Treinta millones de euros. Eso es lo que necesita Mariano Barbacid para llevar a humanos una terapia contra el cáncer de páncreas. Treinta millones y apenas dos o tres años de ensayos clínicos. No es ciencia ficción. No es un proyecto especulativo. Es investigación de vanguardia, respaldada por décadas de rigor, evidencia y resultados, y por un nombre que no necesita presentación: Mariano Barbacid.
El Dr. Barbacid no es un científico cualquiera. Formado en la Universidad Complutense de Madrid y en el Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, en 1982 identificó el primer oncogén de la historia y la primera mutación genética asociada al cáncer. Sus descubrimientos cambiaron para siempre la comprensión molecular de la enfermedad y abrieron la puerta a terapias dirigidas que hoy salvan miles de vidas cada año.
En 1998 regresó a España y fundó el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). En menos de una década, el CNIO era un faro internacional de excelencia científica. España estaba a la cabeza del mundo en oncología. Pero llegó la política. Y la excelencia se perdió.
En 2011, Barbacid fue apartado de la dirección del CNIO. Desde entonces, el centro se vio atrapado en conflictos internos, acusaciones de mala gestión y una burocracia que sofocó la investigación de punta. No se trata de personas; se trata de un patrón estructural: en España, la ciencia molesta cuando no se somete al poder.
Mientras un científico capaz de salvar vidas pide 30 millones, el Estado español malgasta miles de millones en estructuras de “igualdad” sin resultados medibles, proyectos ideológicos opacos y organismos que sirven más a la propaganda que a la sociedad.
La investigación biomédica sobrevive por vocación, pasión y sacrificio personal. No hablamos de ideología. Hablamos de vidas humanas que podrían salvarse ahora.
Invertir en ciencia no es gasto, es inversión en vidas, es civilización y avance. Cada euro destinado a investigación médica salva vidas, reduce el gasto sanitario futuro, genera innovación, empleo y prestigio internacional. Ignorar a científicos como Mariano Barbacid no es solo irresponsable: es una decisión moralmente inaceptable.
España sigue produciendo investigadores de talla mundial que llenan de orgullo al mundo entero.
La pregunta incómoda pero necesaria es: ¿por qué aquí no se les escucha? Cuando un país prefiere financiar demagogias y adoctrinamientos antes que terapias que pueden curar el cáncer, el problema no es el dinero, es quién decide cómo se gasta. Y esa decisión dice mucho, y nada bueno, sobre el rumbo de nuestra sociedad.
Treinta millones de euros. Treinta millones de oportunidades de salvar vidas.
La pregunta es clara: ¿qué elegimos ser como país?