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  <title><![CDATA[El Diario de Madrid :: RSS de «Pedro Tena Tena»]]></title>

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    <description><![CDATA[Noticias de Madrid y la Comunidad de Madrid. Actualidad, economía, política, cultura, sociedad, empresas, tecnología, entrevistas y análisis en el periódico digital de los madrileños.]]></description>
    <lastBuildDate>Thu, 23 Jul 2026 08:33:19 +0200</lastBuildDate>
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  <title><![CDATA[La vida de Smith College en Madrid (1930-1931)]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Sun, 12 Jul 2026 09:31:00 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[  El primer año de estudios  Junior  en España  

  Elizabeth A. Foster  

  (Directora del grupo en Madrid / 1930-1931)  

  [(y II)]  

 […] 

 Como ya se ha mencionado, los disturbios políticos [durante nuestra estancia en la capital española]...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>El primer año de estudios <em>Junior</em> en España</strong></p>

<p><strong>Elizabeth A. Foster</strong></p>

<p><strong>(Directora del grupo en Madrid / 1930-1931)</strong></p>

<p><strong>[(y II)]</strong></p>

<p>[…]</p>

<p>Como ya se ha mencionado, los disturbios políticos [durante nuestra estancia en la capital española] no alteraron la vida cotidiana del grupo. Tal vez sea este el momento oportuno para describir cómo era dicha vida.</p>

<p>En primer lugar, las jóvenes se alojaban en la <em>Residencia </em>[<em>de Señoritas</em>], un complejo de cuatro casas con sus jardines situado en una zona elegante y nueva de Madrid. La <em>Residencia</em> acoge a chicas españolas que llegan a la capital para cursar estudios universitarios, formarse en la Escuela Normal o asistir a otros centros especializados; además, admite a un pequeño número de estudiantes extranjeras. Cada casa cuenta con una <em>Directora</em>, figura equivalente a nuestra <em>Head of House</em>. Las jóvenes debían estar a las nueve de la noche -hora de la cena-, y entre las diez y las diez y media la <em>Directora</em> pasaba para confirmar la presencia de todas. Solo podían salir por la noche con un permiso especial, y no se esperaba que lo solicitaran más de dos veces por semana.</p>

<p>Al principio, pareció una gran prueba adaptarse a ciertas costumbres: tener que vivir en una habitación con un armario exento en lugar de uno empotrado, cenar a las nueve en vez de a las seis, soportar una calefacción insuficiente en los edificios -y no disfrutar de una temperatura alta-, por ejemplo. Con el tiempo, las jóvenes comprendieron que no cabía esperar que Madrid cambiara&nbsp;</p>

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	<div class="article-data"><a href="/articulo/cronica-cultural/primer-ano-estudios-junior-espana-elizabeth-foster-directora-grupo-madrid-1930-1931/20260711095405137024.html">Smith College en un Madrid republicano</a></div>
	</li>
</ul>
</div>

<p>sus costumbres para amoldarse a ellas, y la convivencia se volvió más llevadera. Entretanto, encontraron numerosos atractivos en Madrid y sus alrededores: museos, parques, castillos antiguos, pueblos pintorescos, librerías, salones de té, corridas de toros, conciertos, teatros, etcétera. ¡Hasta descubrieron esos salones de té mucho antes de que la Directora del grupo pudiera llevar un control sobre sus salidas! Estas actividades, por supuesto, tenían lugar durante su tiempo libre, que disponían en abundancia en septiembre, aunque mucho menos más adelante.</p>

<p>El grupo llegó a Madrid procedente de Santander el primer día de septiembre, y durante ese mes solo dedicaba dos horas diarias a la composición y conversación en español. El 30 de septiembre se inscribieron para cursar en la Universidad [Central] y en el <em>Centro de Estudios Históricos</em>. La matrícula en esta última institución fue un trámite sencillo y eficiente, pero en la Universidad fue muy distinto. Nos vimos envueltas en una burocracia aparentemente interminable. Todo se complicó por el hecho de que el plan académico había sido modificado por completo apenas uno o dos días antes, y nadie sabía con exactitud qué materias se impartirían. No obstante, tras lidiar con diversos funcionarios subalternos desconcertados y hacer cola durante horas (¡el proceso duró desde las cinco hasta las nueve de la noche!), la inscripción se completó a falta de algunos detalles importantes.</p>

