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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Pedro Alsina Mier»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
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  <title><![CDATA[¿Son reales las matemáticas?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 14 Jul 2026 08:00:54 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A veces, en la rebotica, pienso en las matemáticas, esa estructura silenciosa que parece sostener el mundo sin ocupar ningún lugar en él. 

 Una mesa es algo real, pero el número seis… ¿dónde está? No está en ninguna parte y, sin embargo, actúa...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A veces, en la rebotica, pienso en las matemáticas, esa estructura silenciosa que parece sostener el mundo sin ocupar ningún lugar en él.</p>

<p>Una mesa es algo real, pero el número seis… ¿dónde está? No está en ninguna parte y, sin embargo, actúa con una firmeza que la mesa no puede igualar.</p>

<p>Desde hace siglos discutimos si las matemáticas se descubren o se inventan. Si son algo que ya estaba ahí o si son un lenguaje que hemos construido para explicar la realidad.</p>

<p>Hay ocasiones en las que las matemáticas parecen adelantarse a la realidad, como si vieran algo antes que nosotros.</p>

<p>En 1916, poco después de que Einstein formulara la relatividad general, Karl Schwarzschild, estando en el frente de la Primera Guerra Mundial, encontró una solución a las ecuaciones que describía un objeto del que ni siquiera la luz podía escapar. No existía nada parecido en el universo conocido. Era, aparentemente, pura matemática.</p>

<p>Y, sin embargo, allí estaba ya lo que más tarde llamaríamos agujero negro.</p>

<p>Hubo que esperar hasta 1971 para que los astrónomos identificaran en la constelación del Cisne una fuente extraordinariamente intensa de rayos X: Cygnus X-1. No era una estrella, ni un púlsar, ni nada que encajara en los catálogos conocidos. Era un objeto invisible que arrancaba materia de una estrella cercana.</p>

<p>En 2019 vimos algo aún más sorprendente: la primera imagen de la sombra de un agujero negro, en la galaxia M87. Un anillo de luz deformada por la gravedad, exactamente como las ecuaciones habían predicho más de un siglo antes.</p>

<p>Las matemáticas habían hablado primero. La realidad llegó después, como si las ecuaciones hubieran visto algo antes que nosotros.</p>

<p>Algo parecido ocurrió con la antimateria. En 1928, Paul Dirac escribió una ecuación que parecía predecir una partícula idéntica al electrón, pero con carga opuesta.</p>

<p>Hasta que, en 1932, Carl Anderson observó en su cámara de niebla la traza del positrón. Las matemáticas parecían haber anticipado algo que llevaba allí desde el principio.</p>

<p>¿Cómo puede una estructura abstracta revelar algo que todavía no hemos visto?</p>

<p>Quizá las matemáticas no sean objetos ni invenciones, sino relaciones. No describen las cosas, sino las formas en las que las cosas pueden organizarse. Son como un esqueleto invisible que no pertenece al universo y que, sin embargo, el universo parece seguir.</p>

<p>Algunos filósofos han pensado que las matemáticas existen independientemente de nosotros, como si habitaran un territorio abstracto que vamos descubriendo poco a poco. Otros sostienen que son una creación de la mente humana, un lenguaje extraordinariamente eficaz para describir la realidad.</p>

<p>Es como si al escribirlas, al pensarlas, al darles forma, estuviéramos tocando algo que ya estaba ahí, pero dormido.</p>

<p>Hemos construido un lenguaje para describir el mundo y, una y otra vez, descubrimos que el universo ya parecía hablarlo.</p>

<p>Tal vez las matemáticas sean el “lugar” donde la mente humana y la estructura del universo se encuentran.</p>

<p>Y eso nos deja una pregunta tan desconcertante como la que abrió este artículo: si los números no ocupan ningún lugar, ¿por qué parecen estar en todas partes?</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El progreso consiste en encontrar la siguiente pregunta]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 6 Jul 2026 08:20:24 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hace unos días escuché al físico José Ignacio Latorre contar una idea fascinante. Están explorando qué ocurriría si una inteligencia artificial solo pudiera acceder al conocimiento científico disponible hasta 1911, sin saber nada de lo que vino...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hace unos días escuché al físico José Ignacio Latorre contar una idea fascinante. Están explorando qué ocurriría si una inteligencia artificial solo pudiera acceder al conocimiento científico disponible hasta 1911, sin saber nada de lo que vino después. La prueba es tan sencilla como inquietante.</p>

<p>¿Sería capaz de llegar por sí sola a la teoría de la relatividad especial?</p>

<p>La primera reacción es pensar que sería una demostración del enorme potencial de la inteligencia artificial. Pero creo que la pregunta importante puede ser otra.</p>

<p>¿Qué nos diría eso sobre Einstein?</p>

<p>Cuando pensamos en él solemos imaginar a un genio que cambió para siempre nuestra manera de entender el universo. Y así es. Sin embargo, pocas veces recordamos que, antes de 1905, muchas de las piezas del rompecabezas ya estaban sobre la mesa.</p>

<p>Las ecuaciones del electromagnetismo existían. El experimento de Michelson y Morley había puesto en duda la existencia del éter. Lorentz y Poincaré habían desarrollado herramientas matemáticas fundamentales …</p>

<p>Los datos estaban ahí. Lo extraordinario no fue encontrarlos, fue mirarlos de otra manera.</p>

<p>Einstein hizo algo que resulta mucho más difícil que resolver una ecuación. Se atrevió a cambiar las preguntas.</p>

<p>Mientras muchos intentaban explicar por qué el éter no aparecía en los experimentos, él decidió prescindir del éter.</p>

<p>Mientras otros trataban de salvar las ideas existentes, él aceptó que quizá fueran las propias ideas las que necesitaban cambiar.</p>

<p>Eso es un cambio de paradigma. Y precisamente eso es lo que hace tan interesante el experimento con la inteligencia artificial.</p>

<p>Porque, si ésta llegara a la misma conclusión utilizando únicamente el conocimiento disponible en aquella época, tendríamos que aceptar que tal vez algunos grandes descubrimientos fueran inevitables.</p>

<p>Quizá, cuando el conocimiento alcanza cierto nivel de madurez, solo sea cuestión de tiempo que alguien encuentre el siguiente paso.</p>

<p>Pero también puede ocurrir lo contrario, que la inteligencia artificial sea incapaz de dar ese salto. Y entonces la conclusión sería igualmente apasionante.</p>

<p>Tal vez los grandes avances científicos no dependan solo de acumular información y precisen de la capacidad de formular una pregunta que nadie se había atrevido a hacer hasta el momento.</p>

<p>En una época en la que hablamos constantemente de algoritmos capaces de responder a casi cualquier cuestión, resulta curioso pensar que el verdadero progreso quizá no dependa de las respuestas, sino de las preguntas.</p>

<p>Las respuestas suelen cerrar conversaciones, las buenas preguntas las inauguran. Y toda la historia de la ciencia parece estar llena de personas que hicieron precisamente eso.</p>

<p>Copérnico preguntándose si la Tierra era realmente el centro del universo. Darwin preguntándose si las especies eran inmutables. Einstein preguntándose qué ocurriría si pudiera viajar junto a un rayo de luz …</p>

<p>Quizá la inteligencia artificial termine resolviendo muchos de los problemas que todavía nos desconciertan. Pero, si algún día consigue descubrir por sí sola una nueva teoría física, la noticia no será únicamente que las máquinas pueden ser más inteligentes de lo que imaginábamos.&nbsp;</p>

<p>Habremos aprendido que el conocimiento avanza gracias a una extraña combinación de dos ingredientes: toda la información disponible y alguien -sea una persona o una inteligencia artificial- capaz de mirar exactamente los mismos datos y plantear la siguiente pregunta.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La biblioteca de los futuros posibles]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 29 Jun 2026 13:16:26 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En la rebotica hay libros que compré para leer inmediatamente, son pocos. La mayoría llegaron con la promesa de que algún día los leeré. Los colocamos en una estantería o descargamos una muestra en el lector electrónico. Y allí permanecen,...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la rebotica hay libros que compré para leer inmediatamente, son pocos. La mayoría llegaron con la promesa de que algún día los leeré. Los colocamos en una estantería o descargamos una muestra en el lector electrónico. Y allí permanecen, durante semanas, meses o años, esperando un momento que quizá nunca llegue.</p>

<p>Desde un punto de vista estrictamente racional, parece un comportamiento absurdo. Acumulamos más libros de los que podremos leer en una vida. A veces incluso más de los que nos podemos permitir. Sin embargo, seguir comprándolos produce una satisfacción difícil de explicar.</p>

<p>Creo que no compramos únicamente libros, compramos posibilidades. Cada libro representa una conversación futura, una curiosidad aún no explorada o una versión de nosotros mismos que quizá exista algún día. Ese libro de física que todavía no entendemos, la novela que reservamos para unas vacaciones, el filósofo al que volveremos cuando seamos mayores ... Los libros esperan pacientemente a la persona que seremos en algún momento.</p>

<p>El ensayista Nassim Nicholas Taleb habla de la “antilibrary”: una biblioteca de libros no leídos que nos recuerda todo lo que todavía ignoramos. Quizá el valor de esos libros no consista únicamente en ser leídos, sino también en recordarnos que el conocimiento siempre es más grande que nosotros.</p>

<p>Algo parecido ocurría con la música. Durante años comprábamos discos sin haber escuchado más que una canción en la radio. Había una cierta confianza: la esperanza de que aquel álbum acabaría formando parte de nuestra vida. Hoy escuchamos casi todo antes de comprarlo. Las plataformas nos permiten recorrer canciones, abandonar discos a los pocos minutos y decidir con enorme rapidez.</p>

