En los últimos años ha sido muy común escuchar la denominación “clase media” para designar a buena parte de la sociedad. Un término que fue especialmente utilizado en España durante los mandatos de los presidentes José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Tiempo aquel en el que los ciudadanos gozábamos de unos estándares de calidad propios de un país hiperdesarrollado y vivíamos felices inmersos en una gran mentira llamada burbuja inmobiliaria.
Ya por aquel entonces algunos advertían de los peligros del término, cuyo uso podría difuminar la pertenencia a una clase social concreta y generar espejismos que no contribuyeran más que a confundir a la sociedad y que beneficiaran directamente a los poderosos. Pero hoy, sumidos en una crisis de identidad, con crecimiento, sí, pero sin los fastos que caracterizaron otras épocas, se reivindica más que nunca por parte de analistas y pensadores de corte progresista, el papel de la clase trabajadora, del histórico proletariado. Porque no ha de caerse en el error garrafal de considerar obrero solo al caricaturizado trabajador humilde y mugriento, entiéndase la adjetivación dura necesaria, que trabaja horas y horas sin descanso en una mina, como ha intentado siempre promocionar con vehemencia la derecha, sino a todo aquel que depende directa o indirectamente de un sueldo, sea el que sea, y que no controla los medios de producción.
La lucha obrera ha permitido que la clase trabajadora adquiera derechos y que se enriquezca, creándose de esa forma las sociedades modernas y democráticas actuales. Pero la interpretación de dicha lucha da pie a dos lecturas distintas, pero relacionadas entre sí, que conviene analizar: por un lado, la clase privilegiada ha intentado durante mucho tiempo engañar al pueblo, y por ende a la izquierda, tildando de hipócrita al obrero por enriquecerse, cerrando la puerta a desarrollar un Estado de bienestar sólido y propiciando que la izquierda defienda que las clases más bajas continúen siendo bajas por orgullo de clase. Por otro lado, el enriquecimiento de las clases populares ha desarrollado una tendencia que, si bien a simple vista es positiva, termina por aburguesar en exceso a la clase más baja eliminando la necesidad de luchar permanentemente por unos derechos, tanto sociales como económicos, que no han sido ni serán otorgados para siempre, sino que más bien son una cesión temporal de las clases altas por miedo a las revoluciones y a la inestabilidad. Creerse diferente por mejorar tu posición así pues te condiciona.
Los términos que antaño sirvieron para denominar los procesos de emancipación de la clase obrera del poder imperante, antes comentados, están hoy más de actualidad que nunca. Si bien es cierto que no deberíamos caer en el error de considerarlos único vocabulario en clave contemporánea, es verdad también que erraríamos si los olvidáramos, creyéndonos partícipes de una clase social que quizá no sea la que nos corresponde y legitimando de nuevo, en nuestra ignorancia, a las clases privilegiadas para cometer excesos que terminaremos sufriendo la mayoría.
Dicho lo anterior, deberíamos, por ende, sin dejar de ser una sociedad avanzada, enriquecida y que busca progresar, seguir teniendo consciencia de lo que somos, y sobre todo de lo que fuimos, para no caer en engaños. La clase privilegiada siempre va a estar ahí y de nosotros depende que tengan o no libertad para someter a la sociedad. En nuestras manos queda defender nuestros derechos. La lucha es permanente.