Fortuna Imperatrix

Galgos de leyenda

Por ir aplazándolo, me quedé sin conocer el canódromo de Madrid, pues cuando finalmente decidí asistir a una carrera de galgos, me enteré de que lo habían clausurado en 1989. Una pena, porque me perdí al menos una competición de estos perros, los mejores representantes de los lebreles. Por supuesto, ya los había visto corretear por los pueblos, como buscando su oportunidad deportiva, pero no era lo mismo.

“De casta le viene al galgo” ha sido siempre un refrán muy pronunciado, por la solera que implica, hasta Don Quijote tenía un galgo corredor, como sabemos desde la primera página de su libro. Incluso se los ha hallado esculpidos en bajorrelieves babilonios, y también en Egipto se han descubierto momias antiquísimas de ellos, lo que no debe sorprendernos si se tiene en cuenta que Anubis, el dios del embalsamamiento, protector de los cementerios, se representa con la cabeza de un chacal negro que igual podría ser un galgo. O un podenco ibicenco, si se comparan los perfiles poderosos, subrayados en las cabezas elegantes, en los ojos pequeños, castaños y expresivos, en el cuello musculoso...; aunque en las orejas, altas en su implantación, orientadas hacia atrás y pequeñas en los galgos, y grandes y tiesas en los podencos, se lograría apreciar la diferencia.

Pero no nos demoremos en dilucidar si son galgos o podencos los ibicencos, pues contamos con otros tipos bien identificados, como el andaluz, el castellano y el norteño, en la península, a los que su velocidad en pos de las numerosas liebres y conejos que poblaban el territorio permitió vivir momentos de gloria en la Edad Media. Es esa exhalación con la que parece que saltan por encima de su sombra la que ha dado origen a la proverbial expresión “echarle un galgo a alguien”.

El catálogo, sin embargo, no se agota en los mencionados, sino que es bastante más amplio, recuérdese aquel barco al que llamaban “el galgo” por la rapidez con que despachaba a los clientes de su crucero, de modo que quienes lo habían contratado para disfrutar de la navegación salían, por el contrario, más estresados que nunca debido a las constantes subidas y bajadas de viajeros en las frenéticas escalas que iba haciendo; y quién no conoce a alguien al que apodan “el galgo” por la celeridad con que se arranca hacia adelante, con frecuencia en huida, todo hay que decirlo, o de lado como los cangrejos. De hecho, hace poco detectaron a uno desplazándose de esta sospechosa manera.

Por eso es muy triste e incomprensible que, pese a las cualidades de este animal, tan estimadas, su destino suela ser, tras la época de caza, el del sacrificio; y encomiable al mismo tiempo que existan asociaciones en nuestro país dedicadas a su protección, organizaciones sin ánimo de lucro que rescatan, rehabilitan y dan en adopción a los maltratados y abandonados.

¿Sería usted capaz, por ejemplo, de adoptar a ese galgo que corre haciendo extraños?