<p>Con los libros sucede algo parecido. Las muestras gratuitas de los libros electrónicos han cambiado nuestra forma de comprar. Permiten asomarse a unas páginas antes del compromiso definitivo. Ahorran dinero y también frustraciones. Hemos dejado de comprar completamente a ciegas. Aunque todavía conservamos el placer de ir a las librerías a hojear las novedades.</p>

<p>Y, sin embargo, seguimos acumulando. Quizá porque una estantería llena de libros pendientes produce una sensación extraña de tranquilidad. No genera ansiedad, sino seguridad. Siempre habrá algo esperando. Un ensayo, una novela, un autor al que acudir cuando aparezca una pregunta determinada.</p>

<p>Podemos disponer de horas libres y seguir mentalmente ocupados. Podemos tener cientos de libros al alcance de la mano y no encontrar el estado interior necesario para abrir ninguno.&nbsp;</p>

<p>Por eso la biblioteca de los libros no leídos no es un fracaso. Es una reserva de futuros posibles. Una colección de preguntas, intereses y caminos que quizá nunca recorramos del todo.</p>

<p>Algunos libros se leen. Otros permanecen años esperando su momento. Y unos pocos quizá no lleguen a abrirse nunca.</p>

<p>Pero incluso esos cumplen una función. Nos recuerdan todo lo que ignoramos, todo lo que aún nos interesa y todas las personas que todavía podríamos llegar a ser.</p>

<p>Porque una biblioteca no es solo el registro de lo que hemos leído, también es el mapa de nuestros futuros posibles.</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[A propósito de salarios y pensiones]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 22 Jun 2026 17:07:53 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay cifras que parecen hablar por sí solas. 

 Una de ellas aparece estos días con cierta frecuencia: la pensión media se acerca cada vez más al salario medio. A veces se expresa casi como una anomalía, como si algo se hubiera desajustado en el...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay cifras que parecen hablar por sí solas.</p>

<p>Una de ellas aparece estos días con cierta frecuencia: la pensión media se acerca cada vez más al salario medio. A veces se expresa casi como una anomalía, como si algo se hubiera desajustado en el sistema.</p>

<p>Y quizá sea cierto, pero no estoy seguro de que estemos mirando en la dirección correcta. Cuando uno lee que la pensión media ya representa cerca del 88 % del salario medio, la reacción casi automática consiste en preguntarse si las pensiones están creciendo demasiado. Es la conclusión que parece venir incorporada a la propia noticia.</p>

<p>Sin embargo, a mí me surge la duda contraria. ¿Y si el problema no estuviera en las pensiones sino en los salarios?</p>

<p>En la última década las pensiones han aumentado bastante más que los sueldos. Las primeras se han revalorizado para proteger el poder adquisitivo de quienes han dejado de trabajar. Los salarios, en cambio, han seguido una trayectoria mucho más lenta. Y eso acaba acercando ambas cifras.</p>

<p>Pero aquí conviene detenerse un momento. Las pensiones crecen porque existen decisiones políticas que así lo determinan. Se actualizan, se protegen y se discuten públicamente. Son visibles.</p>

<p>Los salarios funcionan de otra manera. Dependen de la productividad, del tipo de economía, del tamaño de las empresas, del valor añadido que somos capaces de generar o de cuánto se paga por cada hora de trabajo.</p>

<p>Y ahí la conversación se vuelve más incómoda. Porque España lleva años conviviendo con un problema menos visible que las pensiones: salarios que avanzan lentamente, sectores de bajo valor añadido, productividad estancada y una dificultad persistente para transformar el crecimiento económico en mejores sueldos.</p>

<p>Cuando una variable está protegida y la otra apenas avanza, tarde o temprano ambas terminan acercándose. No necesariamente porque una esté demasiado alta, sino porque la otra quizá sea demasiado baja.</p>

<p>Sin embargo, el debate suele dirigirse hacia las pensiones. Tal vez porque son fáciles de medir, de comparar y de discutir. Los salarios, en cambio, son el resultado de múltiples factores que no se corrigen mediante una ley ni se aprueban en un parlamento. Y eso los convierte en un problema menos visible y también más difícil.</p>

<p>A veces da la impresión de que discutimos cómo repartir la tarta mientras evitamos preguntarnos por qué apenas crece o por qué su crecimiento no llega de la misma manera a quienes trabajan.</p>

<p>El resultado puede acabar alimentando algo aún más preocupante: un conflicto entre generaciones. Los jóvenes sienten que trabajan mucho y avanzan poco. Los mayores perciben que las pensiones que reciben son el resultado de toda una vida de cotizaciones y esfuerzo. Ambos tienen parte de razón.</p>

<p>Quizá el verdadero problema no sea que las pensiones se acerquen a los salarios. Tal vez sea que llevamos demasiado tiempo aceptando que los salarios no se alejen de las pensiones.</p>

<p>No es exactamente lo mismo, pero cambia bastante la perspectiva.</p>

<p>Y tal vez las conversaciones más útiles sean precisamente aquellas que nos obligan a mirar donde menos acostumbramos a hacerlo. Porque, a veces, el problema no está en la cifra que crece, sino en la que lleva demasiado tiempo sin hacerlo.</p>

<p>&nbsp;</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Los fantasmas que atraviesan la Tierra]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 16 Jun 2026 08:14:08 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Durante siglos pensamos que conocer significaba ver. Mirábamos el cielo y estudiábamos las estrellas. Construíamos telescopios cada vez más potentes para captar más luz, como si toda la información importante del universo viajara en forma de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Durante siglos pensamos que conocer significaba ver. Mirábamos el cielo y estudiábamos las estrellas. Construíamos telescopios cada vez más potentes para captar más luz, como si toda la información importante del universo viajara en forma de fotones.</p>

<p>Y entonces aparecieron los neutrinos. Son partículas extraordinarias. No tienen carga eléctrica, poseen una masa diminuta y apenas interactúan con la materia. Son tan esquivas que cada segundo atraviesan nuestro cuerpo miles de millones de ellas sin que notemos absolutamente nada.</p>

<p>Mientras lees estas líneas, una lluvia invisible de neutrinos procedentes del Sol está atravesando tus ojos, tus manos y estas palabras …y también la Tierra. De hecho, para un neutrino nuestro planeta es como si estuviera hueco.</p>

<p>La idea resulta difícil de aceptar porque contradice nuestra intuición. Nos cuesta imaginar algo capaz de atravesar miles de kilómetros de roca sin detenerse. Pero el universo no tiene ninguna obligación de parecerse a nuestras expectativas.</p>

<p>Los neutrinos nacen en algunos de los lugares más extremos del cosmos: en el corazón de las estrellas, en explosiones de supernovas, en las proximidades de agujeros negros o en fenómenos energéticos que todavía no comprendemos del todo. Son mensajeros privilegiados porque viajan prácticamente en línea recta y conservan información de los lugares donde se originaron.</p>

<p>Mientras la luz puede ser absorbida, dispersada o bloqueada, los neutrinos atraviesan regiones inaccesibles para cualquier otro observador. Por eso los físicos llevan décadas intentando detectarlos.</p>

<p>Y aquí la historia adquiere un tono casi novelesco. Para observar una partícula que apenas interactúa con nada, no basta con construir un detector, hay que construir uno gigantesco.</p>

<p>En las profundidades del Mediterráneo, frente a las costas francesas e italianas, se está desarrollando el observatorio submarino KM3NeT. Miles de sensores luminosos cuelgan en la oscuridad del mar como una inmensa red invisible tendida bajo el agua.</p>

<p>Su misión no es capturar neutrinos, eso sería casi imposible. Lo que esperan es algo mucho más raro: que, de vez en cuando, uno de esos neutrinos choque con una molécula de agua. Cuando ocurre, se produce un breve destello azulado, una señal diminuta, una huella.</p>

<p>Y a partir de ahí los científicos intentan reconstruir el viaje de una partícula que pudo haber comenzado hace millones de años y a millones de años luz de distancia.</p>

<p>Hay algo quijotesco en esta empresa. Sabemos que la inmensa mayoría de los neutrinos atravesarán el detector sin dejar rastro y que las señales serán escasas y difíciles de interpretar. Y aun así desplegamos instrumentos gigantescos en el fondo del mar para intentar escuchar esos susurros del universo.</p>

<p>Probablemente, la lección más interesante de los neutrinos no pertenezca a la física. Nos recuerdan que la realidad es mucho más amplia que aquello que nuestros sentidos pueden percibir. Vivimos inmersos en un océano de fenómenos invisibles que estaban ahí mucho antes de que pudiéramos detectarlos.</p>

<p>Los neutrinos atraviesan continuamente nuestro mundo sin pedir permiso y sin dejar apenas pruebas de su paso. Siempre fue así.</p>

<p>La diferencia es que ahora empezamos a sospechar que los fantasmas también pueden contarnos historias.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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  <title><![CDATA[¿Qué ocurrió antes del Big Bang?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 9 Jun 2026 07:31:40 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ ¿Qué había antes de que existiera el universo? ¿Qué pasaba antes de que el tiempo empezara a contar?&nbsp; 

 Es tentador imaginar un “antes” silencioso, una suerte de oscuridad previa en la que algo se estaba preparando… pero quizá esa idea tan...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>¿Qué había antes de que existiera el universo? ¿Qué pasaba antes de que el tiempo empezara a contar?&nbsp;</p>

