: una forma de ejercer el poder en la que la tensión deja de ser circunstancial para convertirse en constante.</p>

<p>Hay escenas simples que explican conflictos complejos. Como la vieja paradoja de dos asnos atados por una cuerda, incapaces de avanzar porque cada uno insiste en tirar hacia su propio lado. La imagen no sugiere movimiento, sino estancamiento. Y a veces, en lugar de resolver, Colombia parece enredar sus soluciones… como si las dejara atrapadas en un costal de anzuelos.</p>

<p>El derecho a cuestionar es parte esencial del ejercicio democrático. Ninguna institución debería estar exenta del escrutinio. Sin embargo, cuando el cuestionamiento se extiende a casi todos los frentes y se expresa como desconfianza sistemática, el efecto deja de ser correctivo para convertirse en acumulativo. Los episodios no son aislados: hacen parte de un mismo paisaje.</p>

<p>Los ejemplos son frecuentes y variados: las discusiones con el Consejo Nacional Electoral por la financiación de la campaña; las tensiones con la Fiscalía General de la Nación; los reparos a decisiones judiciales; las controversias en torno al sistema de salud; los altibajos de la política de “Paz Total”; las diferencias sobre el Metro de Bogotá; e incluso los llamados a la movilización desde el propio poder. Todo ello dibuja una secuencia que merece ser leída en conjunto.</p>

<p>No se trata de desconocer los déficits históricos del Estado colombiano ni de negar la necesidad de reformas. Están ahí, y no son recientes. El tiempo —y las limitaciones del propio Estado— las ha ido acumulando. Se trata, más bien de advertir un riesgo menos visible, pero más profundo: cuando todo entra en disputa al mismo tiempo, la capacidad de articulación se reduce.</p>

<p>La experiencia internacional ofrece señales de alerta que no conviene ignorar. En países donde la autonomía de los bancos centrales ha sido debilitada por decisiones políticas, los efectos han sido contundentes: pérdida de credibilidad, devaluación de la moneda y crisis inflacionarias. Casos como Turquía muestran hasta qué punto la presión del Ejecutivo sobre la política monetaria puede desestabilizar una economía.</p>

<p>Situaciones similares, con matices distintos, se han visto en economías como Argentina o Venezuela, donde la falta de autonomía del banco central ha erosionado el valor de la moneda y la confianza de los ciudadanos, con efectos persistentes en inflación y pobreza.</p>

<p>En Colombia, el país se debate entre dos certezas opuestas. Para unos, el gobierno encarna un proyecto transformador bloqueado por inercias históricas. Para otros, representa una conducción que tensiona sin consolidar. Entre esas dos orillas, el espacio para una conversación razonada se vuelve cada vez más estrecho.</p>

<p>La política, por definición, implica conflicto. Pero no puede sostenerse únicamente en él. Requiere acuerdos mínimos, reconocimiento mutuo y la existencia de interlocutores válidos incluso en la diferencia. La democracia, sin conversación, pierde espesor.</p>

<p>Cuando el poder entra en tensión con casi todo lo que lo rodea, el riesgo no es solo el desgaste institucional. Es algo más delicado: la erosión de la confianza, ese activo invisible que sostiene cualquier intento de transformación. Porque gobernar no es solo ejecutar. Es, sobre todo, lograr que lo público funcione después de la confrontación.</p>

<p>Si cada decisión se convierte en un pulso, si cada institución es puesta bajo sospecha, si cada diferencia escala a confrontación, el país no avanza: se inmoviliza. No por falta de ideas. Sino porque el conflicto, cuando se vuelve permanente, termina sustituyendo la posibilidad misma de construir.</p>

<p>Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Colombia: cuando el conflicto sustituye la construcción]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[El acoso sexual: cuando el poder invade el cuerpo]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/acoso-sexual-poder-invade-cuerpo/20260330081746126042.html</link>
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  <pubDate>Mon, 30 Mar 2026 08:17:46 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Esa es una herencia que nadie quiere ver. Cada cierto tiempo, en Colombia y también en el mundo, un caso de acoso sexual estalla en la opinión pública y sacude conciencias. Nombres propios, testimonios desgarradores, indignación en redes. Todo...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Esa es una herencia que nadie quiere ver. Cada cierto tiempo, en Colombia y también en el mundo, un caso de acoso sexual estalla en la opinión pública y sacude conciencias. Nombres propios, testimonios desgarradores, indignación en redes. Todo parece nuevo, urgente, insoportable, pero no lo es. No es el problema: es apenas su síntoma</p>