<p>La organización definitiva del programa para el grupo fue la siguiente, a grandes rasgos: por la mañana, en la Universidad, dos horas semanales de historia de España y, en el <em>Centro</em><u>,</u> dos horas semanales de gramática y composición (una clase particular impartida por un joven del <em>Centro</em>) y cuatro horas semanales de lectura, debate y presentación de informes basados ​​en el contenido de las conferencias sobre literatura española; por la tarde, de seis a ocho, conferencias en el <em>Centro </em>sobre fonética, literatura, historia, arte y costumbres españolas. Dos de las jóvenes siguieron un curso de lengua francesa en el excelente Instituto Francés.</p>

<p>No sería posible hacer un relato del primer año de estudios en España (el <em>Junior Year</em>) sin expresar nuestro más profundo agradecimiento por el amable&nbsp;</p>

<p>interés y la cordial colaboración de cada una de las personas relacionadas con la <em>Residencia de Señoritas</em> y con el <em>Centro de Estudios Históricos</em>. Smith College cuenta en Madrid con buenos amigos, que siguen con gran interés el proyecto de este programa, y ​​creo que el primer grupo ha realizado una labor lo suficientemente buena como para que esos amigos sientan que los esfuerzos dedicados hacia nosotras han valido la pena.</p>

<p>[Elizabeth A. Foster. Y Marian Baucus, Agnes Sylvia Breck, Evelyn M. Desha, Bernice Foster, Mary D. Hanna, Virginia Keeney, Marie L. Linehan, Helen McLaughlin, Lydia C. Weare, Henrietta Wisner].</p>

<p><strong>Final de la cuarta y última parte</strong></p>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Smith College en un Madrid republicano]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Sat, 11 Jul 2026 09:54:05 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[  El primer año de estudios  Junior  en España  

  Elizabeth A. Foster  

  (Directora del grupo en Madrid&nbsp; / 1930-1931)  

  [(I)]  

 El primer grupo  Junior  en España, tras haber superado con éxito un año en el extranjero y una...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>El primer año de estudios <em>Junior</em> en España</strong></p>

<p><strong>Elizabeth A. Foster</strong></p>

<p><strong>(Directora del grupo en Madrid&nbsp; / 1930-1931)</strong></p>

<p><strong>[(I)]</strong></p>

<p>El primer grupo <em>Junior</em> en España, tras haber superado con éxito un año en el extranjero y una revolución, se encuentra de regreso en Estados Unidos y en condiciones de repasar las actividades -tanto académicas como de ocio- y valorar la importancia de la experiencia vivida. Smith College no podría haber elegido un momento más interesante para iniciar este programa en España. Los miembros del primer grupo jamás olvidarán la emoción de vivir en Madrid durante los días de incertidumbre y tensión previos a las trascendentales elecciones municipales del 13 [(<em>sic</em>, por <em>12</em>)] de abril [de 1931], ni el estallido de júbilo que siguió a la proclamación de la República. No solo fue una oportunidad para presenciar un episodio histórico de especial relevancia, mientras se desarrollaba, sino también una ocasión inestimable para profundizar en el conocimiento y la comprensión del carácter español. Estoy segura de que todas sentimos cómo nuestro aprecio y respeto por los españoles se vieron aún más fortalecidos gracias a la actitud de los madrileños durante aquellas primeras semanas cruciales de la República.</p>

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	<div class="article-data"><a href="/articulo/cronica-cultural/smith-college-impresiones-espanolas-1930/20260710075401136861.html">Smith College. Impresiones españolas (1930)</a></div>
	</li>
</ul>
</div>

