29 de junio. Mariana me dejó. La chica cervantina lo tenía clarito cuando nos conocimos. Hace tres años. «- Peter, en los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes». Y con esa idea, tras mil noventa y cinco días, tal 29 de junio, Mariana no quiso continuar nuestra relación. Y, además, sin migas de duda, por cierto.
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¿Antes las parejas duraban más? ¿Hasta una vida? No sé qué responder. A lo mejor, hay que desmitificar el asunto apuntando que entre nuestros abuelos había de todo. … Pero como se quería salir adelante frente a tantas dificultades económicas, acaso no se prestaba una especial mirada a los reveses íntimos. Y, por otro lado, quizás, porque existía la firme idea de que el acuerdo afectivo era un «para siempre», y ante ese «siempre» había que encontrar soluciones como fuera. «¿Sabes lo que va a pasar, ¿Peggy? Puede que nos lleve años llegar a alguna parte. No tenemos dinero. No tenemos un lugar decente donde vivir. Habremos de trabajar. Nos patearán», dice Fred Derry en el clasicazo Los mejores años de nuestra vida (William Wyler, 1946). En cambio, en nuestros momentos, tal vez con mentalidades más atentas a obsolescencias sentimentales programadas, parece no haber mucha paciencia con vistas a lograr comunicación, confianza, conocimiento, seguridad, validación. Hay que recurrir al cambio rápido para hallar, subrayan algunos. «Busque, compare, y si encuentra algo mejor…». «Pruebe, sin compromiso, y si no está satisfecho…». ¿Hemos alcanzado una mercantilización del amor? ¿La convivencia, el darse, en cómodos plazos? ¿Y con garantías de sencilla anulación en tres semanas? ¡Si hoy incluso es posible dejar a una persona por wasap! ¡Casi sin mover un dedo! Tic, tic, tic. ¿Estaremos confundiendo amor, que se construye de barro y tiempo, con sentimiento, que se vive como polvo de estrellas? «[El amor.] Perdura a pesar de todo, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta», leemos en la Primera carta del apóstol Pablo a los corintios. ¿De verdad, todo lo soporta?
En fin… Después de lo de Mariana, no hay otra que reinventarme, no quedarse varado en el recuerdo y, eso sí, sin la obsesión de otro Peter, un apellidado Balbuena, el protagonista de Tantas veces Pedro (Alfredo Bryce Echenique, 1977). que procuraba vivir en sucesivas mujeres migajas de su pan-pasión por Sophie. Entonces… a ver si vuelvo a amar… y suena la Campanilla.