<p>Es tentador imaginar un “antes” silencioso, una suerte de oscuridad previa en la que algo se estaba preparando… pero quizá esa idea tan intuitiva, sea precisamente el error.</p>

<p>Durante décadas, físicos y cosmólogos han repetido una respuesta que suena a provocación:&nbsp;preguntar qué ocurrió antes del Big Bang es como preguntar qué hay al norte del polo norte. No es que no lo sepamos; es que la pregunta deja de tener sentido porque el concepto mismo de “antes” se derrumba.</p>

<p>El tiempo, tal como lo entendemos, pasado, presente, futuro, nació con el Big Bang. No había un reloj previo. No había un “día anterior”. Lo que llamamos “antes” solo existe dentro del propio universo.</p>

<p>La idea es extraña porque todo en nuestra vida tiene un antes: antes de nacer, antes del amanecer … pero a escala cósmica las reglas no son las nuestras. Si el espacio-tiempo emergió con la gran expansión inicial, entonces&nbsp;la pregunta no es “qué había antes”, sino “por qué existe algo en lugar de nada”.</p>

<p>Y ahí, el asunto se vuelve aún más interesante. Muchos modelos especulan con universos que “rebotan”, ciclos infinitos de colapsos y expansiones. Otros apuntan a fluctuaciones cuánticas donde el propio vacío, que nunca está realmente vacío, puede dar lugar a la semilla de un universo entero. Y hay quienes imaginan un “multiverso” donde nuestro Big Bang sería solo uno entre muchos.&nbsp;</p>

<p>Estas hipótesis son sugerentes, pero ninguna ha sido demostrada. Lo honesto es admitir que&nbsp;el origen último sigue envuelto en un misterio profundo.</p>

<p>Sin embargo, en medio de tanta incertidumbre, hay momentos que nos iluminan. Uno de ellos lo protagonizaron&nbsp;Stephen Hawking&nbsp;y&nbsp;el papa Juan Pablo II.</p>

<p>En 1981, Hawking asistió a una conferencia científica en el Vaticano. El Papa, que seguía con interés los debates cosmológicos, se reunió con los investigadores y les dijo, con cortesía, pero también con firmeza, que estudiaran el universo&nbsp;después&nbsp;del Big Bang, pero no lo&nbsp;previo a éste. Lo anterior, afirmó, pertenecía al terreno de la Creación.<br />
Cuando Hawking lo escuchó, cuentan que se limitó a asentir… sabiendo que su ponencia estaba precisamente dedicada a defender que&nbsp;no hacía falta un “antes”, porque el tiempo comenzaba con el Big Bang. Años más tarde bromeaba diciendo: “Menos mal que no lo dije en ese momento”.</p>

<p>La anécdota revela algo esencial:&nbsp;hablar del origen del tiempo no es solo ciencia, es también filosofía. Es mirar el límite mismo de nuestro conocimiento y preguntarnos hasta dónde puede llegar la razón humana sin apoyarse en mitos reconfortantes.</p>

<p>¿Qué ocurrió antes del Big Bang? Tal vez nada, porque tal vez no había un “antes”. O tal vez nuestro universo sea solo una pieza más de algo inmensamente mayor, algo que aún no sabemos ni nombrar.</p>
Lo que sí sabemos es que esta pregunta seguirá acompañándonos, no porque no podamos responderla definitivamente, sino porque&nbsp;es una de esas preguntas que nos recuerdan quiénes somos: criaturas que buscan sentido en un universo que todavía guarda secretos más antiguos que el tiempo mismo.]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[¿Qué ocurrió antes del Big Bang?]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[¿Cómo puede ser que todo esté hecho de casi nada?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 2 Jun 2026 08:18:20 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay preguntas que uno no se hace mientras trabaja en la rebotica, pero que aparecen de repente cuando cierras la persiana y se apagan los ruidos del día. Me pregunto: ¿cómo puede ser que todo lo que existe esté formado casi completamente por...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay preguntas que uno no se hace mientras trabaja en la rebotica, pero que aparecen de repente cuando cierras la persiana y se apagan los ruidos del día. Me pregunto: ¿cómo puede ser que todo lo que existe esté formado casi completamente por vacío?</p>

<p>La intuición nos engaña. Vemos el mundo sólido, compacto. Pero cuando miramos con la lupa de la física, la realidad se vuelve inquietante:&nbsp;la materia es casi enteramente espacio vacío.&nbsp;</p>

<p>Podemos imaginar el átomo como si fuera una canica colocada en el centro de un campo de fútbol … los electrones estarían orbitando en las gradas… y el resto sería vacío.</p>

<p>Entonces, ¿cómo puede ser que algo tan vacío se sienta tan sólido?</p>

<p>Lo que percibimos como solidez es, son en realidad, cargas eléctricas resistiéndose a mezclar su espacio con el nuestro.</p>

<p>Lo sorprendente es que, dentro de esa aparente nada, está la clave de todo. Sin ese espacio inmenso entre las partículas, los átomos se desmoronarían como un edificio sin columnas. La estabilidad del universo depende de estos huecos que, a escala humana, nos parecen imposibles de imaginar. El vacío no es un defecto, es el diseño.</p>

<p>Pero hay algo más desconcertante, los electrones no giran como planetas; no son bolitas, son&nbsp;probabilidades. Nubes de posibilidad que solo se concretan cuando algo las observa o las obliga a tomar forma.&nbsp;</p>

<p>El propio núcleo, aparentemente compacto, es un enjambre de quarks -partículas elementales que forman protones y neutrones- unidos por una fuerza tan intensa que las partículas jamás pueden separarse del todo.</p>

<p>Y sin embargo, aquí estamos. Caminando sobre un suelo que parece firme, respirando un aire que parece ligero, bebiendo un agua que parece continua.&nbsp;</p>

<p>Somos criaturas diseñadas para manejar metros y días, no distancias subatómicas ni tiempos diminutos. Nuestro cerebro filtra la realidad para ofrecernos una versión útil, no exacta. Percibimos solidez donde hay repulsión eléctrica, continuidad donde hay átomos espaciados, identidad donde hay fluctuaciones.</p>

<p>Somos vacíos organizados, espacios ordenados por la física para que la vida pueda existir. Y curiosamente, cuanto más profundizamos en la estructura fundamental de la materia, más se parece el universo a nuestras propias contradicciones: aparentamos una solidez que no es tal, escondemos un interior lleno de huecos y sin embargo construimos mundos enteros desde ese vacío.</p>

<p>En el fondo, la pregunta “¿cómo puede ser que todo esté hecho de casi nada?” nos recuerda que la existencia no depende de la cantidad, sino de la forma. No de lo lleno, sino de las relaciones invisibles que mantienen unido lo que parece fragmentado.</p>
Y la próxima vez que alguien me diga que está “vacío por dentro”, quizá le responda que el universo entero también lo está, y aun así consigue producir estrellas, galaxias, vida y conciencia.<br />
Así que quizá no es tan mala noticia estar hecho de casi nada. Sobre todo, si ese “casi nada” es capaz de convertirse en todo.]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[¿Cómo puede ser que todo esté hecho de casi nada?]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[¿El vacío está realmente vacío?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/vacio-realmente-vacio/20260526082033131725.html</link>
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  <pubDate>Tue, 26 May 2026 08:20:33 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En la rebotica, cuando ya no queda ningún paciente y la farmacia huele a madera, talco y silencio, uno descubre que el vacío es una idea engañosa. Nunca está del todo vacío un cajón, una estantería o una vida. Siempre queda algo: una mota de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la rebotica, cuando ya no queda ningún paciente y la farmacia huele a madera, talco y silencio, uno descubre que el vacío es una idea engañosa. Nunca está del todo vacío un cajón, una estantería o una vida. Siempre queda algo: una mota de polvo, un recuerdo, una intención. El universo funciona igual, solo que a una escala que nos desborda.</p>

<p>El vacío como lo imaginamos, oscuro, frío, la nada absoluta, no existe. Es una construcción mental, una forma humana de poner nombre a la ausencia. Si ampliáramos la mirada hasta regiones del espacio donde no hay estrellas, ni planetas, ni siquiera átomos, descubriríamos que ese vacío no es tal. Es un hervidero de probabilidades.</p>

<p>La física cuántica lo explica con una mezcla de desconcierto e inquietud. Incluso cuando no hay partículas presentes, el espacio nunca está quieto, vibra, produce fluctuaciones diminutas, pares de partículas virtuales que aparecen y desaparecen instantáneamente.</p>

<p>No hay nada, pero hay actividad. No hay materia, pero hay energía. Y esas fluctuaciones sostienen la existencia de todo lo demás y quizá tuvieron un papel esencial en el nacimiento del universo.&nbsp;</p>

<p>No es una especulación, hay un experimento que lo corrobora: el efecto Casimir. Imagina dos placas metálicas, muy finas y juntas, separadas por una distancia microscópica. Si el vacío fuera realmente vacío, no debería pasar nada, pero pasa.</p>

<p>Las placas empiezan a atraerse. No por imanes ni electricidad, sino porque el vacío entre ellas tiene menos fluctuaciones cuánticas que el vacío exterior. Es como si el espacio de fuera presionara más que el de dentro. El vacío empuja.&nbsp;</p>

<p>No es una metáfora, se ha medido en laboratorio. El vacío tiene efectos reales y medibles. De repente, la idea de la nada ya no es un silencio, sino un murmullo.</p>

