Crónicas Mexas

Caos en el mundial

El Mundial anterior en Qatar fue duramente criticado pese a la fortuna invertida en infraestructuras. Se cuestionaron los horarios y las condiciones inhumanas de los trabajadores, pero esas quejas apenas anuncian la tormenta que acompaña a la edición de 2026. A días del arranque en Estados Unidos, la violencia ya había sacudido la sede: hubo heridos por disparos cerca de la base de la selección inglesa en Kansas City y un ataque con arma blanca en la estación Penn de Nueva York. Estos incidentes encendieron las alarmas sobre la seguridad del país anfitrión.

La discriminación tampoco tardó en aparecer. Un video mostró a jugadores y personal de Senegal sometidos a exhaustivas revisiones con detectores de metales en el aeropuerto de San Antonio, mientras que delegaciones como la española no sufrían controles similares. La humillación se agravó con otra grabación en la que los senegaleses se quejaban de que el balón no botaba bien durante un amistoso. En un escenario que debería ser de igualdad, estas imágenes recuerdan lo lejos que estamos de ese ideal.

A ello se suman riesgos ambientales y políticos. Un estudio en International Journal of Biometeorology alertó que sedes como Miami, Filadelfia o Nueva York podrían registrar calor extremo, peligroso para espectadores y jugadores. Amnesty International advierte que millones de aficionados podrían enfrentar ataques a sus derechos debido a políticas migratorias abusivas y deportaciones masivas; en 2025 Estados Unidos expulsó a más de medio millón de personas y militarizó la represión de protestas. Las colaboraciones entre policías locales e ICE en ciudades sede han incrementado la persecución de inmigrantes.

Las nuevas restricciones de viaje y vetos del gobierno estadounidense complican la llegada de jugadores, árbitros y aficionados. El caso del árbitro somalí Omar Artan, expulsado en Miami por «motivos de seguridad», ilustra esta situación. También hay problemas con el césped de los estadios, amenazas de huelga en el SoFi Stadium y otros conflictos logísticos que podrían estallar en cualquier momento.

En Canadá la polémica no se queda atrás. La falta de garantías en materia de derechos humanos y la posible expulsión de personas sin hogar durante el torneo despiertan preocupación en Vancouver. La presión policial y las nuevas ordenanzas han provocado protestas de organizaciones comunitarias que denuncian la priorización de intereses corporativos sobre los derechos de los residentes más vulnerables.

En México la organización raya en la tragicomedia. Es el único anfitrión realmente futbolero y los boletos vuelan, pero el costo es tan alto que muchos se endeudan para conseguirlos(en Estados Unidos y Canadá quedan miles de boletos). Las autoridades muestran incompetencia: la jefa de gobierno de la capital mandó pintar de morado las señales viales para luego repintarlas de amarillo por normativa; se rehabilitó un puente del aeropuerto y ya se desplomó una parte; se presume la reinauguración de nuevas estaciones de metro mientras se cuela el agua en instalaciones recién remodeladas. Para el 11 de junio se prevén manifestaciones, las reservas hoteleras están a la baja y brillan por su ausencia los aficionados extranjeros que la FIFA prometió no van a llegar a ninguno de los tres países sedes. Además Monterrey y Jalisco también acumulan obras sin concluir, aunque sus aeropuertos están en mejores condiciones que el de la capital.

Todo apunta a que este Mundial será desangelado: no llegarán ríos de aficionados y los gastos ya están hechos, muchos de ellos mal ejecutados. Incluso cabe la posibilidad de un arbitraje a modo que evidencie aún más la corrupción dentro de la FIFA. Tras este evento, el organismo difícilmente podrá seguir presumiendo las recaudaciones del torneo, cada vez más alejado de la esencia del deporte. La suma de violencia, discriminación, clima extremo y desorganización dibuja un panorama caótico que amenaza la fiesta.