Hace años, cuando aprendí a montar en moto, mi padre me dijo una frase que se me quedó grabada: “a la moto no hay que tenerle miedo, hay que tenerle respeto”, y estos días, leyendo la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV sobre inteligencia artificial, he vuelto muchas veces a esa idea, porque quizá nos está pasando algo parecido con la IA.
No quiero entrar en la parte teológica de la encíclica, porque la fe pertenece a un terreno profundamente personal, pero sería injusto reducirla a un gesto simbólico. Que una figura con la visibilidad del Papa ponga la inteligencia artificial en el centro del debate me parece importante. En ese sentido, León XIV actúa como catalizador: nos recuerda que la IA ya está aquí, que no es cosa solo de tecnólogos, y que deberíamos pensar qué estamos construyendo antes de que la propia velocidad decida por nosotros.
La encíclica utiliza la imagen de Babel, esa torre levantada desde el poder, la ambición y la tentación de ordenar el mundo bajo un único lenguaje. Y ahí creo que acierta, porque Babel no es solo una torre bíblica, es cualquier construcción enorme que crece tan rápido que deja de preguntarse para qué existe.
Pero quizá el reto no sea derribar La Torre ni desarmar la IA, sino armarla mejor. Porque incluso en Babel había algo profundamente humano: la voluntad de construir juntos, de llegar más lejos, de levantar algo que parecía imposible. El problema no era construir, ni aspirar, ni usar la técnica, el problema era desde dónde se construía. Y ahí es donde discrepo de la encíclica: comparto su preocupación de fondo, pero no comparto del todo el término que utiliza. Cuando habla de “desarmar”, entiendo la intención, sacarla de la lógica del poder y de los monopolios, pero mi mirada es otra: creo que hay que diseñarla mejor y armarnos nosotros también.
Ahí aparecen, para mí, los pilares ocultos de Babel.
El primero es el modelo de negocio. Las tecnológicas no son “ONGs”, ni tienen por qué serlo. Desarrollar y sostener estos sistemas cuesta una barbaridad, y si queremos herramientas tan potentes a costes bajos, gratis o casi gratis, hay un precio que alguien paga. A veces con suscripciones, otras con datos, atención, dependencia o publicidad. No se trata de demonizarlo, sino de entenderlo.
El segundo es la comodidad. Hablamos mucho de si la IA nos va a quitar trabajo, pero hablamos menos de lo que puede quitarnos por dentro: paciencia, duda, profundidad, ganas de leer, escribir, contrastar y pensar antes de aceptar una respuesta que suena bien. El problema no es que la IA alucine, el problema es que nosotros dejemos de comprobarlo.
El tercero es quizá el más incómodo: nuestro miedo a evolucionar, a volver a aprender, a salir de la zona de confort. Babel no la levantan solo las grandes tecnológicas, también la levantamos nosotros cada vez que elegimos comodidad antes que criterio, rapidez antes que pensamiento, eficiencia antes que evolución.
La IA me fascina. En medicina puede ayudarnos a vivir más y mejor, y por eso no hay que pedir perdón. También puede ayudarnos a crear, aprender, investigar, prototipar y resolver problemas que antes parecían imposibles.
Pero si usamos la IA solo para hacer más rápido lo mismo de siempre, habremos entendido muy poco, y si educamos a quienes vienen detrás con los modelos de siempre, entonces habremos entendido todavía menos. No me preocupa que mi hijo use IA, me preocupa que no sepamos enseñarle a valorar y analizar lo que nos dice.
Por eso, si la encíclica nos invita a desarmar la IA para que no domine lo humano, yo lo formularía de otra manera: no desarmemos la IA, armémosla de humanidad, y armémonos de criterio, pensamiento divergente y creatividad.
Porque a la inteligencia artificial, como me dijo mi padre cuando aprendí a montar en moto, no hay que tenerle miedo, hay que tenerle respeto.