<p>Pero hay algo aún más fascinante: el vacío depende del observador. Lo que para un astronauta en reposo es un silencio absoluto, para alguien que se acelera puede convertirse en un baño de partículas calientes. La nada deja de ser universal. Cambia según quién la mire. Igual que nosotros, cada persona tiene su propia versión de lo que está lleno o vacío en su vida.</p>

<p>Por eso, tal vez la pregunta “¿está vacío el vacío?” no sea solo científica, sino también existencial. La ciencia nos dirá que no, que hay campos cuánticos, energía del punto cero, partículas virtuales ...&nbsp;</p>

<p>Pero hay otra lectura más humana, incluso allí donde parece que no hay nada, siempre queda algo. Un potencial, un germen, un deseo esperando convertirse en realidad.</p>

<p>Quizá por eso el vacío nos inquieta tanto. No por la ausencia, sino por la posibilidad infinita que contiene. Porque el vacío es un lugar donde algo puede empezar.</p>

<p>El vacío nos asusta y nos atrae a la vez, porque nos recuerda que no estamos definidos por lo que ya es, sino por lo que aún puede ser.</p>

<p>Y en esa posibilidad silenciosa, vibrante, casi imperceptible, late la misma fuerza que encendió el universo.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Cuando las moléculas leen periódicos]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/cuando-moleculas-leen-periodicos/20260519083204130893.html</link>
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  <pubDate>Tue, 19 May 2026 08:32:04 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ A veces las ideas más interesantes aparecen donde menos se esperan, no solo en la rebotica. Por ejemplo, entre un libro de física y una novela de ciencia ficción. 

 Sentado en un banco, estaba leyendo a Erwin Schrödinger en ¿Qué es la vida? De...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>A veces las ideas más interesantes aparecen donde menos se esperan, no solo en la rebotica. Por ejemplo, entre un libro de física y una novela de ciencia ficción.</p>

<p>Sentado en un banco, estaba leyendo a Erwin Schrödinger en ¿Qué es la vida? De repente, la termodinámica me evocó la Psicohistoria de Hari Seldon en “La Fundación” de Asimov.</p>

<p>A primera vista parece una asociación absurda. ¿Qué podría tener en común una disciplina que describe el comportamiento de los gases con una ciencia inventada capaz de predecir el futuro de civilizaciones enteras? Más de lo que parece.</p>

<p>Imaginemos un recipiente lleno de gas. Dentro hay miles de millones de moléculas moviéndose en todas las direcciones, chocando unas con otras, cambiando constantemente de velocidad y trayectoria.</p>

<p>Si alguien se preguntara dónde estará una de esas moléculas dentro de diez segundos, no hallaría una respuesta precisa.</p>

<p>Pero ocurre algo curioso, aunque una molécula concreta no sea predecible, el conjunto sí lo es. No sabemos qué hará una partícula individual. Pero sí podemos calcular la temperatura del gas, la presión, su energía media y su comportamiento global.&nbsp;</p>

<p>Es una de las ideas más poderosas de la física: cuando el número de elementos es enorme, el caos individual puede transformarse en orden colectivo.</p>

<p>La Psicohistoria parece construida sobre una intuición parecida. Hari Seldon no pretende anticipar lo que hará una persona concreta. No intenta responder preguntas como: ¿qué hará alguien mañana?</p>

<p>Intenta responder otras mucho más amplias: ¿habrá una revolución? ¿cómo migrarán poblaciones enteras? ¿puede colapsar un imperio?</p>

<p>La lógica es casi la misma: los individuos son impredecibles; las grandes poblaciones muestran patrones.</p>

<p>Y aquí es donde aparece la grieta, porque las moléculas tienen una ventaja enorme desde el punto de vista matemático: no leen periódicos, ni cambian de opinión, ni se enamoran, ni tienen miedo.&nbsp;</p>

<p>Las personas sí. Y eso cambia las reglas del juego. Porque una predicción social puede modificar el comportamiento de quienes la reciben.</p>

<p>Decir: “se acerca una crisis económica”, puede provocar precisamente esa crisis. O evitarla. La predicción pasa a formar parte del sistema. Y eso no ocurre con un gas.</p>

<p>Quizá por eso la gran fantasía de Hari Seldon no era realmente predecir el futuro, era creer que las sociedades humanas podían comportarse como moléculas y que el comportamiento colectivo acabaría suavizando las decisiones individuales.</p>

<p>Y ahí está la diferencia, porque las moléculas no tienen memoria, no tienen miedo y no cambian de idea a mitad de camino.</p>

<p>Las personas sí. Y eso significa que una predicción sobre nosotros puede convertirse en una advertencia, en una esperanza o en una decisión. Incluso, puede cambiar aquello que pretendía describir.</p>

<p>Y entonces surge una pregunta inevitable: si las grandes poblaciones también siguen reglas estadísticas, ¿hasta qué punto quienes manejan volúmenes inmensos de información -gobiernos, mercados financieros, plataformas digitales o grandes corporaciones- no estarán intentando construir una suerte de Psicohistoria para anticipar qué comprará una multitud, qué noticias difundirá, qué la inquietará, qué podrá hacerla cambiar de opinión o incluso cómo reaccionará ante una crisis?</p>

<p>La diferencia es que Hari Seldon trabajaba con una ficción matemática. En cambio, nosotros vivimos rodeados de datos reales: búsquedas, compras, desplazamientos, hábitos, clics, conversaciones.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[No queremos ideología, pedimos buena gestión]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 11 May 2026 17:06:28 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Un estado moderno es probablemente la organización más compleja que existe. Tiene que gestionar sanidad, educación, pensiones, infraestructuras, energía, seguridad, justicia, investigación, relaciones internacionales y sistemas regulatorios...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Un estado moderno es probablemente la organización más compleja que existe. Tiene que gestionar sanidad, educación, pensiones, infraestructuras, energía, seguridad, justicia, investigación, relaciones internacionales y sistemas regulatorios enormemente sofisticados. Maneja presupuestos gigantescos y decisiones técnicas de altísimo impacto.</p>

<p>Sin embargo, exigimos más preparación para dirigir una empresa privada que para administrar un país, una comunidad o una localidad. Esa percepción alimenta una pregunta: ¿debería profesionalizarse más la gestión del Estado?</p>

<p>Sería necesario para blindar ciertas áreas estratégicas frente al vaivén político constante, el “quítate tú, que me pongo yo”. Porque la frustración de muchos ciudadanos no nace necesariamente de la existencia de ideologías distintas. Nace de la constatación de que demasiadas veces el interés partidista termina imponiéndose al interés general.</p>

<p>Y ahí aparece uno de los grandes problemas estructurales de las democracias modernas: la colonización institucional. Cuando organismos públicos, empresas estatales, reguladores o incluso ciertos contrapoderes empiezan a percibirse como extensiones de los partidos, la confianza se erosiona. La separación de poderes deja de verse como un principio sólido, no en vano, hay una negociación de cuotas de influencia.</p>

<p>Ese deterioro es más peligroso de lo que parece, porque la democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. Depende de que existan instituciones suficientemente independientes como para limitar abusos, garantizar controles y establecer reglas comunes por encima de intereses coyunturales.</p>

<p>La corrupción encaja también dentro de esa lógica. A menudo pensamos en ella solo como enriquecimiento ilícito, pero hay formas más sutiles y probablemente más dañinas: nombramientos por afinidad política, redes clientelares, utilización partidista de instituciones, decisiones orientadas al rendimiento electoral inmediato y ocupación de espacios públicos con lógica de partido.</p>

<p>Todo eso genera una sensación difícil de ignorar, que el Estado deja de pertenecer plenamente a los ciudadanos y empieza a funcionar parcialmente como un territorio disputado y negociado entre estructuras partidistas.</p>

<p>Y cuanto más ocurre eso, más personas empiezan a preguntarse si el problema no está solo en quién gobierna, sino en cómo está diseñado el sistema.&nbsp;</p>

<p>Pero aquí conviene ser prudentes. La solución tampoco puede ser sustituir la política por una especie de administración puramente técnica y desideologizada, porque eso tiene sus propios riesgos. No existe una gestión completamente neutral.</p>

<p>Incluso las decisiones aparentemente técnicas implican prioridades morales: cuánto redistribuir, qué proteger, qué libertades priorizar, … Eso también es política.</p>

<p>Quizá el verdadero reto no sea eliminar ideologías o partidos, sino reducir su capacidad de invadirlo todo. Separar más claramente gestión y propaganda y blindar las instituciones. Profesionalizar determinadas áreas estratégicas. Premiar la competencia y no solo la fidelidad al partido o al líder. También, pensar más allá del siguiente ciclo electoral, gobernar con las luces largas.</p>

<p>En definitiva, recuperar la idea de que liderar un país no debería parecerse tanto a una campaña permanente.&nbsp;</p>

<p>La democracia no está muriendo, pero muestra síntomas de agotamiento de una forma concreta de hacer política.</p>

<p>Y quizá el ciudadano contemporáneo no esté pidiendo menos democracia, sino algo mucho más exigente: una democracia más madura, menos tribal y más orientada a servir que a conquistar poder.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Si te copian exactamente, ¿quién eres tú?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/copian-exactamente-quien-eres/20260505081721129369.html</link>
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  <pubDate>Tue, 5 May 2026 08:17:21 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay preguntas que aparecen de repente, sin avisar … y ya no se van. Esta es una de ellas. Léela despacio. 

 ¿Qué es lo que hace que uno sea uno mismo? 