<p>El acoso sexual no nace en el impulso ni en un momento de descontrol. Nace en una cultura. En una estructura de poder que durante siglos ha normalizado el abuso, lo ha disfrazado de seducción, lo ha tolerado como privilegio o lo ha enterrado bajo el silencio.</p>

<p>Por eso, cada escándalo no debería solo preguntar “¿quién fue?”, sino algo más incómodo: ¿qué tipo de sociedad ha permitido que esto ocurra? Y más aún: ¿en qué se está fallando desde la formación de niñas y niños, cuando familia y escuela renuncian —por acción u omisión— a educar en límites, respeto y dignidad?</p>

<p>Colombia no es ajena a esta realidad. En distintos niveles del poder —político, institucional, empresarial, deportivo— emergen patrones inquietantes: jerarquías usadas como presión, silencios forzados, carreras condicionadas por el miedo. Hay de todo. Hay denuncias en el Congreso, en el deporte, en las empresas y, recientemente, en los medios de comunicación —con el estallido de un #MeToo en el periodismo colombiano— desnudan de cuerpo entero las fracturas.</p>

<p>La acción institucional desde la Fiscalía y el respaldo de organizaciones sociales muestran que hay una sociedad que empieza a reaccionar. Ya van más de 60 señalamientos en un santiamén. Señales de que el poder —cuando carece de controles éticos y culturales— se deforma. Y en esa deformación, el otro deja de ser persona para convertirse en instrumento.</p>

<p>Pero, sería un error reducir el problema a Colombia. El acoso sexual atraviesa fronteras, idiomas y clases sociales. Está donde exista una relación desigual de poder y una cultura que la justifique o la minimice.</p>

<p>El caso de Jeffrey Epstein llevó esta discusión a un nivel aún más perturbador: redes de explotación que involucraban a figuras influyentes. Más que un individuo, lo que se evidenció fue un sistema donde el dinero, el poder y el silencio operaban como garantías de impunidad.</p>

<p>Como advirtió Simone de Beauvoir, “el opresor no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos”. Y ahí radica uno de los puntos más delicados: el acoso no siempre es visible, pero casi siempre es sabido. Se comenta en voz baja, se normaliza en chistes o se relativiza con frases como “así es él”.</p>

<p>Desde la sociología, el acoso se sostiene en tres pilares silenciosos: la desigualdad de poder; una educación emocional fallida que enseña que el deseo puede imponerse; y la complicidad social que prefiere no ver, no oír, no denunciar.</p>

<p>Las víctimas cargan con costos invisibles: daño emocional, silencio, culpa inducida, oportunidades perdidas. Y cuando hablan, muchas veces enfrentan otro juicio.</p>

<p>Por eso, abordar este tema exige firmeza sin moralismo. No se trata de construir una sociedad mojigata, sino de reconstruir el tejido social desde el respeto, el consentimiento y la dignidad. Pero también de algo inaplazable: que la justicia actúe con rigor y sin ambigüedades, para que quienes abusan enfrenten consecuencias ejemplares y se rompa, por fin, la impunidad.&nbsp;</p>

<p>Hay, además, una contradicción reveladora. Escandalizan las guerras y sus efectos devastadores —con razón—, pero ignoramos violencias silenciosas como el acoso. Mientras miramos conflictos lejanos, dejamos de ver el daño profundo y cotidiano que&nbsp; produce: una destrucción menos visible, pero igualmente indigno y real.</p>

<p>Tal vez la pregunta no sea cuántos casos más deben salir a la luz, sino cuánto más se está dispuestos a tolerar antes de reconocer que esto no es una suma de episodios aislados, sino un problema estructural.</p>

<p>Porque mientras se siga a medias tintas tratando el acoso como escándalo, y no como sistema, se seguirá llegando tarde.</p>

<p>&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[El acoso sexual: cuando el poder invade el cuerpo]]></media:title>
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        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Colombia: la vicepresidencia deja de ser sombra]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/colombia-vicepresidencia-ser-sombra/20260323082926125312.html</link>
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  <pubDate>Mon, 23 Mar 2026 08:29:26 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Durante años, la vicepresidencia en Colombia fue vista como una figura de reserva: un seguro institucional, una presencia discreta, casi protocolaria. Pero, eso era antes. Ahora, algo está cambiando. Y esta campaña lo confirma. 

