Alcazaba

Como Peter Pan

Estados Unidos acaba de ser sorprendida en este verano por la película de Michael Jackson, su vida, protagonizada por su sobrino Jaafar Jackson, hijo de madre colombiana.

El 25 de junio de 2009, hace 17 años, miraba por la ventana de mi casa en Hartford a las primeras ardillas del verano, cuando la TV envió un comunicado urgente para decir que Michael Jackson “El rey del pop”, había fallecido. Voló como un ángel, con un guante de perlas en la diestra y medias blancas.  

“Lo más grande para mí es un escenario; cuando estoy ahí me elevo, me pierdo fatalmente…”, había dicho el cantante de 50 años.

Al igual que otros genios de la escena pública de Estados Unidos, como Tiger Woods, también empezó precozmente, guiado por su padre, y resintió durante buena parte de su vida no haber sido un niño “normal”, de los que correteaban por los patios y jugaban baloncesto en las destartaladas calles del barrio de Gary, Indiana, donde había nacido un 29 de agosto de 1958. “En casa siempre estábamos cantando; lavábamos platos y cantábamos, hacíamos canciones…”, dijo al diario USA Today cuando reveló que su infancia no había sido propiamente feliz.

Michael Jackson tenía fijo el recuerdo de los Estudios Motown, uno de los primeros donde fue a grabar con sus cuatro hermanos mayores, y la algarabía infantil que se percibía afuera, mientras él era sometido a unas agotadoras pruebas de grabación.

La suerte de su familia en Indiana no era la mejor cuando Michael nació. Era el menor de siete hermanos y los problemas económicos de su padre arreciaban. Su progenitor era un humilde operario de grúas, pero en sus tiempos libres se dedicaba a la música, su verdadera pasión, y quería que sus hijos abrazaran este arte como una religión. Fue por eso que creó el grupo “The Jackson Five”, con sus hijos mayores, donde Michael, siendo el “baby”, vino a ser el cantante cuando su madre lo descubrió siguiendo el ritmo de una canción junto a una jaula de pájaros.

Los Jackson recordarían después el asombro de su madre al escuchar esa voz de auténtico soprano que salía del entonces frágil chiquillo de cinco años. Ya la voz había corrido por Indiana, y Jackson padre, como el resto de la familia, adivinaron que sus problemas cambiarían con este prodigio que Dios les había enviado. El niño cantaba vestido como un adulto, como un chico afroamericano de las barriadas, con chalequillo brillante y sombrero púrpura, el mismo que hacía equilibrio en su cabeza para no caer, cuando bailaba con un ritmo que le era propio y natural frente a las cámaras del Show de Ed Sullivan.

Pasó toda su infancia en carros que iban de un pueblo a otro, por los días en que los Jackson se presentaban en bares de poca monta, sitios de borrachos y strip-tease, y luego en aviones que lo llevaban por los lugares desconocidos. Su vida comenzaba cuando se encendía el escenario. Entonces ahí empezaba a vivir, sentía que era grande, mientras tutores escolares se afanaban enseñándole cuántos estados tenía la unión, quién era Jefferson y por qué la Constitución de los Estados Unidos se había firmado debajo de un roble en Connecticut.

Una de las cosas que más le dolía de su infancia de niño artista precoz, eran los regaños paternos, la dureza de su padre a la hora de corregirle una entonación, o los pasos de baile que debían seguir una coreografía.

Algunos psicólogos consideran que Michael Jackson, más que desear ser “blanco”, como afirman muchos, en realidad tuvo una obsesión toda la vida. Uno de los sueños que quiso cumplir cuando ganó mucho dinero, fue querer parecerse a Peter Pan, uno de los ídolos de su infancia. Si se mira bien, casi lo logró, pues se mandó a confeccionar una nariz que tenía trazo de historieta ilustrada, y una barbilla también irreal, como de muñeco viviente.