<p>A lo largo del año hubo desórdenes estudiantiles esporádicos en la Universidad, que provocaron el cierre temporal de esa venerable institución durante periodos más o menos prolongados. … Y una huelga general en noviembre, que resultó bastante fallida. Se produjeron intentos ocasionales de tirotear las oficinas del periódico monárquico <em>ABC</em>, situado en nuestro barrio. Y en mayo se incendiaron unos diez o una docena de conventos. Sin embargo, todos estos altercados apenas afectaron a la vida del grupo. El cierre de la Universidad no nos preocupó, ya que las chicas solo cursaban una asignatura allí y en el momento de la clausura estaban dedicadas a informes extensos. Aquello supuso que trabajaran con algo menos de supervisión de lo habitual, aunque el profesor se mostró muy satisfecho con la labor realizada. La huelga general de noviembre obligó a cancelar los permisos para asistir a un baile y, durante los momentos de mayor agitación por la quema de conventos, se exigió a las chicas que permanecieran dentro del recinto de la <em>Residencia </em>[<em>de Señoritas</em>]. No obstante, la Directora del grupo aprovechó la primera oportunidad para ir a ver uno de los incendios más grandes, y le impresionó enormemente el suceso. Las calles presentaban un aspecto insólito, pues destacamentos de ametralladoras ocupaban ciertos puntos estratégicos. Dos edificios enormes ardían con fuerza mientras una multitud interesada, pero perfectamente serena y tranquila, llenaba las calles y vitoreaba a los bomberos, que combatían el incendio… ¡con <em>una sola</em> manguera y <em>una pequeña manguera de jardín</em>! (En Madrid se producen muy pocos fuegos, por lo que la ciudad no está equipada para hacer frente a diez o doce grandes siniestros simultáneos en distintos puntos de la urbe).</p>

<p>[…]</p>

<p><strong>Final de la tercera parte&nbsp;</strong></p>
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        <media:title><![CDATA[Smith College en un Madrid republicano]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Smith College. Impresiones españolas (1930)]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Fri, 10 Jul 2026 07:54:01 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[  Noticias de Smith College en España  

  Informe del grupo de estudiantes  

  [(y II)]  

 […] 

 El señor [José] Vicente Barragán, director de la [santanderina] Escuela de Verano, fue nuestro profesor [en agosto de 1930]. Nos sentábamos en...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Noticias de Smith College en España</strong></p>

<p><strong>Informe del grupo de estudiantes</strong></p>

<p><strong>[(y II)]</strong></p>

<p>[…]</p>

<p>El señor [José] Vicente Barragán, director de la [santanderina] Escuela de Verano, fue nuestro profesor [en agosto de 1930]. Nos sentábamos en duros bancos de madera desde las nueve hasta las doce para asistir a clases que incluían gramática, redacción y lectura. Durante las dos primeras semanas, el señor Barragán daba lecciones acerca de «Literatura sudamericana». Posteriormente, en el Colegio Cántabro, asistimos a conferencias centradas en «Literatura española contemporánea», a cargo de Pedro Salinas; de «Fonética», impartidas por T. [Tomás] Navarro Tomás; y sobre «Historia y Arte», con profesores de diversas universidades españolas.&nbsp;</p>

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	<li>
	<figure class="image capture"><img width="120" height="68" alt="" src="/asset/zoomcrop,480,270,center,center/media/eldiariodemadrid/images/2024/11/27/2024112717045651779.jpg" /></figure>

	<div class="article-data"><a href="/articulo/cronica-cultural/espana-smith-college-1930-1931/20260709082037136709.html">La España de Smith College (1930-1931)</a></div>
	</li>
</ul>
</div>

<p>Como complemento a los cursos, visitamos varios lugares de interés cercanos a Santander: entre otros, Santillana del Mar, residencia del primer marqués de Santillana, Vicente [(sic, por Íñigo)] López de Mendoza, y Cabezón de la Sal, donde gracias a la ayuda de Concha Espina, autora de La esfinge maragata, pudimos disfrutar de bailes regionales y canciones.&nbsp;</p>

<p>Hacia finales de mes llegaron la señorita Foster y dos graduadas, Marian Baucus y Henrietta Wisner (promoción de 1930 de Smith [College]). Y un domingo de calor sofocante partimos hacia Madrid. El tren era lo que los españoles llaman un «rápido», pero avanzaba lentamente a través de un hermoso paisaje montañoso, deteniéndose en pueblos diminutos, de nombres curiosos, para tomar aliento antes de la siguiente subida. En Reinosa, en pleno corazón cántabro, tuvimos que bajar a toda prisa… ¡para degustar una comida de seis platos en apenas veinte minutos! A la hora de la merienda, ya habíamos dejado atrás las montañas y el paisaje monótono empezaba a deprimirnos. Cuando llegamos a Madrid, a las diez y media, ya nada importaba demasiado.&nbsp;</p>