 Los más...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Durante años, la vicepresidencia en Colombia fue vista como una figura de reserva: un seguro institucional, una presencia discreta, casi protocolaria. Pero, eso era antes. Ahora, algo está cambiando. Y esta campaña lo confirma.</p>

<p>Los más recientes datos del Centro Nacional de Consultoría no solo miden la intención de voto presidencial; revelan un fenómeno más profundo: el ascenso político de las fórmulas vicepresidenciales como actores con voz propia, peso electoral y narrativa.</p>

<p>Aída Quilcué, con un 26.8% de respaldo; Juan Daniel Oviedo, con 25.8%; y José Manuel Restrepo, con 15.4%, no son simples acompañantes. Son piezas activas en el ajedrez político. Y cada uno representa una manera distinta de entender el país.</p>

<p>En la fórmula de Iván Cepeda, Aída Quilcué simboliza una Colombia históricamente invisibilizada que hoy reclama espacio. Lideresa indígena, defensora de derechos colectivos, su fortaleza está en la legitimidad social y en la representación de territorios olvidados. Su discurso conecta con las demandas de inclusión y transformación.</p>

<p>Sin embargo, su principal desafío es traducir esa legitimidad en gobernabilidad: pasar del liderazgo comunitario al ejercicio del poder nacional, donde las tensiones son más complejas y las decisiones, más exigentes.</p>

<p>En la orilla de Paloma Valencia, Juan Daniel Oviedo introduce una ruptura interesante. Técnico, urbano, con lenguaje directo, ha decidido no ser un candidato silencioso. Habla, propone, controvierte. Su fortaleza radica en la capacidad de conectar con sectores jóvenes y urbanos que buscan eficiencia y modernización del Estado.</p>

<p>Pero esa misma exposición es también su riesgo: su independencia discursiva puede generar tensiones dentro de una coalición que representa sectores más tradicionales. Su reto será equilibrar frescura con cohesión política.</p>

<p>En la fórmula de Abelardo de la Espriella, José Manuel Restrepo encarna la experiencia institucional. Exministro, académico, hombre de cifras y de Estado, su perfil transmite estabilidad y conocimiento de lo público. En tiempos de incertidumbre económica, su presencia puede ser leída como garantía.</p>

<p>No obstante, su debilidad puede estar en la percepción: representar la continuidad en un momento en que amplios sectores del país demandan cambio. Su desafío es demostrar que la experiencia no es sinónimo de inmovilidad, sino de efectividad responsable.</p>

<p>Más allá de las diferencias, hay un punto en común: los tres están haciendo algo que antes no era habitual. Están en campaña. Están opinando. Están disputando espacio. Están, en suma, ejerciendo poder político.</p>

<p>Esto ocurre, paradójicamente, en un marco constitucional que no les asigna funciones específicas. El artículo 202 de la Constitución de 1991 los define la vicepresidencia como reemplazo eventual del presidente y deja en manos del mandatario la posibilidad de delegarles tareas.</p>

<p>Pero la realidad ha superado la norma. Hoy, las fórmulas vicepresidenciales no solo completan un tarjetón: amplían el mensaje, equilibran las coaliciones y, en muchos casos, atraen votantes que el candidato principal no alcanza.</p>

<p>Como lo ha señalado el politólogo Joel K. Goldstein, la vicepresidencia ha dejado de ser un “cargo de espera” para convertirse en un instrumento estratégico de gobierno y de campaña. Colombia parece estar entrando, finalmente, en esa lógica.</p>

<p>Al mirar otros países, la tendencia se confirma. En Estados Unidos, el vicepresidente tiene funciones concretas en el Senado y un papel activo en la agenda gubernamental. En Ecuador y Venezuela, su rol ha sido determinante en momentos de transición o crisis.</p>

<p>Aquí, en cambio, la figura sigue en construcción. Pero ya no es invisible. Esta campaña lo deja claro: los vicepresidentes ya no esperan. Actúan.</p>

<p>Y en esa acción se juega algo más que una elección. Se juega la posibilidad de redefinir el equilibrio del poder, de enriquecer el debate público y de acercar la política a nuevas voces.</p>

<p>Tal vez, sin que la Constitución lo haya previsto del todo, Colombia está descubriendo que el segundo en la fórmula… puede ser, también, protagonista del cambio. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com</p>
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        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[La presidencia de Colombia se disputa voto a voto]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/presidencia-colombia-voto/20260316083715124519.html</link>
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  <pubDate>Mon, 16 Mar 2026 08:37:15 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La campaña electoral en Colombia ya comenzó. Se siente en la temperatura. Las plazas públicas, los debates, los estudios de radio y las redes sociales vuelven a llenarse de discursos, promesas y preguntas que reviven uno de los rituales más...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La campaña electoral en Colombia ya comenzó. Se siente en la temperatura. Las plazas públicas, los debates, los estudios de radio y las redes sociales vuelven a llenarse de discursos, promesas y preguntas que reviven uno de los rituales más visibles de la democracia: elegir quién aspira a conducir su destino.</p>

