Entre la ley y la honestidad

Terremoto físico y metafísico

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“La metafísica es un oscuro océano sin orillas ni faros, sembrado de muchos escombros”

Immanuel Kant

Hay ciertos emplazamientos de nuestro planeta en los que la historia, causalmente -no casualmente- rubrica un devenir de acontecimientos cuya conexión pareciera responder a algún tipo de razón; como si, detrás de esos hechos, existiera una especie de batalla entre fuerzas que no se ven pero que sí se sienten a través de sus efectos.

Hechos concatenados que se suceden de tal manera que a una manifestación del bien le sigue otra del mal, y con una intensidad o proporcionalidad equivalente. Ya sucedió en la tierra natal de Jesús de Nazaret, lugar que asistió hace milenios a la obra de un ser excepcional que abrió el mundo a la luz y que, desde entonces, está sumido en la sombra, en uno de los conflictos humanitarios más terribles que se han conocido.

Y ha vuelto a pasar recientemente cuando la tierra se movió sacudiendo sin piedad al pueblo de Venezuela, país que se ha encontrado en una situación económica, jurídica y social impensable en un contexto internacional contemporáneo que dice estar respaldado por la protección de los derechos más inherentes del ser humano, por el imperio de la ley y del Estado de Derecho. La primera piedra para la superación de la calamidad política que ahí se vivía, que fue colocada en fechas no lejanas, parece que ha recibido una respuesta en sentido negativo, una reacción en forma de terremoto que se ha encarnizado con unas personas y un lugar que empezaba a salir de la caverna; es como si aquello que estuviera dolido por el avance logrado se encargase de poner todo tipo de palos en las ruedas y hubiera tirado, literalmente, sobre la salida de esa cueva un muro de rocas que no permite que los rayos de la merecida prosperidad toquen la faz de las buenas gentes.

Un terremoto que ha levantado un polvo físico, con su injusto epicentro en aquellas tierras y, a la vez, también ha removido otras polvaredas, ha generado una onda expansiva desde allí de tal envergadura que ha trascendido lo físico para cruzar los océanos y hacer temblar los resortes éticos de la otra parte del mundo. Un movimiento de tierras con su reflejo en la sacudida de la moral pública, materializada en la corrupción que sale a flote y navega de costa a costa, revelando una cara oculta detrás de las apariencias.

El temblor ha sido físico y cruel, pero también lo es bajo las formas, tras la materia, en la propia esencia de las cosas. Aquél, aunque desolador y desgraciado, tiene un límite; éste, más profundo e inserto en un plano ético, tiende a no cesar, a perpetuarse y resonar a través del tiempo.

La historia así lo relata. La actualidad lo certifica.