La Receta

Libros que se recetan como medicamentos

Hace unos meses comentaba en estas mismas páginas la curiosa propuesta de la escritora italiana Elena Molini. Su librería florentina se presenta como una pequeña farmacia literaria donde los libros se recomiendan como si fueran medicamentos y se entregan acompañados de un prospecto destinado a orientar al lector según su estado de ánimo. La idea es brillante. También, naturalmente, una magnífica operación de marketing. En tiempos en los que las librerías luchan por sobrevivir y los lectores se disputan con las pantallas cada minuto de atención, cualquier fórmula que acerque los libros al público merece respeto.

Sin embargo, estos días he conocido otra experiencia que invita a reflexionar más allá del marketing. En Munera, un pequeño municipio manchego, al que se atribuye la localización del pasaje de ‘las bodas de Camacho de El Quijote, el farmacéutico Luis García, junto a médicos, enfermeras y la biblioteca municipal, ha puesto en marcha una iniciativa singular: los pacientes reciben una receta que les conduce a la biblioteca para recoger un libro recomendado. Han elaborado incluso un vademécum literario con indicaciones, posología y efectos secundarios, aunque en este caso los efectos adversos parecen limitarse al riesgo de aficionarse a la lectura.

La pregunta surge de forma inevitable: ¿estamos ante dos ingeniosas campañas promocionales o existe algo más profundo?

Probablemente exista algo más.

La literatura y la sanidad han mantenido una relación estrecha desde mucho antes de que alguien imaginara prospectos para novelas o recetas para bibliotecas. Los médicos, farmacéuticos y pacientes han poblado las páginas de la literatura universal. Chéjov ejercía la medicina mientras escribía algunos de los mejores relatos de la historia. Baroja trasladó a sus novelas la experiencia clínica. Camus convirtió a un médico en protagonista moral de La peste. Y los boticarios aparecen una y otra vez en Cervantes, Quevedo, Galdós o Flaubert.

Quizá por eso me decidí a reunir en un libro muchos de los artículos publicados durante los últimos años en El Diario de Madrid. En pequeñas dosis (literatura y sanidad) recorre ese territorio común donde conviven médicos escritores, boticarios literarios, pacientes memorables, curanderas, reboticas, epidemias, símbolos y enfermedades. No pretende ser una historia de la medicina ni una historia de la literatura, sino una exploración de sus múltiples puntos de encuentro. Como indico en su prólogo, la medicina describe, diagnostica y trata; la literatura acompaña, interpreta y da sentido. Ambas observan al mismo ser humano desde perspectivas diferentes.

Tal vez ahí resida la verdadera explicación de iniciativas como las de Molini o el farmacéutico Luis García. No se trata únicamente de vender libros ni de promocionar bibliotecas. Tampoco de sustituir tratamientos por novelas. Se trata de recordar algo que nuestras sociedades hiperconectadas parecen olvidar con frecuencia: que el bienestar humano no depende solo de los análisis clínicos, los protocolos y las recetas.

Los seres humanos necesitamos medicamentos cuando enfermamos. Pero también necesitamos historias para entender lo que nos ocurre.

Y por eso puede afirmarse, sin exageración alguna, que la literatura y la sanidad no compiten entre sí. Se complementan.