En la rebotica hay libros que compré para leer inmediatamente, son pocos. La mayoría llegaron con la promesa de que algún día los leeré. Los colocamos en una estantería o descargamos una muestra en el lector electrónico. Y allí permanecen, durante semanas, meses o años, esperando un momento que quizá nunca llegue.
Desde un punto de vista estrictamente racional, parece un comportamiento absurdo. Acumulamos más libros de los que podremos leer en una vida. A veces incluso más de los que nos podemos permitir. Sin embargo, seguir comprándolos produce una satisfacción difícil de explicar.
Creo que no compramos únicamente libros, compramos posibilidades. Cada libro representa una conversación futura, una curiosidad aún no explorada o una versión de nosotros mismos que quizá exista algún día. Ese libro de física que todavía no entendemos, la novela que reservamos para unas vacaciones, el filósofo al que volveremos cuando seamos mayores ... Los libros esperan pacientemente a la persona que seremos en algún momento.
El ensayista Nassim Nicholas Taleb habla de la “antilibrary”: una biblioteca de libros no leídos que nos recuerda todo lo que todavía ignoramos. Quizá el valor de esos libros no consista únicamente en ser leídos, sino también en recordarnos que el conocimiento siempre es más grande que nosotros.
Algo parecido ocurría con la música. Durante años comprábamos discos sin haber escuchado más que una canción en la radio. Había una cierta confianza: la esperanza de que aquel álbum acabaría formando parte de nuestra vida. Hoy escuchamos casi todo antes de comprarlo. Las plataformas nos permiten recorrer canciones, abandonar discos a los pocos minutos y decidir con enorme rapidez.
Con los libros sucede algo parecido. Las muestras gratuitas de los libros electrónicos han cambiado nuestra forma de comprar. Permiten asomarse a unas páginas antes del compromiso definitivo. Ahorran dinero y también frustraciones. Hemos dejado de comprar completamente a ciegas. Aunque todavía conservamos el placer de ir a las librerías a hojear las novedades.
Y, sin embargo, seguimos acumulando. Quizá porque una estantería llena de libros pendientes produce una sensación extraña de tranquilidad. No genera ansiedad, sino seguridad. Siempre habrá algo esperando. Un ensayo, una novela, un autor al que acudir cuando aparezca una pregunta determinada.
Podemos disponer de horas libres y seguir mentalmente ocupados. Podemos tener cientos de libros al alcance de la mano y no encontrar el estado interior necesario para abrir ninguno.
Por eso la biblioteca de los libros no leídos no es un fracaso. Es una reserva de futuros posibles. Una colección de preguntas, intereses y caminos que quizá nunca recorramos del todo.
Algunos libros se leen. Otros permanecen años esperando su momento. Y unos pocos quizá no lleguen a abrirse nunca.
Pero incluso esos cumplen una función. Nos recuerdan todo lo que ignoramos, todo lo que aún nos interesa y todas las personas que todavía podríamos llegar a ser.
Porque una biblioteca no es solo el registro de lo que hemos leído, también es el mapa de nuestros futuros posibles.