Cuando fuimos peces

Michael J. Fox y la dignidad de seguir

A veces la vida cambia por un gesto mínimo. Para Michael J. Fox fue un dedo que tembló a los 29 años. Para mí, bastante más tarde, fueron unas piernas que empezaron a decidir por su cuenta cuándo avanzar y cuándo no. El cuerpo, con los años, se vuelve un narrador caprichoso: uno cree que manda, hasta que descubre que negocia.

Fox venía de una noche intensa con Woody Harrelson cuando notó que su dedo meñique se movía solo. Yo no tuve un momento tan cinematográfico… hasta que lo tuve. Fue hace poco, en un paso de peatones estrecho, de dos carriles, el primero reservado al tranvía. El semáforo estaba en rojo, pero la avenida estaba despejada y me atreví a cruzar. A mitad del camino, justo sobre las vías, vi a lo lejos la silueta difusa del tranvía acercándose. No era una amenaza inmediata, pero sí un recordatorio de que el tiempo —y el cuerpo— ya no me pertenecen del todo.

Entonces ocurrió: mis pies se clavaron al suelo. No avanzaban. No retrocedían. No obedecían. Por un instante pensé en tirarme al suelo y arrastrarme hasta la otra acera. Pero desde algún rincón remoto de mi memoria emergió otra escena: cuarenta años atrás, a veinte metros de profundidad, en mi primera inmersión de buceo. Me quedé sin aire. Mi monitor iba unos metros por delante. Sentí el pánico subir como una ola negra. Mi primer impulso fue ascender rápido, desesperado, y ese impulso me habría costado la vida. Pero me contuve. Nadé con todas mis fuerzas, lo alcancé, agarré su aleta y ascendimos compartiendo el regulador, respirando por turnos, como se hacía entonces en la técnica de emergencia de “respiración en columna”. Luego se supo que no había fallo alguno: solo nervios y consumo excesivo de aire.

Ese recuerdo volvió mientras el tranvía avanzaba en la distancia. Respiré hondo. “Pie derecho. Largo. Ahora el izquierdo.” Y así crucé. No he vuelto a saltarme un semáforo.

Michael J. Fox también aprendió a respirar hondo en mitad del miedo. Durante años ocultó su temblor mientras seguía actuando, sujetando objetos o metiendo las manos en los bolsillos. En privado, cayó en el alcohol y en la desesperación. Pero encontró un ancla: Tracy Pollan, su esposa, que “no parpadeó” cuando él le contó la verdad. Y cuando finalmente hizo pública su enfermedad, abrió una causa que cambiaría la investigación del Parkinson en el mundo.

En 2000 fundó la Michael J. Fox Foundation, hoy la mayor organización dedicada a investigar esta enfermedad. Ha recaudado más de 2.000 millones de dólares y en 2023 anunció un avance histórico: un biomarcador capaz de detectarla antes de los síntomas. Fox lloró al contarlo. No por él: por todos los que vendrán.

La vida, mientras tanto, siguió cobrándole facturas: caídas, fracturas, operaciones, pérdidas familiares. Y aun así, siguió. Cuando apareció en los BAFTA 2024, en silla de ruedas, el público se levantó como si estuviera viendo a un héroe regresar del futuro.

Yo no tengo un auditorio que se ponga en pie. Pero tengo algo que vale igual: la capacidad intacta de admirar a los luchadores. A los que no se rinden. A los que, como Fox, convierten la fragilidad en una forma de coraje.

Él repite una frase que me acompaña: “Con gratitud, el optimismo es sostenible.” Y quizá ahí está la clave. No se trata de negar lo que cuesta, sino de agradecer lo que queda: la lucidez, la palabra, la memoria, la capacidad de emocionarse ante la dignidad ajena.

Michael J. Fox no es, para mí, un ídolo de cine. Es algo más raro y más valioso: un ejemplo de vida, alguien que demuestra que se puede seguir adelante incluso cuando el cuerpo tiembla y el camino se estrecha.

Y en esa forma de resistir sin estridencias, de avanzar sin renunciar a la alegría, yo también me reconozco.