<p>La señorita Enriqueta Martín nos recibió afectuosamente en la estación, y luego nos acomodamos, agotadas, en los taxis. Madrid lucía especialmente hermosa aquella noche, con sus amplias avenidas arboladas y bien iluminadas. La Residencia [de Señoritas], en la calle Fortuny, número 53, nos habría levantado el ánimo a todas, si la primera impresión no se hubiera visto algo empañada por la visión del muro de tres metros que rodea la casa y los jardines.&nbsp;</p>

<p>Las clases para el grupo de jóvenes estudiantes comenzaron a la mañana siguiente con la señorita Martín. Y como complemento a las dos horas de composición y conversación, ella organizaba una excursión cada sábado: primero, al Museo del Prado, donde saludamos apresuradamente a Velázquez, Murillo y Goya; después, a la Real Fábrica de Tapices y, la última, a la tumba de Goya, situada en la capilla que él mismo decoró con frescos. Al finalizar la primera semana, nos distribuyeron en distintas casas para fomentar un contacto más estrecho con nuestros nuevos amigos españoles.&nbsp;</p>

<p>Hemos ido innumerables veces a la Puerta del Sol, el centro de la ciudad. Hemos recorrido la calle de Alcalá y la Gran Vía. Y hemos arriesgado la vida intentando cruzar la plaza del [(sic, por de)] Castelar [(en la actualidad, Plaza de Cibeles)]. Sí, el tráfico aquí es más aterrador que en Nueva York. Hemos asistido a una representación de zarzuela, una especie de comedia musical, y a una función de la obra de Calderón El alcalde de Zalamea. Hemos paseado por el parque del Retiro. Y, a diario, nos agradan o despiertan nuestra curiosidad la forma de vestir y las costumbres de la gente.&nbsp;</p>

<p>Así pues, tras un mes en Madrid, deseamos ver con gran curiosidad cómo será el sistema educativo español.</p>

<p><strong>Final de la segunda parte</strong></p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Smith College. Impresiones españolas (1930)]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[La España de Smith College (1930-1931)]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/cronica-cultural/espana-smith-college-1930-1931/20260709082037136709.html</link>
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  <pubDate>Thu, 9 Jul 2026 08:20:37 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Residencia de Señoritas. Un lugar, Madrid. Un tiempo, 1915. Hermana de la Residencia de Estudiantes, marco vital para Buñuel, Dalí y Lorca, la nueva&nbsp; institución nace con el objetivo de alojar a futuras alumnas que acuden a la capital con el...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Residencia de Señoritas. Un lugar, Madrid. Un tiempo, 1915. Hermana de la Residencia de Estudiantes, marco vital para Buñuel, Dalí y Lorca, la nueva&nbsp; institución nace con el objetivo de alojar a futuras alumnas que acuden a la capital con el fin de acrecentar una formación académica y cultural en diferentes centros educativos. Dirigida por María de Maeztu, la Residencia de Señoritas establecerá lazos con los más relevantes núcleos norteamericanos de enseñanza superior en artes liberales creados exclusivamente para mujeres. Es el caso de las llamadas «Siete Hermanas». … Un consorcio de colegios femeninos -Barnard, Bryn Mawr, Mount Holyoke, Radcliffe, Smith, Vassar y Wellesley- erigido oficialmente en 1926 para favorecer un alto nivel de educación en las jóvenes de inicios del siglo XX. … Unos focos docentes donde se sentirán las bases intelectuales de la mirada feminista en Estados Unidos y, también, las claves del internacionalismo cultural universitario.&nbsp;</p>