 No en el sentido de identidad o de personalidad, sino en aquello que sostiene esa...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay preguntas que aparecen de repente, sin avisar … y ya no se van. Esta es una de ellas. Léela despacio.</p>

<p>¿Qué es lo que hace que uno sea uno mismo?</p>

<p>No en el sentido de identidad o de personalidad, sino en aquello que sostiene esa continuidad que nos permite despertarnos cada mañana y asumir que seguimos siendo la misma persona.</p>

<p>Imaginemos que pudiéramos escanear un cerebro humano con precisión: cada conexión, cada estado, cada fragmento de memoria. Una copia perfecta. Más tarde la reconstruimos en otro soporte y la activamos.&nbsp;</p>

<p>Y entonces ocurre algo inquietante. Ese sistema recuerda su vida, reconoce su historia y sabe quién es. Y, sin ninguna duda, afirma: “soy yo”.</p>

<p>Desde fuera no vemos diferencias. Si habláramos con él, no detectaríamos nada extraño. Pero en ese mismo instante aparece algo difícil de ignorar: ahora hay dos “yoes”.</p>

<p>Uno continúa con su vida. El otro acaba de empezar la suya con los mismos recuerdos. Ambos se perciben como continuidad de una misma historia. Ninguno se siente una copia. Y, sin embargo, a partir de ese momento, sus experiencias empiezan a divergir.</p>

<p>La pregunta es inevitable: ¿cuál de los dos eres tú?</p>

<p>Este problema recuerda al barco de Teseo, una nave cuyas piezas se sustituyen poco a poco hasta que no queda ninguna original.</p>

<p>¿Sigue siendo el mismo barco?</p>

<p>Durante siglos fue una cuestión académica. Pero al trasladarla a la mente, deja de serlo, porque aquí no hablamos de madera o de clavos, hablamos de experiencia.</p>

<p>Podríamos pensar que somos la información que nos define. Si todo se copia, seguimos siendo nosotros. Pero esta intuición choca con otra igual de poderosa: no es lo mismo reconstruir algo que mantenerlo en el tiempo. El resultado puede ser indistinguible, pero el proceso no lo es.</p>

<p>Y ahí nos percatamos de que la información puede duplicarse, pero la experiencia no está claro que pueda compartirse.</p>

<p>Ahora surge una posibilidad aún más inquietante. En ciertos modelos de universo lo suficientemente grandes o longevos, es poco probable, pero no imposible, que aparezca por puro azar una configuración idéntica a un cerebro humano. Con recuerdos, con historia, con sensación de identidad. Un “yo” sin pasado real, pero con memoria de haberlo tenido. Un cerebro de Boltzmann.</p>

<p>Y entonces la pregunta es: ¿qué significa realmente ser el original?</p>

<p>Tendemos a pensar que hay algo en nosotros que garantiza esa autenticidad, algo que permanece intacto. Pero nada de lo que sabemos apunta claramente en esa dirección. No hay un marcador interno que distinga entre original y copia. Solo sistemas que, al organizarse de cierta manera, generan la impresión de ser alguien.</p>

<p>Quizá no somos algo que pueda copiarse ni transferirse. Tal vez somos solo una continuidad.</p>

<p>Aun así, cada vez se habla más de un futuro en el que podríamos “extraer” el contenido de la mente, preservarlo, almacenarlo… y continuar en otro soporte.<br />
Una forma de sortear la muerte sin recurrir a lo biológico.</p>

<p>Pero incluso si eso llegara a ser posible, algo que hoy no podemos confirmar, la pregunta seguiría intacta. ¿Sería eso una continuidad … o solo una copia extraordinariamente convincente?</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Si te copian exactamente, ¿quién eres tú?]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Parkinson: lo que el cuerpo sabe antes que nosotros]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 28 Apr 2026 08:20:03 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En 1982, una enfermera escocesa empezó a notar algo extraño en su marido. No era un síntoma visible, no era un cambio de carácter, era un olor. 

 Lo describía como amaderado, almizclado, con un matiz ligeramente parecido a levadura. Un olor...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En 1982, una enfermera escocesa empezó a notar algo extraño en su marido. No era un síntoma visible, no era un cambio de carácter, era un olor.</p>

<p>Lo describía como amaderado, almizclado, con un matiz ligeramente parecido a levadura. Un olor persistente, nuevo, difícil de definir, que parecía surgir de la piel y que no desaparecía con agua y jabón ni se enmascaraba con perfumes. Durante años pensó que quizá estaba equivocada, que eran cosas suyas …</p>

<p>Doce años después, en 1994, a su marido le diagnosticaron&nbsp;enfermedad de Parkinson.</p>

<p>Aquella mujer se llama&nbsp;Joy Milne y su historia terminó llegando a investigadores de la&nbsp;Universidad de Manchester que decidieron comprobar si aquello era real o simplemente una intuición afortunada. Le pidieron que oliera varias camisetas, algunas de pacientes diagnosticados Parkinson y otras de personas aparentemente sanas.</p>

<p>Acertó. Y no solo eso, señaló como positiva una muestra que, en ese momento, no se sabía que lo era. Meses después, la persona propietaria de esa camiseta fue diagnosticada. Lo que parecía una rareza empezó a convertirse en una pista interesante de seguir.</p>

<p>Hoy sabemos que, en muchos pacientes con Parkinson, cambia la composición de la grasa natural de la piel. Esos cambios generan compuestos volátiles que modifican el olor corporal. No es una única sustancia, sino una firma química, una especie de “huella olfativa” de la enfermedad. Es decir, el cuerpo empieza a hablar antes de que sepamos escucharlo.</p>

<p>Y aquí aparece algo interesante, porque mientras algunas personas, como Joy Milne, pueden detectar esa señal invisible, muchos pacientes con Parkinson pierden el sentido del olfato. La anosmia es, de hecho, uno de los signos más precoces de la enfermedad. La paradoja es brutal: la enfermedad altera el olor y al mismo tiempo borra la capacidad de percibirlo.</p>

<p>Pero lo más relevante no es la anécdota, sino lo que revela. Tendemos a pensar en la enfermedad como algo que aparece cuando da síntomas, cuando se hace visible, medible y diagnosticable.&nbsp;</p>

<p>Pero la biología no funciona así. Mucho antes de que algo “ocurra”, ya están cambiando cosas. El problema es que no siempre tenemos los sensores adecuados para detectarlo.</p>

<p>En este caso, esa información estaba en el aire, literalmente. En forma de moléculas volátiles que alguien, por una sensibilidad fuera de lo común, fue capaz de percibir. No había tecnología, no había biomarcadores validados, solo un sentido afinado y la decisión de no ignorarlo.</p>

<p>La ciencia vino después. Hoy se investiga la posibilidad de diagnosticar el Parkinson analizando el sebo de la piel, anticipándose años a los síntomas motores.&nbsp;</p>

<p>Pero hay algo que conviene no perder de vista. El olfato es el único sentido que manda señales directamente al sistema límbico, sin pasar por el tálamo. Esto explica su conexión con la memoria y las emociones. No analiza, no traduce … detecta.</p>

<p>Por todo ello esta historia resulta muy sugerente, porque nos recuerda que no siempre es la tecnología la que abre camino. A veces, es una percepción aparentemente menor la que señala dónde mirar. Una señal débil, un dato que aún no sabemos leer, una caja negra que empieza a entreabrirse. Y alguien que, simplemente, decidió no pasar de largo.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Parkinson: lo que el cuerpo sabe antes que nosotros]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[La lenta erosión del equilibrio]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/lenta-erosion-equilibrio/20260421082610127999.html</link>
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  <pubDate>Tue, 21 Apr 2026 08:26:10 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay ideas que nacen con vocación de equilibrio, no de perfección. Una de ellas la formuló&nbsp;Montesquieu&nbsp;hace ya casi tres siglos: dividir el poder para que nadie lo tenga todo, para que el propio sistema se vigile a sí mismo. 

 No era...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay ideas que nacen con vocación de equilibrio, no de perfección. Una de ellas la formuló&nbsp;Montesquieu&nbsp;hace ya casi tres siglos: dividir el poder para que nadie lo tenga todo, para que el propio sistema se vigile a sí mismo.</p>

<p>No era una idea ingenua, al contrario, partía de la desconfianza a quien tiene poder y tiende a querer más. Siempre ha sido así.</p>

<p>En España, esa arquitectura sigue en pie… al menos en apariencia. Ejecutivo, legislativo y judicial siguen ahí, perfectamente definidos en los textos. Pero cuando uno se detiene a observarlos con calma, la sensación es distinta. No es que el edificio haya colapsado; es que sus muros parecen haberse ido desplazando, casi imperceptiblemente, con el paso del tiempo.</p>

<p>No ocurrió de un día para otro. No hubo una ruptura clara, ni un momento en el que alguien pudiera decir “aquí empezó todo”. Fue algo más sutil. Más maquiavélico, si se quiere. Una sucesión de pequeñas cesiones, de equilibrios reinterpretados, de límites que se fueron estirando porque, en cada momento, resultaba conveniente hacerlo.</p>

<p>El poder ejecutivo, como ocurre en casi todas partes, ha aprendido a moverse con soltura en ese terreno. Gobernar exige eficacia, rapidez y control. Y esas tres cosas, llevadas al extremo, tienden a incomodar a los contrapesos. No hace falta encararlos frontalmente; basta con rodearlos, condicionarlos o, en ocasiones, integrarlos en la propia lógica del poder.</p>

