En 2006, Aza Raskin presentó el scroll infinito. Uno de los elementos más influyentes y, en ese momento, menos cuestionados de la historia reciente de la tecnología. Una función que permite bajar o subir en una página web de forma infinita, sin encontrar nunca un final. Una técnica aparentemente inocente que, como casi todo, tiene dos caras; una de ellas se ha vuelto peligrosa y hoy es parte de nuestra forma de mirar el mundo.
“El santo grial de la tecnología”, como lo definió el periodista Bruno Cardeñosa. Y no le falta razón. A medida que se iban desarrollando los teléfonos móviles, esta función fue ganando poder hasta infiltrarse finalmente en las redes sociales. El problema ya no era sólo la herramienta per se, sino los ajustados algoritmos que la acompañan para mostrarnos el contenido acorde a nuestros gustos y hábitos. Las plataformas se recargan solas, una y otra vez, para que permanezcamos más tiempo del previsto, haciéndonos creer que la decisión es nuestra. Cada contacto refuerza y personaliza lo siguiente, convirtiendo el contenido en un pequeño goteo de dopamina y nuestro tiempo en la materia prima. No somos usuarios, somos el producto.
No hay corte, no hay pausa. El contenido aparece sin descanso y el límite deja de existir. Todo es inmediato, continuo e inigualable y nos nubla el mínimo chance a la reflexión. Por suerte o por desgracia, según quién esté leyendo esto, detenerse ya no es una consecuencia del diseño, sino una decisión que depende de nosotros mismos.
Esta lógica ha transformado el modo en que consumimos información, tiempo libre y distracción. Hoy, adultos y niños participan del mismo ritual. Los niños imitan lo que ven, avanzando sin pausa entre estímulos. Entre tanto, la pandemia no sólo no ayudó, sino que aceleró aún más este proceso, como indica Cardeñosa. La soledad de esos meses nos llevó a un mayor uso de los dispositivos y lo que iba para un entretenimiento temporal, se consolidó como un hábito en forma de comida rápida con contenido sucesivo y olvidable.
Consumimos y consumimos sin digerir, buscando algo que nunca llega. Algo que esquive nuestro vacío interior. Buscamos el último cotilleo, ese último reel, la última novedad, ese vídeo de hace años que ya hemos visto innumerables veces. Y vuelta a empezar en un bucle sin fin mientras pasan los minutos, las horas. Nos pasa la vida.
Años después de crear la interfaz, el propio Aza Raskin reconoció el impacto que podía generar este mecanismo. En una entrevista llegó a compararlo con “cocaína conductual”, el cerebro no dispone del tiempo para procesarlo y el resultado es una dinámica de repetición constante. Por su parte, Sandy Parakilas, exdirector de operaciones de Facebook, lo equiparaba con el de las máquinas tragaperras. Una dinámica sustentada en la expectativa permanente. Cada nueva pieza promete una recompensa superior a la anterior y, al desaparecer un límite reconocible, nos arrastra la inercia y el tiempo pasa sin que seamos conscientes.
Probablemente te has sentido identificado con lo anteriormente expuesto y reconozcas alguna de las conductas expuestas como propias. Te propongo algo sencillo: deja lentamente el teléfono y reflexiona. No contribuyamos tanto a esto. Limitemos el consumo en la medida en que podamos. Escuchemos la radio, leamos en papel, contrastemos noticias. Tengamos personalidad, saltémonos estas normas tecno-socialmente impuestas y recuperemos el silencio. Intentémoslo o, por lo menos, hagamos del scroll algo finito.