Me niego a creer en la fatalidad de una sentencia sobre la historia general de Colombia, concebida por el escritor R.H. Moreno Durán: “Sin la muerte, Colombia no daría señales de vida”. La frase recordada por Gabo en 2003, revela una desgarradura real: no hemos vivido en paz en cinco centurias, ni un solo año en nuestra vida como nación. Todo el siglo XIX fue de guerras civiles y culminó en el siglo XX, con la guerra de los Mil Días. Antes de la conquista española, las guerras eran entre tribus indígenas. Las guerras a lo largo de nuestra historia no solo fueron por el poder político, sino por el poder de la tierra y el control de los territorios. Las guerrillas liberales y conservadoras se dieron bala durante dos siglos, y continuaron más allá del 9 de abril de 1948 con el magnicidio del candidato presidencial el liberal Jorge Eliécer Gaitán, que partió en dos la historia del siglo XX, y desató el nacimiento de grupos de oposición radicalizados que se convirtieron en guerrillas marxistas- leninistas, y mucho más tarde, del rechazo al ascenso del dominio guerrillero en muchos territorios del país, surgieron como respuesta del conflicto armado, las primeras organizaciones privadas que se erigirían en grupos paramilitares, y en medio de esa guerra fratricida, surgieron los carteles de la droga en Medellín y Cali, liderados por narcotraficantes que desafiaron y pusieron en jaque al Estado cuando se propuso la extradición de los mismos. La tragedia griega que hemos vivido en Colombia, su gran fracaso histórico de nación, es que diseñamos un sueño de nación inconcluso con profundas desigualdades, en el que no aceptamos la diversidad de las diferencias sociales, raciales y políticas. De ese mismo vientre mestizo, lleno de contradicciones e intolerancias, estallaron nuestros propios males y monstruosidades. La diversidad en Colombia se asumió como desgracia y no como riqueza o virtud. Una terrible verdad recordada por Gabo es que en Colombia “nacemos sospechosos y morimos culpables. Las conversaciones de paz-con excepciones mínimas pero memorables- han terminado desde hace años en conversaciones de sangre”. Desde Benkos Biohó, asesinado luego de firmar la paz en 1621, hasta lo que siguió al Acuerdo de Paz en 2016, la nación no ha cesado de buscar la paz. En Colombia es complicado descifrar el porvenir, pero es más difícil descifrar el presente, dice William Ospina, quien se pregunta: “¿Por qué el presupuesto general de la nación no sirve para hacer la paz y se necesita otro?”. Colombia dispone cada año de un presupuesto de 500 billones, pero para la paz nunca alcanza porque no tenemos un “proyecto nacional verdadero que no se haga trampa a sí mismo y no claudique ante los peores vicios de la politiquería tradicional”, precisa Ospina. La paz ha sido el eterno tapiz que se deshilvana. Hay mucho por hacer por Colombia. Los pequeños cambios pueden empezar apostándole a las grandes mayorías pacíficas.
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