En estas Pascuas de 2026, mientras celebramos la Resurrección de Cristo —símbolo supremo de renovación, esperanza y liberación del pecado—, es oportuno reflexionar sobre los valores judeocristianos que el presidente Javier Milei ha defendido con claridad y convicción como fundamento de la civilización occidental. Estos valores —la dignidad del individuo, el libre albedrío, la responsabilidad personal y el rechazo a la coacción— no son abstractos: se traducen directamente en la posibilidad de ser felices y de dedicar nuestro pensamiento a Dios.
Como ha explicado con maestría el profesor Jesús Huerta de Soto, el socialismo no es solo un error económico, sino un atentado sistemático contra la función empresarial, esa capacidad creativa innata del ser humano que nos asemeja al acto creador de Dios. Definido por Huerta de Soto como “todo sistema de agresión institucional y sistemática contra el libre ejercicio de la función empresarial”, el socialismo impone coacción estatal que bloquea la coordinación espontánea de la sociedad, genera desajuste, pobreza y descivilización. En lugar de liberar al hombre, lo esclaviza a la burocracia, fomenta la envidia y corrompe los hábitos morales y responsables. Bajo el socialismo, la vida se reduce a la supervivencia material y a la dependencia del Estado; no queda espacio ni tiempo para elevar el espíritu hacia lo trascendente.
En cambio, la libertad de mercados —el orden espontáneo que surge de la propiedad privada y el intercambio voluntario— es la condición material indispensable para la verdadera felicidad. Solo en un sistema de libre empresa el ser humano puede prosperar, resolver sus necesidades básicas con eficiencia y, liberado de la angustia cotidiana, dedicar su mente y su corazón a Dios. Huerta de Soto lo ha señalado con precisión: la justicia y la eficiencia no son opuestas, sino “dos caras de la misma moneda”. El capitalismo, lejos de contradecir los valores judeocristianos, los potencia: permite que cada persona ejerza su libertad creativa, como Dios nos invitó a hacer al crearnos a su imagen y semejanza.
El presidente Milei lo ha repetido en foros internacionales: volver a la tradición judeocristiana y a la filosofía griega es la única forma de salvar Occidente del colectivismo que lo amenaza. En Argentina lo estamos viviendo en carne propia: décadas de intervencionismo y socialismo nos hundieron en la miseria económica y espiritual. Hoy, al abrazar la libertad, recuperamos no solo la prosperidad, sino la posibilidad de ser verdaderamente felices.
En esta Pascua de Resurrección, pidamos que la luz de Cristo ilumine también nuestras sociedades. Que el mismo Espíritu que venció a la muerte venza la coacción estatal y nos permita, en un marco de libertad económica plena, dedicar nuestro pensamiento a Dios y construir un orden donde la felicidad no sea un privilegio de unos pocos, sino el fruto natural de la responsabilidad y la creatividad de todos.
Solo así, como enseña Huerta de Soto, el ser humano podrá florecer en plenitud: libre, próspero y orientado hacia lo eterno.
¡Felices Pascuas de Resurrección!