Pedro se ha acercado al Papa con el deseo de ascender dos o tres peldaños en el escalafón universal. Se ha acercado al Santo Padre con la devota misión de ser considerado un hombre justo, benévolo y equitativo, y basándose en eso, ahora aspira a que el mundo jamás lo relegue al ostracismo. Le gustaría seguir siendo presidente in saecula saeculorum. Aspira - como aspiró Zapatero cuando quería ser el protagonista de su fallida Alianza de Civilizaciones - a ser un nuevo hito o un nuevo referente para la ultraizquierda española e imitar a personajes que, como su admirado Xi Jinping, han logrado perpetuarse indefinidamente en el poder. Aunque Pedro ha sido capaz de gobernar en España con el apoyo de los que solamente desean destruirla ¡Tiene mérito el asunto! Pero sigue estando apoyado por los herederos de ETA, que asesinaron a socialistas como Ernest Lluch, Fernando Buesa, Fernando Múgica, Enrique Casas o Juan María Jáuregui...
Y por eso Pedro, pretendiendo semejarse a Cristo en sus momentos finales, también ha estado rodeado de ladrones y corruptos que ya fueron condenados por la justicia española. A algunos de ellos, haciendo gala de su caridad sanchista, los resucitó, después de que hubieran sido sentenciados. Los volvió a elevar en los altares que disponían durante los tenebrosos tiempos de gobiernos socialistas en la Comunidad Andaluza. Pero, sobre todo, y como la historia se repite, Pedro ha tenido también apóstoles más o menos cercanos que le han servido para unos u otros menesteres. Algunos de esos discípulos ya le traicionaron, porque siempre hay algún Judas al que la avaricia corrompe. Otros siguen ahí, en ocasiones negándolo y en otras ocasiones jaleándolo, pero siempre haciendo méritos para ser herederos perpetuos de su oscuro legado.
Porque el reino de Pedro tampoco es de este mundo, o al menos, a los que nunca hemos creído en su mano redentora, nos parece que se trata de un fiasco arduo y ampuloso que ha conseguido ir creándose a su imagen y semejanza. Pues su ambiguo y decrépito reino aspira a deshilar o deshilachar lo que la Constitución Española del 78 había dejado atado y bien atado.
Por eso el sanchismo y el socialismo que los españoles conocíamos hasta ahora son cosas diferentes. El sanchismo se acuna en la figura de un individuo sin escrúpulos, que ofrece una cosa y hace la contraria; un individuo que a través de su amigo Zapatero se acercó mucho a un tal Nicolás Maduro que hasta hace poco vivía en Venezuela. Sin embargo, el socialismo es una corriente política que utiliza métodos democráticos para alcanzar determinadas reformas sociales y para obtener mayores derechos para las personas. Pedro, entre tanto, sigue mareando la perdiz, ahora le tocó al Papa ser el aliviadero de sus males... Y el ateo fue a misa. Porque sabe que España bien vale una misa.