La medicina moderna ha conseguido algo que hace apenas medio siglo parecía casi milagroso: tratamientos eficaces para enfermedades crónicas que antes acortaban la vida o la llenaban de complicaciones. Sin embargo, existe un problema silencioso que no depende de la molécula ni de la tecnología, sino de algo mucho más humano y prosaico: muchos pacientes, sencillamente, no se toman los medicamentos como se les prescriben.
La falta de adherencia terapéutica no es una anécdota, sino un fenómeno bien documentado. La ESPACOMP – International Society for Medication Adherence, compliance & persistence, y en España el ‘Observatorio de la Adherencia’, lleva años recordando que una proporción muy relevante de pacientes con enfermedades crónicas no sigue correctamente sus tratamientos. En patologías como la hipertensión, el asma, o incluso la diabetes, el incumplimiento puede rondar el 30-50%. Es decir, uno de cada tres, o incluso uno de cada dos pacientes, falla en algo tan básico como tomar su medicación.
A veces se presenta el problema como si fuera simple desidia, pero la realidad es más compleja. La falta de adherencia es multifactorial. Hay causas inocentes y cotidianas, como el olvido, los horarios complicados o la polimedicación en personas mayores. Tomar cinco o seis fármacos distintos al día no es trivial. Un despiste basta para saltarse una dosis.
En estos casos, las soluciones existen y funcionan. Los pastilleros semanales, los blísteres personalizados preparados en farmacia para personas que no podrían controlar su tratamiento, las alarmas del teléfono móvil o la implicación de familiares y cuidadores reducen de forma notable los olvidos. Son medidas sencillas, casi domésticas, pero tremendamente eficaces. A veces basta con ordenar mejor la rutina.
Más delicado es otro tipo de incumplimiento: el rechazo consciente. El paciente que deja de tomar un fármaco porque teme o nota efectos adversos; porque no siente mejoría o porque desconfía del tratamiento. Aquí no hay pastillero que valga. Se trata de un conflicto, no de un descuido. Y los conflictos se resuelven hablando. La única salida razonable es la conversación franca con el médico o incluso con el farmacéutico para ajustar dosis, cambiar el medicamento o aclarar miedos. Sin diálogo, el abandono es casi inevitable.
Las consecuencias del problema se ven incluso fuera de la consulta. En España, los medicamentos no utilizados acaban regresando a la farmacia a través de un excelente sistema de recogida ambiental, que se denomina SIGRE. Según esta organización, cada ciudadano deposita una media de 105,6 gramos al año de restos de medicamentos y envases en el Punto SIGRE de las farmacias. Extrapolado a la población, eso supone alrededor de 5.174 toneladas anuales de residuos gestionados. Parte son envases vacíos, pero otra parte nada desdeñable corresponde a tratamientos empezados y no terminados.
Detrás de esas toneladas hay historias clínicas incompletas y oportunidades perdidas. No es solo una cuestión medioambiental, sino sanitaria.
Mejorar la adherencia no requiere inventos futuristas. Requiere algo más concreto: información clara, seguimiento profesional y sentido común. Recordar cuando se puede, y preguntar cuando no se quiere tomar el medicamento. Tan sencillo y tan humano como eso.