Este eslogan fue lanzado por Stalin a finales de los años treinta en el marco de una campaña cuyo fin era aumentar la productividad de las masas. Las maravillas del “paraíso” comunista habían desplomado el nivel de vida de los sufridos rusos muy por debajo del que tenían antes de la revolución bolchevique.
Hasta la fecha los obreros tenían sueldos similares, aunque siempre muy por encima de la remuneración que percibían los campesinos. A partir de ese momento los trabajadores más eficientes podrían cobrar hasta 3,7 veces más.
Ni siquiera en la Unión Soviética existía la igualdad, y esto sin contar con que la élite gobernante, principalmente los miembros del politburó y del comité central del partido comunista, disfrutaban de un nivel de vida muchas veces superior al del obrero mejor pagado.
La igualdad es imposible y esto es así porque las cualidades intelectuales y físicas son diferentes en todos los individuos, y son también dispares la voluntad, la capacidad de sacrificio, los objetivos vitales, y las circunstancias de cada uno. En democracia, la única igualdad posible y deseable es la igualdad ante la ley. A partir de ahí cada individuo debe desarrollar su plan de vida conforme a sus deseos y capacidades, y como no puede ser de otra manera, los resultados siempre serán diferentes entre unos y otros.
Que casi un siglo después, tantos políticos nos sigan dando la matraca con la igualdad material y culpando de todos los males a los ricos, a los empresarios, y a cualquiera que destaque es lamentable y demuestra lo atrasados que aún estamos en materia política. Las evidencias demuestran objetivamente que este tipo de políticas siempre han fracasado. A medio plazo generan decadencia económica, pobreza y desempleo, es decir, mayor desigualdad, cosa que no por casualidad viene sucediendo en España o Francia desde principios del siglo XXI.
La aventura de los peregrinos del Mayflower es ilustrativa. Cuando arribaron a América en 1620 instauraron un autogobierno de raíz igualitarista. Los comienzos fueron muy duros debido a la escasez, en gran medida debida a que repartían a partes iguales los escasos bienes que eran capaces de producir, lo que desincentivaba y generaba desafección entre los trabajadores más productivos y esforzados. Como consecuencia de esto bastantes murieron de hambre y la colonia estuvo en riesgo de desaparecer.
Empezaron a prosperar cuando dejaron de lado el igualitarismo y decidieron que cada uno recibiría el fruto de su esfuerzo aplicado a la explotación del lote de terreno adjudicado. Gracias al incentivo de la mayor ganancia, la producción aumentó de forma significativa y de esta manera aumentó el nivel de vida de la mayor parte de individuos y familias.
La realidad es tozuda, el igualitarismo nunca consigue sus objetivos y siempre empobrece, además de ser notablemente opresor e injusto. Incluso Stalin, icono de la extrema izquierda, nos advirtió contra este error. ¡El igualitarismo no es proletario, no es de izquierdas, es pequeñoburgués!.