<p>El legislativo, que debería ser el espacio de representación y control, ha ido perdiendo aire propio. La disciplina de partido, necesaria en cierta medida, ha terminado convirtiéndose en una forma de dependencia difícil de disimular. Cuando el escaño se debe más a quien confecciona una lista que a quien deposita un voto, la lógica cambia. Y con ella, la función.</p>

<p>El judicial, por su parte, se mueve en un terreno aún más delicado: el de la confianza. No necesita tanto ser independiente, como parecerlo. Y ahí es donde surgen las grietas. Cuando los mecanismos de designación se perciben como prolongaciones del pulso político, aunque sean legales, la sospecha se instala. Y una vez instalada, es difícil de erradicar.</p>

<p>Ahora bien, detenerse ahí sería cómodo, pero hay una pregunta que inquieta más que todas las anteriores: ¿en qué medida hemos permitido, como sociedad, que esto ocurra?</p>

<p>Las democracias no se degradan solo desde arriba. También lo hacen cuando desde abajo se relaja la exigencia. Cuando se justifica lo cuestionable si lo hacen “los nuestros”. Cuando el debate se convierte en trinchera y no en diálogo. Cuando la crítica deja de ser transversal y pasa a ser selectiva.</p>

<p>Quizá no hubo un momento en el que todo se nos escapó de las manos. Quizá, simplemente, dejamos de sujetarlo con la misma firmeza.</p>

<p>Y así, casi sin darnos cuenta, la separación de poderes no desaparece, pero se vuelve más difusa. Sigue existiendo en los textos, en los discursos, en la liturgia institucional. Pero en la práctica, pierde densidad, pierde tensión, pierde sentido.</p>

<p>El riesgo no es que el sistema deje de llamarse democrático. El riesgo es que lo siga siendo, pero cada vez un poco menos.</p>

<p>&nbsp;</p>
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                        <item>
  <title><![CDATA[¿Quién piensa cuando tu piensas?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 14 Apr 2026 07:44:16 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En la rebotica, donde uno ha escuchado de todo, certezas absolutas, intuiciones brillantes y errores bien defendidos, hay una idea que vuelve una y otra vez: no pensamos tanto como creemos. Tal vez, mejor dicho, pensamos, pero casi siempre en...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la rebotica, donde uno ha escuchado de todo, certezas absolutas, intuiciones brillantes y errores bien defendidos, hay una idea que vuelve una y otra vez: no pensamos tanto como creemos. Tal vez, mejor dicho, pensamos, pero casi siempre en modo piloto automático.</p>

<p>Cuando, además de pensar, somos capaces de observar cómo lo hacemos, le llamamos metacognición. El término lo popularizó el psicólogo&nbsp;John H. Flavell&nbsp;en los años 70, aunque la experiencia se retrotrae mucho más atrás en el tiempo, a ese instante en el que alguien se sorprende a sí mismo y se pregunta ¿por qué estoy tan seguro de esto?</p>

<p>La metacognición tiene algo inquietante, implica reconocer que no somos tan objetivos como nos gusta creer, que tendemos a dar por bueno lo que encaja con nuestras ideas y a apartar lo que las cuestiona. También exige intervenir, parar un momento, revisar, dudar. Y eso requiere un esfuerzo.</p>

<p>Para explicarlo con una imagen actual, las plataformas de redes sociales aprenden rápidamente lo que nos interesa. Si uno se detiene en un tipo de contenido, pronto nos bombardean con más de lo mismo. Sin darnos cuenta, entramos en una especie de túnel donde todo parece confirmar lo que ya pensábamos.</p>

<p>Pues bien, nuestro cerebro no es muy distinto. Sin metacognición, funcionamos de forma parecida, reforzamos ideas previas, evitamos lo que nos incomoda y repetimos argumentos que nos resultan familiares. No porque sean necesariamente ciertos, sino porque nos encajan. Es lo que en psicología se llama sesgo de confirmación.&nbsp;</p>

<p>La metacognición introduce algo en ese proceso, una pausa. No una gran reflexión filosófica, sino algo más sencillo. Un “espera un momento ¿y si no es así?”. Ese segundo pensamiento que llega un poco rezagado y que, muchas veces, preferiríamos no escuchar.</p>

<p>Y ahí está la diferencia importante. Los algoritmos digitales están diseñados para mantenernos cautivos, para captar nuestra atención. Nuestra mente, cuando va en automático, tampoco busca la verdad, busca coherencia, comodidad y rapidez.</p>

<p>La metacognición rompe ese equilibrio. Obliga a ir más despacio, a tolerar la duda, a aceptar que quizá nos hemos precipitado.&nbsp;</p>

<p>En la práctica, no hace falta nada extraordinario. Basta con introducir pequeñas preguntas en el momento justo: ¿en qué me baso?, ¿esto lo sé o simplemente lo creo? Son preguntas discretas, casi inaudibles, pero tienen la capacidad de cambiar una conversación o una decisión.</p>

<p>En un mundo donde todo compite por captar nuestra atención, esta capacidad se vuelve algo más que útil. Es una forma de no dejarnos arrastrar del todo, de mantener un cierto margen.&nbsp;</p>

<p>En el fondo, ahí empieza el pensamiento crítico, no en saber más, sino en detenerse lo suficiente como para preguntarse si lo que pensamos tiene sentido.</p>

<p>Al final, la metacognición no nos hace infalibles. Seguiremos teniendo sesgos, seguiremos equivocándonos, pero introduce una diferencia importante: nos da la posibilidad de darnos cuenta.</p>

<p>Y eso, en tiempos de certezas rápidas, no es poca cosa.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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                        <item>
  <title><![CDATA[¿Somos realmente libres?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Wed, 8 Apr 2026 08:06:17 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Desde hace siglos, la pregunta sobre si somos realmente libres para decidir ha inquietado a filósofos, científicos y teólogos. ¿Elegimos de verdad o simplemente seguimos un guion escrito por nuestras neuronas y las leyes de la naturaleza?&nbsp;...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Desde hace siglos, la pregunta sobre si somos realmente libres para decidir ha inquietado a filósofos, científicos y teólogos. ¿Elegimos de verdad o simplemente seguimos un guion escrito por nuestras neuronas y las leyes de la naturaleza?&nbsp;</p>

<p>Hoy, en la rebotica, vuelvo a esta vieja cuestión a la luz de dos campos que han transformado nuestra forma de entender el mundo: la mecánica cuántica y la neurociencia.</p>

<p>La mecánica cuántica nos enseñó algo sorprendente: en el nivel más profundo de la materia, la naturaleza no parece ser completamente determinista. Las partículas no siguen trayectorias rígidas, sino que se describen mediante probabilidades. Este hecho llevó a algunos pensadores a preguntarse si, en un universo donde existe incertidumbre, nuestras decisiones podrían escapar también al determinismo.</p>

<p>Que la naturaleza sea probabilística no significa que podamos dirigir ese azar. Las probabilidades cuánticas siguen leyes muy precisas y nuestra mente no parece tener acceso a ese nivel de la realidad. El azar no es libertad. Una moneda lanzada al aire no elige nada: simplemente obedece a las leyes físicas y al juego de probabilidades. La libertad humana, en cambio, implica deliberación e intención.</p>

<p>La neurociencia ha añadido otra capa a este debate. Benjamin Libet&nbsp;mostró que, en ciertas tareas simples, la actividad cerebral que prepara una acción aparece un instante antes de que seamos conscientes de haber tomado la decisión. Este hallazgo llevó a muchos a preguntarse si la experiencia de elegir es, en parte, una reconstrucción posterior que hace nuestra mente.</p>

<p>Investigaciones posteriores han mostrado además que la actividad cerebral puede influir en nuestras decisiones más de lo que pensamos. Incluso pequeñas intervenciones experimentales en determinadas regiones del cerebro pueden inclinar elecciones sin que la persona sea plenamente consciente de ello. Todo esto sugiere que nuestras decisiones están profundamente condicionadas por procesos biológicos.</p>

<p>¿Significa eso que somos simples autómatas?</p>

<p>No necesariamente. La libertad quizá consista en la capacidad de reflexionar, deliberar y orientar nuestra conducta según valores, objetivos y experiencias acumuladas. Nuestro cerebro es un sistema extraordinariamente complejo que integra memoria, emociones, aprendizaje y contexto social. De esa complejidad emerge lo que llamamos decisión.</p>

<p>La física cuántica nos recuerda que la realidad es más extraña de lo que imaginábamos. Pero utilizarla como explicación directa del libre albedrío es arriesgado. Y la neurociencia, por su parte, nos muestra que nuestra sensación de control es más frágil de lo que creíamos.</p>

<p>Saber que nuestras decisiones están influidas por nuestro entorno, nuestros hábitos y nuestras relaciones nos invita a cuidar esos contextos. La autonomía no consiste en vivir sin condicionamientos, sino en aprender a orientarse dentro de ellos.</p>

<p>En la rebotica, entre frascos y conversaciones tranquilas, esta idea adquiere un tono más cercano. La libertad no es un don absoluto ni un interruptor que se enciende o se apaga. Es más bien la capacidad, limitada pero real, de reflexionar antes de actuar.</p>