<p>Las siguientes líneas dan general presentación a dos escritos procedentes de los archivos del citado Smith College (Northampton, Massachusetts) que reflejan la experiencia española de un grupo de alumnas Juniors (estudiantes en su tercer año) en 1930 y 1931. En concreto, impresiones sobre Santander, primero, y Madrid, después. Para más detalles, los textos se encuentran en The Smith Alumnae Quarterly, brindados muy generosamente por Elise Kennedy (Smith College Special Collections): 1930-1931 / Spain. Special Programs records / College Archives: CA-MS-01009 / Smith College Special Collections. Para la versión en español, nuestro agradecimiento a Sergey Brin (Stanford University) y Larry Page (Stanford University). Corregimos detalles y editamos puntuación.</p>

<p>…</p>

<p><strong>Noticias de Smith College en España</strong></p>

<p><strong>Informe del grupo de estudiantes</strong></p>

<p><strong>[(I)]</strong></p>

<p>El 1 de agosto [de 1930], las estudiantes de tercer año (Juniors) ya nos encontrábamos en Santander, un conocido centro vacacional de verano en la costa norte de España. Durante un mes asistimos en el Colegio Cántabro a cursos de la Universidad de Liverpool y a conferencias del Curso de Verano Menéndez y Pelayo. Las actividades fueron reseñadas por La Voz de Cantabria, uno de los diarios locales:</p>

<p>«Deseamos describir la labor de un grupo de jóvenes estadounidenses que han venido a perfeccionar sus conocimientos de nuestro idioma. Estas alumnas proceden de Smith College y de Wellesley College. Su directora es la señorita Lorna Lavery, profesora de Lengua y Literatura españolas en Wellesley College. Permanecerán aquí hasta finales de agosto, momento en que partirán hacia Madrid para recibir clases particulares hasta la apertura de la Universidad Central, en octubre. Entonces, las estudiantes quedarán a cargo de una profesora de Smith [College], la señorita Elizabeth Foster. Es de esperar que otras universidades estadounidenses sigan el ejemplo de Smith y Wellesley...».</p>

<p>[…]</p>

<p><strong>Final de la primera parte</strong></p>

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	<li>
	<figure class="image capture"><img width="120" height="68" alt="" src="/asset/zoomcrop,480,270,center,center/media/eldiariodemadrid/images/2024/11/27/2024112717045651779.jpg" /></figure>

	<div class="article-data"><a href="/articulo/cronica-cultural/smith-college-impresiones-espanolas-1930/20260710075401136861.html">Smith College. Impresiones españolas (1930)</a></div>
	</li>
</ul>
</div>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[La España de Smith College (1930-1931)]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
      </media:content>
        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Migajas de Peter Pan]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Mon, 29 Jun 2026 08:59:21 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ 29 de junio. Mariana me dejó. La chica cervantina lo tenía clarito cuando nos conocimos. Hace tres años. «- Peter, en los reinos y en las repúblicas bien ordenadas,   había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>29 de junio. Mariana me dejó. La chica cervantina lo tenía clarito cuando nos conocimos. Hace tres años. «- Peter, en los reinos y en las repúblicas bien ordenadas, <a name="fol_1_2"></a>había de ser limitado el tiempo de los matrimonios, y de tres en tres años se habían de deshacer, o confirmarse de nuevo, como cosas de arrendamiento; y no que hayan de durar toda la vida, con perpetuo dolor de entrambas partes». Y con esa idea, tras mil noventa y cinco días, tal 29 de junio, Mariana no quiso continuar nuestra relación. Y, además, sin migas de duda, por cierto.</p>

