La mirada del centinela

Tradiciones y almas

El pasado lunes León XIV decía en el Bernabéu que Madrid es una ciudad donde conviven tradiciones y almas. La convivencia es compleja. Los políticos no suelen dar ejemplo de buena convivencia. La excepción la vimos en el Congreso de los diputados. En el hemiciclo, algunos escamotearon su cinismo habitual para aplaudir el discurso del pontífice durante siete largos minutos. El Papa dio una lección de moral cristiana que muchos deberían aprender. 

Cada vez somos más los que estamos cansados de frivolidad, de postureo, de superficialidad. Hastiados de enfrentamiento, de enconos, de disputas, de desprecios. La humanidad comienza a clamar una vuelta a la espiritualidad, bajo el amparo de Jesucristo, desde esa mirada convertida en lema de la visita papal, que se alza. Cuánto cuesta alzar la mirada. Los dispositivos móviles nos hacen doblar la cerviz. No obstante, lo peor no es doblegarse a un teléfono inteligente, lo peor es doblegarse a la indiferencia, a la vaciedad intelectual de los no pensantes, a la irreflexión conductual de un ecosistema de afectos glaciales. 

Sustituimos abrazos por insultos, caricias por estímulos virtuales, miradas de complicidad por un carrusel de imágenes en Instagram o Tik Tok. Las almas necesitan de una tradición secular, fuente que sacia a los sedientos. Es la tradición del cariño, la devoción por el prójimo, la estima sin aditivos, la vocación de pertenencia al género humano nimbado por la fe. Somos almas en continua penitencia, pecadores impenitentes que no saben escuchar. Sin embargo, estos días, con León XIV como punta de una iglesia permeable a nuevos creyentes, hemos asistido a ese espíritu renovado de acercamiento a Dios. 

Pudiera pensarse que las ciudades adolecen de alma, que son turbiones de personas que van de aquí para allá sin alzar la mirada. En apariencia podría ser así, pero cada una de esas personas que conformamos la ciudad, poseemos un alma. Por tanto, solo es cuestión de sincronizar las almas. Es cuestión de dejar a un lado el egoísmo. La malicia que nos provoca cualquier situación cotidiana, la lejanía del prójimo como ser equivalente. La visita del Papa ha infundido un sentimiento de laica conventualidad en el cenobio de la iglesia universal. Ha mostrado que a muchos nos mueve la fe en el Señor, que la fuerza que impulsa el credo católico nos protege y salvaguarda, que alzar la mirada a Dios es la primera piedra de la nueva iglesia, y que mirar a los ojos del prójimo es la puerta de entrada a esa iglesia urbana que, como en el estadio Bernabéu, puede concretarse sin necesidad de nave ni presbiterio. 

Madrid, ya lo dijo el Papa, es una ciudad donde conviven tradiciones y almas. La convivencia, huelga decirlo, requiere bondad y paciencia, almas entregadas a la conciliación. En España hay poca tradición en ese sentido, somos más de dividir, de quebrar, de sembrar discordia. Al menos, estos días hemos dado ejemplo al mundo de unidad, de fe inquebrantable, de saber estar… a la diestra de Dios.