En la rebotica, donde las ideas se mezclan con el olor a plantas y a alcohol de romero, a veces vuelvo a Erwin Schrödinger. No tanto al del experimento mental con el pobre felino, sino al pensador profundo, al humanista que se negó a mirar el mundo desde una sola ventana. Reducirlo solo a la paradoja del gato, es de lo más injusto.
Schrödinger fue uno de los padres de la mecánica cuántica, pero también un puente entre disciplinas, un buscador de sentido en un siglo XX que parecía haberlo perdido. Su vida estuvo marcada por guerras, exilios y revoluciones científicas.
Sin embargo, mantuvo siempre una curiosidad renacentista. No entendía la ciencia como un territorio aislado, sino como parte de una conversación sobre la vida, la conciencia y el lugar del ser humano en el universo. Esa actitud se refleja en sus libros que hoy todavía están vigentes.
En “¿Qué es la vida?” se atrevió a plantear preguntas que entonces parecían impropias de un físico: ¿cómo se organiza la materia para dar lugar a un ser vivo?, ¿qué leyes gobiernan la herencia?, ¿cómo puede la vida mantener el orden en un universo que tiende al desorden? Aquel pequeño libro muy íntimo, escrito con un lenguaje accesible, inspiró a toda una generación de biólogos, entre ellos a quienes descubrirían la estructura del ADN. Schrödinger no era biólogo, pero supo ver donde otros no miraban.
En “Ciencia y humanismo” defendió algo que hoy necesitamos más que nunca, que la ciencia no puede desligarse de la ética, ni de la responsabilidad. Para él, el conocimiento debía estar al servicio de la vida, no del poder y en mi humilde opinión, hoy no estamos ahí.
En “Mi concepción del mundo” se adentró en cuestiones filosóficas con naturalidad: habló de la unidad de la conciencia, de la relación entre mente y materia y de la imposibilidad de separar al observador de lo observado. No buscaba respuestas definitivas, sino una comprensión más profunda de lo que significaba existir.
Lo que más me impresiona de Schrödinger no es su famosa ecuación que cambió la física para siempre, sino su valentía para hacerse preguntas esenciales sin miedo a cruzar fronteras entre disciplinas. En un mundo que tiende a compartimentarlo todo, él insistía en lo contrario, en que la realidad es una sola, aunque la estudiemos desde ángulos distintos.
Quizá por eso sigue siendo tan actual, porque nos recuerda que la ciencia necesita del humanismo, tanto como el humanismo necesita de la ciencia. Que comprender el mundo no es solo medirlo, sino también interpretarlo. Y que la curiosidad, cuando se acompaña de responsabilidad, puede convertirse en una forma de respeto hacia el mundo que intentamos comprender.
En la rebotica, mientras hojeo sus libros, pienso que Schrödinger encarna algo que no deberíamos perder, la valentía de conectar lo que otros ignoran. Y que, incluso en esta era de algoritmos, todavía podemos aspirar a mirar el mundo con una amplitud verdaderamente humana.