<p>En la Registraduría Nacional ya se formalizaron los nombres de 14 candidaturas que buscan disputar la Presidencia en las elecciones del 31 de mayo. El cupo es solo para uno. Pero, como suele ocurrir en cada ciclo electoral, la lista reunirá nombres de distintas corrientes políticas, movimientos y aspiraciones independientes que intentan abrirse espacio en la conversación nacional.</p>

<p>En ese abanico de candidaturas hay trayectorias diversas y visiones distintas del país. Pero en este primer momento de la campaña tres figuras concentran buena parte de la atención política: Paloma Valencia, Iván Cepeda y Abelardo De La Espriella. Desde luego hay más: Claudia López, Sergio Fajardo, Roy Barreras, Gilberto Murillo, Juan Fernando Cristo, Maurice Armitage, Clara López y otros más, son protagonistas que buscan saber cómo se reacomoda el tablero electoral.</p>

<p>Cada uno representa una forma distinta de pararse frente al país. Y también lo hacen las fórmulas vicepresidenciales que han comenzado a perfilarse en la contienda. La semana que comienza está centrada en los tres que van adelante, por ahora, en las encuestas, después de la jornada de consultas y elección del nuevo Congreso que se instala el 20 de julio para recibir al nuevo presidente.</p>

<p>Paloma Valencia, de derecha, decidió que su fórmula vicepresidencial es Juan Daniel Oviedo, de centro derecha, una figura que mezcla un perfil académico con un estilo irreverente y alternativa dentro del debate público. En la candidatura de Abelardo de la Espriella, de extrema derecha, está José Manuel Restrepo, de derecha clásica, economista y exministro de Hacienda reconocido por sus críticas a Gustavo Petro. Iván Cepeda, de izquierda, es el candidato oficialista y tiene a Aída Quilcué, una reconocida líder indígena y defensora de derechos humanos que pasó por el Senado.</p>

<p>Paloma Valencia llega a la contienda con la identidad política que ha cultivado durante años: una voz firme con un discurso centrado en la seguridad, la institucionalidad y la crítica a los modelos de izquierda. Su presencia en el debate ha estado marcada por la confrontación.&nbsp;</p>

<p>Abelardo De La Espriella aparece en el escenario con un estilo diferente. Abogado conocido por su protagonismo mediático y su lenguaje frontal, representa una narrativa de ruptura con la política tradicional. Su discurso suele apelar a la indignación ciudadana frente a la corrupción y al desgaste de las instituciones. La incógnita para su candidatura será si ese capital de confrontación logra transformarse en una estructura política capaz de sostener una campaña de alcance nacional.</p>

<p>Iván Cepeda Castro encarna otra tradición dentro de la política colombiana. Su trayectoria ha estado vinculada con la defensa de los derechos humanos y las luchas por la memoria histórica y la justicia. Es una figura reconocida dentro de los sectores de izquierda y su reto consistirá en traducir ese capital en una propuesta de gobierno capaz de convocar a sectores más amplios de la sociedad.</p>

<p>Tres estilos, tres narrativas y tres maneras de interpretar las tensiones del país. Pero la política colombiana rara vez permanece quieta. En medio de la efervescencia inicial de la campaña también aparecen figuras que, por distintas razones, hoy parecen moverse en un segundo plano, aunque en los últimos años ocuparon lugares centrales en la conversación pública.</p>
La campaña apenas comienza. Habrá discursos, controversias y momentos de euforia. Pero, como ocurre en democracia, el verdadero examen no se juega únicamente en las tarimas o en las redes sociales, en los discursos y en los debates. sino en la capacidad de los candidatos de escuchar a un país que sigue esperando respuestas para problemas que llevan décadas acumulándose. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[La presidencia de Colombia se disputa voto a voto]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Jorgeá Sánchez Vargas]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Colombia: el país que dejaron las consultas]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/colombia-pais-consultas/20260309082026123693.html</link>
  <comments>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/colombia-pais-consultas/20260309082026123693.html#comentarios-123693</comments>
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  <pubDate>Mon, 9 Mar 2026 08:20:26 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Jorgeá  Sánchez Vargas]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ La jornada electoral de ayer domingo 8 de marzo dibujó con cierta claridad el mapa político de Colombia rumbo a las elecciones presidenciales de mayo, en las que se definirá la continuidad o el relevo del gobierno del presidente Gustavo Petro....]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>La jornada electoral de ayer domingo 8 de marzo dibujó con cierta claridad el mapa político de Colombia rumbo a las elecciones presidenciales de mayo, en las que se definirá la continuidad o el relevo del gobierno del presidente Gustavo Petro.</p>

