Entre la prisa por opinar y la urgencia por hablar, hay algo que se está quedando maltratado en el camino: el idioma. No es nostalgia. Es preocupación. Como si el diccionario hubiera decidido acogerse a la pereza.
La lengua cambia, claro. Cambia siempre. Se nutre de la calle, de la música, de la frontera. Bendita mezcla. Lo que no es bendito es el abandono, esa dejadez disfrazada de modernidad. No hay que confundir evolución con abandono. Una cosa es que el idioma crezca; otra cosa dejarlo a la intemperie para evitar el “como salga”
Basta escuchar como las frases se atropellan, los verbos aterrizan de emergencia, los gerundios salen a trotar sin destino y un puñado de adjetivos todoterreno pretenden anular las ideas y el pensamiento. Sirven para todo y, por eso mismo, ya no sirven para nada.
Octavio Paz decía que cuando el lenguaje se degrada, la vida empieza a desmoronarse. Nicolás Buenaventura repetía a sus alumnos que nombrar bien, es comprender mejor. Y Lázaro Carreter, con elegancia de esgrimista, recordaba que el descuido verbal suele ser una descortesía. Es decir: hablar mal puede ser una falta de respeto.
Basta escuchar ciertos discursos políticos. Se anuncian decisiones que se “implementan hacia el futuro”, se “materializan rutas”, se “dinamizan articulaciones territoriales”, se “territorializan problemáticas”, se “potencian sinergias”. Traducido al castellano de la abuela: suena importante sin explicar nada. Es una forma de esconder el vacío.
En las aulas ocurre casi lo mismo y el idioma no está a salvo. Profesores que “socializan temáticas”, estudiantes que “aperturan procesos”, reuniones que “se direccionan”. Ya nadie explica: ahora se “socializa”. No se empieza: se “apertura”. No se resuelve: se “direcciona”. Verbos inflables, que existen en la imaginación pero que, misteriosamente, sobreviven.
Y en los medios —donde hay que ser guardianes del puente— a veces se ayuda a dinamitarlo. Accidentes con “muertos fallecidos”, reporteros que preguntan “qué tan verdadera es la verdad”, libretos redactados a la velocidad de un teclado en pánico. García Márquez, que sudaba cada línea, pedía precisión, música, respeto por el lector.
La escena se completa en los conciertos. Los ídolos de tarima, los artistas que entre canción y canción administran vulgaridades como si la grosería fuera certificado de autenticidad. Olvidan que miles de jóvenes aprenden a nombrar el mundo con esas palabras. El micrófono también educa, incluso cuando desafina.
Hablar bien no es asunto de élites. Es tomarse el trabajo de que el otro entienda sin esfuerzo. Es podar la frase inflada, desconfiar del cliché, huir del lugar común porque el idioma no es adorno. Con él negociamos, disentimos, amamos, construimos acuerdos. Conviene elegir la palabra justa y retirar la que sobra.
Se trata de releer antes de disparar las palabras porque el idioma no es maquillaje: es la herramienta con la que construimos realidad. Si lo empobrecemos, erosionamos el debate; si lo llenamos de ruido, debilitamos la convivencia.
Tal vez por eso cuidar las palabras sea una forma de ciudadanía. Una manera íntima de decirle al otro: me importas lo suficiente como para intentar que entiendas exactamente lo que quiero decir.
En tiempos de furia verbal, la verdadera rebeldía podría ser ésta: bajar el volumen, afinar la frase y volver, simplemente, a decir, a hablar mejor. Última frase: este 9 de febrero es el día del periodista en Colombia. Comentarios al correo jorsanvar@yahoo.com