La fe, esa certeza de lo que se espera y convicción de lo que no se ve. —Hebreos 11:1
Desde el principio de los tiempos los hombres han concluido que la creación del universo es obra de Dios. Reyes, científicos, poetas, mendigos, gente de toda condición ha sentido, siquiera un instante, la presencia de algo superior. Otros han cuestionado, pero esa duda —lejos de negar— no hace más que crecer y transformarse en prueba fiel de nuestra substancia y la certeza que nace de lo más íntimo. Pascal conocía perfectamente la fragilidad humana y dijo que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Ortega y Gasset advirtió que todo lo que es plenamente consciente es más claro, perspicuo y translúcido que lo inconsciente, pero a la vez más etéreo y expuesto a la súbita volatilización. Reflexiones ambas que nos dejan ver más allá y nos enseñan la fragilidad de nuestro conocimiento. En esa confluencia de razón quizá esté la raíz de nuestra fe.
Creo en Dios porque la razón me lo dicta. Creo en Dios porque he visto creer y porque he caminado hacía Él. Sé que Dios no acude por simple reclamo, sino cuando el alma se inclina con verdadero empeño. La mayoría lo aclama en la estrechez del dolor y Él llega silencioso, como prometió, nos ofrece su ayuda pero cada cual debe saber recibirla. Nos desconcierta que el sufrimiento forme parte del orden humano y nos preguntamos cómo puede permitirlo quien es fuente de todo bien. Tal vez no lo hayamos entendido, sin embargo la historia sagrada —y también la humana— nos enseña que la prueba es ley antigua, desde las aguas que se alzaron ante Moises hasta los desiertos interiores que cada uno de nosotros atravesamos.
Dios se ha mostrado. Civilizaciones, sin contacto entre sí, reconocieron a un primer creador. Las Escrituras, mucho antes de Cristo, hablaban de la tierra suspendida «sobre la nada», como si intuyesen el orden del cosmos. Hombres sin ciencia escribieron que Dios hizo de esa nada y los actuales que fue el Big-Bang, aunque este ya era algo. La idea de Dios surge donde está el hombre, ambos son inseparables. Max Planck, padre de la teoría cuántica, expresó: Para el creyente, Dios, está al principio; para el científico, al final de toda reflexión. Y añadió: detrás de la materia existe una mente consciente e inteligente que ordena el universo.
Creo en Dios porque he visto la fe en hombres buenos, en almas sinceras que no se entregan a fantasías. He visto cómo la fe se enciende en la cercanía de la muerte, cuando la vida se vuelve transparente y el espíritu se reconoce mortal. He visto a quienes en la soledad del sufrimiento sienten una presencia que no es suya, un amparo, un soplo de paz o una claridad inesperada. Yo he sentido esa protección en horas de vacío, un ánimo que llega cuando el dolor pesa demasiado, un apoyo que no procede de ningún hombre.
A Dios no se le exige. Debemos honrarle, servirle y amarle. No somos hijos de la nada porque la nada no engendra sino espejismos. Somos criaturas buscando respuestas que no nos pertenecen y mensajes que no están destinados a nuestros oídos. Jesús habló en parábolas para que entendiésemos lo esencial y aun así seguimos reclamando más señales como si hubiésemos tenido pocas.
Debemos leer lo escrito y escuchar lo que fue dicho. Entre tanto, yo afirmo sin ambages que creo en Dios. Y lo digo porque me place y porque esta verdad íntima no necesita más demostración que el simple testimonio de quien la reconoce porque vive en su fe y en la esperanza, dos premisas que no sabe la ciencia pero que todos afirmamos existen.