<p>… … … … … … …</p>

<p>… … … … …</p>

<p>… … …</p>

<p>…</p>

<p>¿Antes las parejas duraban más? ¿Hasta una vida? No sé qué responder. A lo mejor, hay que desmitificar el asunto apuntando que entre nuestros abuelos había de todo. … Pero como se quería salir adelante frente a tantas dificultades económicas, acaso no se prestaba una especial mirada a los reveses íntimos. Y, por otro lado, quizás, porque existía la firme idea de que el acuerdo afectivo era un «para siempre», y ante ese «siempre» había que encontrar soluciones como fuera. «¿Sabes lo que va a pasar, ¿Peggy? Puede que nos lleve años llegar a alguna parte. No tenemos dinero. No tenemos un lugar decente donde vivir. Habremos de trabajar. Nos patearán», dice Fred Derry en el clasicazo <em>Los mejores años de nuestra vida</em> (William Wyler, 1946). En cambio, en nuestros momentos, tal vez con mentalidades más atentas a obsolescencias sentimentales programadas, parece no haber mucha paciencia con vistas a lograr comunicación, confianza, conocimiento, seguridad, validación. Hay que recurrir al cambio rápido para hallar, subrayan algunos. «Busque, compare, y si encuentra algo mejor…». «Pruebe, sin compromiso, y si no está satisfecho…». ¿Hemos alcanzado una mercantilización del amor? ¿La convivencia, el darse, en cómodos plazos? ¿Y con garantías de sencilla anulación en tres semanas? ¡Si hoy incluso es posible dejar a una persona por wasap! ¡Casi sin mover un dedo! Tic, tic, tic. ¿Estaremos confundiendo amor, que se construye de barro y tiempo, con sentimiento, que se vive como polvo de estrellas? «[El amor.] Perdura a pesar de todo, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta», leemos en la <em>Primera carta del apóstol Pablo a los corintios</em>. ¿De verdad, todo lo soporta?</p>