<p>Las consultas interpartidistas confirmaron la existencia de tres grandes corrientes políticas en disputa. En la derecha se impuso la senadora Paloma Valencia Laserna; en el centro, la exalcaldesa de Bogotá Claudia López; y la consulta del Frente por la Vida otorgó la victoria al progresista, Roy Barreras, aunque por un margen estrecho que nadie esperaba.</p>

<p>El primer efecto tiene que ver con el triunfo de Paloma Valencia Laserna, actual senadora y representante de una derecha sin ambigüedades ideológicas que logró acercarse a un grupo de notables, tecnócratas y dirigentes de prestigio que, sin pertenecer a su corriente política, comparten una profunda distancia frente a las políticas del presidente Petro.</p>

<p>Con el argumento de “recuperar a Colombia”, Paloma terminó incrustándose en una especie de coalición de centro derecha que reunió sectores políticos y técnicos bajo una misma narrativa de cambio. El resultado fue una votación cercana a los seis millones de sufragios en la consulta, de los cuales algo más de tres millones corresponden a su candidatura.</p>

<p>Hay además un hecho simbólico que no pasa desapercibido. Este primer triunfo parcial de la ahora candidata se produjo el Día Internacional de la Mujer. Si su candidatura lograra abrirse paso, Colombia podría tener por primera vez a una mujer presidenta de la República.</p>

<p>Pero ese camino está lejos de ser sencillo. Paloma tendrá que resolver tres retos políticos inmediatos. El primero será enfrentar dentro del propio espectro de la derecha al abogado y precandidato Abelardo de la Espriella, quien decidió no presentarse a la consulta al considerar que las encuestas lo favorecen.&nbsp;</p>

<p>El segundo es atraer sectores del centro como los que representa el exgobernador y exalcalde Sergio Fajardo, quien tampoco participó en las consultas. Y el tercero, quizá el más complejo, será disputar el liderazgo nacional frente al senador Iván Cepeda, con altos niveles de reconocimiento en los sondeos de opinión.</p>

<p>Pero quizá el episodio más revelador lo protagonizó Roy Barreras, el candidato progresista que reconoció que la consulta no alcanzó la votación que esperaban y atribuyó parte de esa debilidad a un error estratégico del presidente Petro.</p>

<p>En política, ese gesto tiene un nombre preciso: distancia sin ruptura. Barreras es el candidato del progresismo, pero no es candidato del presidente. Un antecedente político llamativo si se tiene en cuenta que el propio Petro llegó hace cuatro años a la Casa de Nariño gracias al trabajo político y legislativo en el que Roy Barreras desempeñó un papel determinante.</p>

<p>La jornada dejó también una sorpresa: el economista Juan Daniel Oviedo, exconcejal de Bogotá y exdirector del Departamento Administrativo Nacional de Estadística, logró convertir su historia personal y profesional en un discurso político que encontró eco en sectores urbanos y técnicos.</p>

<p>Oviedo, estudioso de los retos económicos y sociales, consiguió encauzar argumentos sobre productividad, desarrollo y políticas públicas. Su condición de homosexual y su defensa de mayores espacios para la comunidad LGBTI busca ampliar los márgenes de inclusión en un país que aún conserva fuertes rasgos culturales conservadores.</p>

<p>Otro hecho de enorme significado ocurrió de manera más silenciosa, casi sin estridencias: los antiguos comandantes de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, convertidos en dirigentes del partido Comunes tras la firma del Acuerdo de Paz de 2016, se sometieron al escrutinio electoral sin las curules garantizadas que el acuerdo les otorgó durante ocho años. Los votos no alcanzaron para mantener su presencia en el Congreso. Ahora, esa antigua guerrilla deberá disputar el respaldo ciudadano en igualdad de condiciones con las demás fuerzas políticas.</p>

<p>La jornada dejó además otra lectura evidente. Ninguna fuerza política logró consolidar aún un liderazgo dominante en el escenario nacional. Las consultas confirmaron tendencias, pero no definieron el desenlace. Lo que Colombia tiene hoy es un tablero político con tres corrientes claras, liderazgos en construcción y un electorado que parece moverse entre la expectativa, el cansancio y la prudencia.</p>

<p>Las elecciones de este domingo no eligieron presidente. Pero sí dibujaron el escenario donde se jugará la verdadera partida política en los próximos meses. Y en ese tablero, todavía ninguna candidatura tiene asegurada la victoria. Comentarios y opiniones a jorsanvar@yahoo.com</p>

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