<p>Tal vez no seamos completamente libres, pero sí lo suficiente como para que nuestras decisiones sigan teniendo un sentido. Y tal vez, en ese pequeño margen, resida una parte esencial de lo que significa ser humanos.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[El día en que Newton se clavó una aguja en el ojo]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/dia-que-newton-clavo-aguja-ojo/20260404082303126423.html</link>
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  <pubDate>Sat, 4 Apr 2026 08:23:03 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay imágenes que nos incomodan incluso antes de entenderlas. Un hombre solo, en una habitación oscura del siglo XVII, frente a un espejo. En su mano, una aguja roma, la acerca lentamente a su ojo y la introduce en el globo ocular hasta llegar al...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay imágenes que nos incomodan incluso antes de entenderlas. Un hombre solo, en una habitación oscura del siglo XVII, frente a un espejo. En su mano, una aguja roma, la acerca lentamente a su ojo y la introduce en el globo ocular hasta llegar al hueso.</p>

<p>Ese hombre era Isaac Newton. No lo hacía por desesperación ni por extravagancia. Lo hacía para responder a una pregunta. Una de esas que, cuando se formulan, ya no te dejan en paz: ¿de dónde vienen los colores que vemos?</p>

<p>En su época, la respuesta no estaba clara. ¿Son los colores una propiedad de la luz? ¿Los fabrica el propio ojo? ¿Vemos el mundo, o lo construimos?</p>

<p>Newton decidió no especular y procedió a comprobarlo. Para ello presionó su ojo con aquella aguja, un <em>bodkin</em>, más parecido a un punzón y esperó.</p>

<p>Lo que vio no fue oscuridad, vio luz, círculos, destellos, colores que aparecían sin que hubiera ninguna fuente externa. Rojos, azules, amarillos. Geometrías luminosas nacidas del contacto mecánico.</p>

<p>Hoy sabemos que lo que estaba experimentando eran fosfenos oculares o fotopsias (destellos que se perciben sin que exista luz externa, fruto de la estimulación mecánica o eléctrica de la retina).</p>

<p>Pero en aquel momento, Newton estaba cruzando una frontera conceptual sin saberlo. Porque aquel experimento sugería algo inquietante: la luz que vemos no siempre viene de fuera.</p>

<p>Newton repitió variaciones del experimento. En otra ocasión, miró fijamente el reflejo del Sol en un espejo hasta quedar temporalmente ciego durante varios días.</p>

<p>No era temeridad gratuita. Era una forma extrema de honestidad científica. Simplemente, quería saber. Y lo que empezó a vislumbrar cambiaría la historia.</p>

<p>Años después, demostraría que la luz blanca no es pura, sino una mezcla de colores. Que el arcoíris no es un fenómeno caprichoso, sino una descomposición. Que el ojo no inventa los colores desde cero, pero tampoco es un simple espectador pasivo.</p>

<p>El mundo visible empezaba a perder su aparente obviedad. Pero lo más interesante no es lo que Newton descubrió, sino lo que insinuó sin decirlo del todo.</p>

<p>Que ver no es un acto simple. Que entre el mundo y nosotros hay una interpretación. Que lo que llamamos realidad visual es, en parte, una construcción.</p>

<p>Hoy, siglos después, seguimos afinando esa idea. Sabemos que el cerebro no se limita a recibir información, sino que la anticipa, la modela, la corrige. Que muchas veces no vemos lo que hay, sino lo que esperamos ver. Que la percepción es, en cierto sentido, una negociación entre datos y expectativas.</p>

<p>Hay algo profundamente humano en ese gesto. No en la aguja, que hoy nos parece innecesaria y peligrosa, sino en la decisión de ir más allá de la apariencia. De no conformarse con ver, sino preguntarse qué significa ver.</p>

<p>Por eso su experimento sigue incomodando, porque nos recuerda que la realidad, tal como la percibimos, no es tan sólida como creemos.</p>

<p>Y que, a veces, para entender el mundo, hay que atreverse a cuestionar incluso lo más inmediato.</p>

<p>Incluso lo que vemos con nuestros propios ojos.</p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[El hombre flotante y el cerebro imposible: ¿puede haber consciencia sin mundo?]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/hombre-flotante-cerebro-consciencia-mundo/20260323091729125316.html</link>
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  <pubDate>Mon, 23 Mar 2026 09:17:29 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En el siglo XI, el filósofo y médico persa&nbsp;Avicena&nbsp;propuso un experimento mental que sigue resultando inquietante mil años después. 

 Imaginó a un hombre creado de repente, ya adulto, suspendido en el vacío. Sin luz, sin sonido, sin...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En el siglo XI, el filósofo y médico persa&nbsp;Avicena&nbsp;propuso un experimento mental que sigue resultando inquietante mil años después.</p>

<p>Imaginó a un hombre creado de repente, ya adulto, suspendido en el vacío. Sin luz, sin sonido, sin contacto, sin recuerdos. Sus miembros separados para que no pueda sentir su cuerpo. Sin experiencias previas ni ninguna referencia externa.</p>

<p>Avicena sostenía que, aun así, ese hombre sabría que existe. No sabría que tiene cuerpo ni que ocupa espacio. No sabría nada del mundo, pero habría en él una consciencia de sí mismo.</p>

<p>Durante siglos, este experimento se interpretó como una defensa del dualismo: si puedo ser consciente sin percibir mi cuerpo, entonces la consciencia no es el cuerpo.</p>

<p>No obstante, la neurociencia sugiere que la experiencia de nosotros mismos depende en gran medida de la integración de señales sensoriales y de las señales internas del propio organismo. Nuestro sentido del “yo” no aparece aislado, sino que se construye a partir de múltiples informaciones que el cerebro combina continuamente.</p>

<p>Esto nos lleva a una pregunta interesante: ¿qué es lo mínimo necesario para que exista una experiencia?</p>

<p>Si eliminamos el mundo exterior, aún quedaría algo: la actividad interna del propio sistema. Un cerebro, o cualquier sistema físico organizado, nunca está completamente en reposo. Sus partes siguen interactuando y cambiando de estado. Mientras exista esa actividad organizada, existe información circulando dentro del sistema.</p>

<p>Desde esta perspectiva, la consciencia no tendría que ser una sustancia separada del cuerpo. Podría entenderse como el resultado de cómo un sistema organiza y coordina su propia actividad.</p>

<p>El hombre flotante no demostraría la existencia de un alma separada. Más bien sugiere algo distinto, que la experiencia podría surgir cuando un sistema alcanza cierto grado de organización interna.</p>

<p>Siglos después, la física introdujo otra figura aún más inquietante: el&nbsp;cerebro de Boltzmann, inspirado en las ideas del físico austriaco&nbsp;Ludwig Boltzmann. En algunos modelos cosmológicos, en un universo lo bastante grande y antiguo, podrían aparecer por pura fluctuación térmica cerebros aislados en el vacío, con recuerdos completos… pero sin una historia real detrás.</p>

<p>Aquí la intención no es metafísica, sino estadística. Pero la consecuencia resulta perturbadora: una mente podría existir sin un mundo coherente que la respalde.</p>

<p>El hombre flotante y el cerebro de Boltzmann comparten una intuición radical. Separan experiencia y entorno. Nos obligan a preguntarnos si la consciencia es simplemente un reflejo del mundo exterior o si puede surgir de la propia organización de un sistema físico, incluso sin un entorno que la alimente.</p>

<p>La discusión deja entonces de ser alma o cuerpo y pasa a ser otra muy distinta: ¿qué tipo de organización física permite que cierta información no solo se procese, sino que se experimente desde dentro?</p>

<p>Sabemos describir redes neuronales y actividad eléctrica. Sabemos que el cerebro mantiene una intensa actividad incluso cuando parece estar en reposo. No sabemos por qué cierta información se convierte en experiencia vivida.</p>

<p>Mil años después de Avicena, la pregunta no es si puede haber consciencia sin mundo, sino otra aún más radical: si el mundo tal como lo experimentamos es ya el resultado de una forma particular de organización consciente.</p>
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        <media:title><![CDATA[El hombre flotante y el cerebro imposible: ¿puede haber consciencia sin mundo?]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[La realidad que anticipa el cerebro]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 16 Mar 2026 08:45:19 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ En la vida cotidiana tendemos a pensar que percibimos el mundo tal como es. Abrimos los ojos, escuchamos sonidos, tocamos objetos y asumimos que nuestro cerebro se limita a registrar fielmente lo que sucede ahí fuera. Sin embargo, la neurociencia...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En la vida cotidiana tendemos a pensar que percibimos el mundo tal como es. Abrimos los ojos, escuchamos sonidos, tocamos objetos y asumimos que nuestro cerebro se limita a registrar fielmente lo que sucede ahí fuera. Sin embargo, la neurociencia nos dice otra cosa.</p>

<p>El neurocientífico Karl Friston sostiene que el cerebro no funciona como un simple receptor de información, sino como un sistema que anticipa continuamente lo que está a punto de percibir.</p>

<p>Según este enfoque, el cerebro está continuamente construyendo un modelo interno del mundo. A partir de ese modelo genera predicciones sobre lo que debería ocurrir a continuación, lo que vamos a ver, lo que vamos a oír, incluso lo que vamos a sentir en nuestro propio cuerpo. Cuando la información sensorial llega, el cerebro compara esos datos con sus predicciones.</p>

<p>La diferencia entre lo esperado y lo percibido se llama error de predicción. Gran parte del trabajo del cerebro consiste precisamente en reducir ese error.&nbsp;</p>

<p>Cuando lo que percibimos no coincide con lo que esperábamos, tenemos tres opciones: aprender algo nuevo y actualizar nuestro modelo del mundo; reinterpretar lo que percibimos para que encaje con nuestras expectativas; o actuar sobre el entorno para que la realidad termine pareciéndose a lo que habíamos previsto.</p>