<p>En fin… &nbsp;Después de lo de Mariana, no hay otra que reinventarme, no quedarse varado en el recuerdo y, eso sí, sin la obsesión de otro Peter, un apellidado Balbuena, el protagonista de <em>Tantas veces Pedro</em> (Alfredo Bryce Echenique, 1977). que procuraba vivir en sucesivas mujeres migajas de su pan-pasión por Sophie. Entonces… a ver si vuelvo a amar… y suena la Campanilla.</p>
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        <media:title><![CDATA[Migajas de Peter Pan]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Los cucos no viven mil y pico años]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Mon, 25 May 2026 08:59:30 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[Inicio de lectura: 00:00:00. Nacemos en un año, un mes, un día, una hora, un minuto. Y a partir de nuestro original segundo, no olvidamos celebrar un cu-cu-cuando. Festejamos cu-cu-cumpleaños: recompensamos el vivir hasta los mínimos instantes....]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[Inicio de lectura: 00:00:00. Nacemos en un año, un mes, un día, una hora, un minuto. Y a partir de nuestro original segundo, no olvidamos celebrar un cu-cu-cuando. Festejamos cu-cu-cumpleaños: recompensamos el vivir hasta los mínimos instantes. Invisibles cada uno de ellos, cierto, pero siempre presentes. «Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo de los cielos tiene su hora» (Eclesiastés, 3). El tiempo, pues, un camino. Y, a veces, un analgésico: «No te preocupes. Con el tiempo olvidarás. Vas a ver». O el tiempo, una inversión: «- ¿Qué puede comprar que no le sea posible pagar ya? / - El futuro. Sr. Gittes. El futuro», responde el riquísimo anciano Noah Cross en Chinatown (Roman Polanski, 1974). … O el tiempo, un tesoro, concepto que nos lleva al «memento mori», locu-cu-cución clásica en torno a la fugacidad de la vida, pero igualmente sobre la consideración de tener en cu-cu-cuenta la mortalidad como una brújula para saber dirigirnos solo a nuestras valiosas prioridades. «El descubrimiento más importante que hice pocos días después de haber cumplido los sesenta y cinco años fue que no podía perder el tiempo haciendo cosas que no quiero hacer», dice Jep Gambardella en La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013). Y si sentimos que se nos fuga entre dos peces de hielo / en un whisky on the rocks (¿bien, Joaquín Sabina?), lo camuflamos con cirugías o maquillajes. O lo distorsionamos, al igual que aquel mendigo que me preguntó delante de un cine si era mañana o si era tarde. O lo esperamos en una perpetua ficción, imitando al engañado Virgil Oldman, que se refugia en el restaurante «Night and Day» de La mejor oferta (Giuseppe Tornatore, 2013). Rodeado de relojes. Fantaseando solitario con la llegada de una felicidad que no volverá. «- ¿Servicio para uno, señor? / - No. Aguardo a una persona». Pero en ese afán por atesorar tiempo, hay quien se cansa de ser un cuco marcando y marcando y marcando horas frente a recu-cu-currencias o rutinas, como el eterno Raymond Fosca en Todos los hombres son mortales, de Simone de Beauvoir (1946). O no tiene paciencia (¿… oyendo un mexicano «ahora»?). … O se rebela con un «para qué» el infinito temporal, si realmente no es más que un vacío, según Stanley Kubrick en Barry Lyndon (1976). En mi caso, y eso que disfruto con The Byrds y su «Turn Turn Turn», prefiero seguir volando con la idea de una existencia sin epílogo, aunque las alas impidan caminar, tomando palabras de Charles Baudelaire ante un albatros. Y, así, también, suponer que en algún mañana tendré la oportunidad de sanar mis heridas de junco. Y entonces no formaré parte del club de Santiago. (Sí, Santiago, el personaje de Mario Vargas Llosa en Conversación en La Catedral, que haría lo que fuera por saber en qué momento de su vida se jodió). Y entonces no declararé lo que Stephen Bishop canta en Tootsie (Sydney Pollack, 1982): «Tiempo. He gastado el tiempo viendo los trenes pasar. Toda mi vida». … Y si en esa eternidad el espíritu de mi pasado no alcanza a enorgullecerse de mi futuro, me quedará el cine, mientras. Ahí sé que incluso las tristezas se ponen guapas. Ahí las horas, los minutos, los segundos corren inamovibles… y felizmente vividos. Simple cu-cu-cuestión personal. Lectura completa: 00:02:31.]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Los cucos no viven mil y pico años]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Amor a la carbonara]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Mon, 27 Apr 2026 08:01:01 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Le Procope. Un restaurante. París. Distrito 6. Calle de l’Ancienne Comedie. En el 13. Fundado en 1686. Local de tanta histórica decoración, que uno siente que va a encontrarse con Diderot, Rousseau, Voltaire... En otras palabras, puro lujerío,...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Le Procope. Un restaurante. París. Distrito 6. Calle de l’Ancienne Comedie. En el 13. Fundado en 1686. Local de tanta histórica decoración, que uno siente que va a encontrarse con Diderot, Rousseau, Voltaire... En otras palabras, puro lujerío, ese que bien saben mostrar los franceses cuando se ponen en plan Oh là là versallesco. Y allí, a comer un 24 de diciembre. ¡Y no con la intención de pedir cinco cremas o sopas, imitando a Bruce Lee en una hilarante escena de El furor del dragón (1972)! … Ya que se iba a disfrutar en célebre testimonio de la cuisine gala, la casa por la fenêtre. … Y entonces aparece, por fin. («Yo: - Estoy encantado de que hayas decidido venir. / Ella: - Bueno, debo admitir que tenía curiosidad. / Camarero: - ¿Algo para empezar? ¿Un poco de vino, tal vez? / Yo: - ¿Tinto? / Ella: - ¿Francés? / Yo: - Burdeos. / Ella: - ¿Château Margaux? / Yo: - ¿Del 57? / Ella: - 59. / Yo: - Del 54»). Y, al momento, una crueldad intolerable: me rompen la fantasía enológica cuando nos dirigen a una sala con mesas muy próximas. Y adiós a fardar con la bebida en semejante espacio. Al menos, no desentonar demasiado y vivir parte del sueño: Bourgogne Hautes-Côtes de Beaune, para ella, y Puisseguin Saint-Émilion Château des Laurets, para mí, s’il vous plaît. … Y en el lugar, mucha clientela. A nuestro lado, dos franceses. Ella. Él. Maduritos sin complejos. Elegante la madame. Estiloso el monsieur. … Y mirándose, se les hacía la boca agua. (Yo: «- Una botella de Vichy. Merci»). Imposible no dejar de oír la conversación. Tan cerca. «- Los dos sabemos que tienes que estar con Dick. Si ese avión se marcha sin ti, lo lamentarás. Quizá no hoy, ni mañana, pero pronto… y el resto de tu vida. / - ¡Qué bonito! / - Es de Casablanca. Llevo toda mi vida esperando decirlo». Aquello fue la guinda de la dulzura... a lo Woody Allen. … Y para no quedarme pegado a la intimidad de los raviolis a la carbonara que comía la pareja, para no ser menos con mi acompañante, tomé doce papeles de una libreta. Escribí… y empecé a mostrárselos. Uno a uno. