Hubo un tiempo en que “recortar el cupón” definía, con cierta ironía, a un tipo muy concreto de inversor: el que vivía de las rentas. Literalmente. Las acciones llevaban cupones físicos que el banco depositario recortaba – incluso con guillotinas diseñadas específicamente - para que el propietario pudiera cobrar su dividendo. Era un gesto casi ritual, propio de una economía de papel, tijera y sello.
El mundo cambió. Los mercados se digitalizaron. Los cupones desaparecieron. Hoy nadie imagina a un empleado bancario recortando papelitos para abonar un dividendo.
Y, sin embargo, en pleno 2026, en miles de farmacias españolas se sigue recortando el cupón-precinto de los medicamentos financiados. Una reliquia del siglo pasado que sobrevive en la era del código DataMatrix, la verificación unitaria y la receta electrónica interoperable.
El paralelismo es inevitable: mientras los viejos rentistas “recortaban el cupón” de sus acciones, hoy muchos farmacéuticos siguen recortando el cupón-precinto de los envases. Con una diferencia sustancial: el primero era un símbolo de comodidad; el segundo es, sencillamente, una rutina administrativa que consume tiempo profesional.
En la Comunidad Valenciana han decidido romper con esa inercia. Durante 2025 gestionaron 136,4 millones de envases financiados, por valor de 1.714 millones de euros, a través de 2.355 farmacias y para 4,42 millones de ciudadanos, sin recortar un solo cupón físico. Más de 113 millones de cupones dejaron de manipularse. La fiabilidad del sistema alcanzó el 99,7%. El soporte justificativo pasó a ser electrónico.
No se alteró el circuito de facturación ni el papel de los colegios profesionales. Lo que cambió fue el soporte. El sistema descansa en tres elementos técnicos ya implantados: captura del código, verificación y desactivación en el Sistema Español de Verificación de Medicamentos; y validación electrónica de la dispensación. Es decir, trazabilidad real, auditabilidad y mayor seguridad para el paciente.
Mientras tanto, en el resto de España se sigue pegando papel en hojas justificantes, almacenando cajas de documentación y dedicando tiempo profesional a una tarea que aporta poco valor clínico. Resulta difícil de entender que el Ministerio aún no haya culminado el desarrollo normativo que elimine definitivamente el cupón-precinto físico.
Y aquí está el fondo del asunto. Cada minuto invertido en recortar y clasificar cupones es un minuto que no se dedica a lo que realmente define a la profesión: aconsejar al paciente, mejorar la adherencia, detectar interacciones y advertir posibles errores de prescripción. La oficina de farmacia no puede permitirse comportarse como ente administrativo del siglo XX cuando dispone de herramientas del XXI.
La paradoja es mayor si se observa el conjunto de la profesión. Más de 2.000 farmacéuticos trabajan en la industria desarrollando y fabricando medicamentos con estándares tecnológicos avanzadísimos. Otros, en este caso de oficinas de farmacia, se han especializado en la elaboración de fórmulas magistrales, donde la precisión y el conocimiento técnico son la norma. Y, sin embargo, en la dispensación financiada seguimos atados a un gesto mecánico heredado de otra época.
Recortar el cupón fue, en su momento, una imagen del capitalismo paciente y ordenado. Hoy, recortar el cupón-precinto es una metáfora de resistencia al cambio.