<p>Todo esto forma parte de lo que Friston llama el principio de energía libre, una teoría que intenta explicar por qué los organismos vivos buscan constantemente reducir la incertidumbre sobre su entorno.</p>

<p>Una consecuencia sorprendente es que la percepción no sería una copia de la realidad, sino más bien una hipótesis que el cerebro construye y corrige continuamente.</p>

<p>Otro neurocientífico, Anil Seth, ha popularizado esta idea con una expresión provocadora: vivimos en una “alucinación controlada”. La palabra “alucinación” apunta a algo importante, el cerebro está siempre generando una interpretación interna del mundo.&nbsp;</p>

<p>La diferencia entre una percepción normal y una alucinación no es que una sea inventada y la otra no, sino que en la percepción ordinaria las predicciones del cerebro están constantemente ajustadas por la información sensorial.</p>

<p>Curiosamente, esto explica por qué somos tan sensibles a las ilusiones ópticas, o por qué a veces creemos oír nuestro nombre entre un barullo de ruidos o por qué vemos formas reconocibles en las nubes (pareidolia). El cerebro tiende a completar la realidad utilizando lo que ya sabe.</p>

<p>Nada de esto significa que vivamos en una ficción. Al contrario, estas predicciones internas nos permiten movernos con eficacia en un entorno complejo. Anticipar lo que va a ocurrir suele ser mucho más útil que limitarse a reaccionar cuando ya ha sucedido.</p>

<p>No vemos la realidad tal como es, vemos la mejor explicación que nuestro cerebro es capaz de construir sobre ella. Si lo que percibimos es una interpretación construida por el cerebro, entonces la realidad que experimentamos no es simplemente lo que hay ahí fuera, sino el resultado de un diálogo continuo entre el mundo y nuestra mente.</p>

<p>Un diálogo silencioso que ocurre millones de veces por segundo… sin que nos demos cuenta.</p>

<p>&nbsp;</p>
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  <title><![CDATA[Cada uno vive en su propio ahora]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 8 Mar 2026 17:14:28 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Hay días en los que parece que el tiempo transcurre más rápido. Las horas se llenan de compromisos, el teléfono vibra sin descanso y la sensación de ir siempre un poco tarde se convierte en una especie de ruido de fondo permanente. 

 En medio de...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay días en los que parece que el tiempo transcurre más rápido. Las horas se llenan de compromisos, el teléfono vibra sin descanso y la sensación de ir siempre un poco tarde se convierte en una especie de ruido de fondo permanente.</p>

<p>En medio de esa velocidad, cada vez más personas descubren algo sorprendentemente sencillo: detenerse.</p>

<p>Respirar unos minutos. Caminar sin prisa. Apagar por un momento el flujo constante de estímulos y prestar atención a lo que ocurre aquí mismo, en ese instante.</p>

<p>No es casual que prácticas como la meditación o la respiración consciente se hayan extendido tanto en los últimos años. Más allá de modas, responden a una necesidad muy humana como es recuperar el contacto con el presente.</p>

<p>Cuando nos detenemos y prestamos atención a la respiración, ocurre algo curioso. La mente deja de saltar continuamente entre el pasado y el futuro. Dejamos de repasar lo que ya ocurrió o de anticipar lo que podría suceder. Durante unos instantes, simplemente estamos.</p>

<p>La vida, al fin y al cabo, solo puede vivirse en el presente. No en el recuerdo de ayer ni en la preocupación por mañana, sino en este instante que está ocurriendo ahora mismo. Ese “aquí y ahora” del que tanto se habla.</p>

<p>Sin embargo, si ampliamos un poco la mirada, aparece una idea fascinante. Ese presente que sentimos tan claro y compartido no es, en realidad, tan universal como imaginamos.</p>

<p>Durante siglos pensamos que el tiempo era algo absoluto, un reloj cósmico que avanzaba igual para todo el mundo. Pero a comienzos del siglo XX,&nbsp;Albert Einstein&nbsp;cambió profundamente esa forma de entender la realidad.</p>

<p>Su teoría de la relatividad mostró que el tiempo no transcurre exactamente igual en todas partes. Depende del movimiento y de la gravedad. Dos observadores que se muevan a velocidades distintas, o que se encuentren en campos gravitatorios diferentes, pueden experimentar el paso del tiempo de manera ligeramente distinta.</p>

<p>En ese sentido profundo, el “ahora” no es idéntico para todo el universo. Cada observador tiene, en cierto modo, su propio presente.</p>

<p>A escala humana estas diferencias son tan pequeñas que resultan imperceptibles. Nuestros relojes coinciden, nuestras conversaciones fluyen y nuestras vidas parecen transcurrir dentro de un mismo tiempo compartido.</p>

<p>Pero saber que la realidad es un poco más sutil es sorprendente. El presente que cada uno experimenta está ligado a su propia consciencia, a su forma de percibir el mundo y al lugar que ocupa en él.</p>

<p>Quizá por eso los momentos de pausa y de atención resultan tan valiosos. Cuando respiramos con calma o nos permitimos unos minutos de silencio, no estamos intentando detener el tiempo ni capturar un instante universal. Estamos simplemente habitando nuestro propio ahora.</p>

<p>Y tal vez ese sea uno de los pequeños secretos del bienestar: recordar que, incluso en medio del ruido y de la prisa, siempre podemos regresar a ese espacio sencillo y silencioso donde la vida sucede de verdad: nuestro propio presente.</p>
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  <title><![CDATA[Gripe: el riesgo que dejamos de ver]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Mon, 2 Mar 2026 07:51:48 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Alsina Mier]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Cada temporada gripal nos deja estadísticas y titulares muy similares. Pero más allá de los datos, la evolución de las coberturas de vacunación refleja cómo percibimos el riesgo y cómo actuamos frente a él. Y aquí sí conviene detenerse. 

 Según...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Cada temporada gripal nos deja estadísticas y titulares muy similares. Pero más allá de los datos, la evolución de las coberturas de vacunación refleja cómo percibimos el riesgo y cómo actuamos frente a él. Y aquí sí conviene detenerse.</p>

<p>Según el Gripómetro, en la campaña 2025-2026 la vacunación antigripal ha retrocedido entre los grupos de mayor riesgo, mientras que ha aumentado en niños.</p>

<p>En los mayores de 65 años, la vacunación antigripal forma ya parte de la cultura sanitaria. No es tanto una decisión puntual como un hábito anual. Quizá el reto esté en trasladar esa normalización preventiva a los adultos más jóvenes que todavía no se identifican como vulnerables.</p>

<p>Tradicionalmente, las tasas de vacunación frente a la gripe en adultos de 60 a 64 años no eran elevadas, pero tampoco solían interpretarse como alarmantes. Sin embargo, en la temporada actual se ha observado una caída en esta franja, precisamente en un tramo de edad en el que empiezan a acumularse factores de riesgo: cronicidad, multimorbilidad, mayor probabilidad de complicaciones y hospitalización. Desde el punto de vista clínico, no es un detalle menor.</p>

<p>En paralelo, la población infantil ha mostrado un comportamiento distinto. Las coberturas han aumentado de forma significativa y hay razones claras para ello. Primero, una recomendación más firme de vacunación infantil. Segundo, la implicación activa de los pediatras y su relación cercana con las familias, que facilita la aceptación de la inmunización.&nbsp;</p>

<p>La percepción de vulnerabilidad en adultos sigue siendo baja. Muchos se sienten sanos, activos y lejos de la imagen tradicional de “grupo de riesgo”, aunque desde el punto de vista clínico ese riesgo exista y aumente con la edad y las condiciones de salud.&nbsp;</p>

<p>Es una dinámica bien descrita por la psicología del riesgo: lo que no se ve o no duele, se olvida. Y aquí aparece la paradoja de la vacunación: cuanto más eficaz es la respuesta comunitaria, menos visibles se vuelven las consecuencias de no vacunarse. El riesgo no desaparece; simplemente deja de percibirse.</p>

<p>En términos sanitarios, esto tiene implicaciones reales. La gripe sigue siendo causa de hospitalizaciones, descompensaciones en pacientes crónicos y mortalidad atribuible, especialmente en mayores y personas con enfermedades de base. La prevención impacta sobre todo en una menor carga asistencial y presión sobre los servicios sanitarios. El riesgo es individual en su percepción, pero colectivo en sus consecuencias.</p>

<p>Cuando existe una recomendación clara y una accesibilidad práctica, la aceptación mejora. Esto sugiere que parte del reto en adultos es comunicativo y cultural, más allá del momento puntual de la campaña.</p>

<p>No basta con contabilizar vacunas y personas vacunadas. Hay que comprender por qué unas coberturas suben y otras bajan.</p>

<p>Mientras tanto, en países como Reino Unido, Francia o Portugal, la disponibilidad de vacunas en la farmacia comunitaria y la posibilidad de que el farmacéutico administre la vacuna han facilitado el acceso y se han asociado a incrementos de cobertura, especialmente al captar personas que antes no se vacunaban, gracias a la proximidad y accesibilidad del entorno farmacéutico. No es la panacea, pero suma para el objetivo común.</p>

<p>Tal vez la pregunta no sea solo cómo mejorar las cifras, sino cómo recuperar la percepción del riesgo antes de que vuelva a imponerse por sí mismo.</p>

<p>En la rebotica venimos reflexionando sobre esto desde hace años y no acabamos de dar ni con la tecla, ni con la fórmula magistral.</p>

<p><em>Dispénsese según arte (fiat secundum artem).</em></p>

<p>&nbsp;</p>
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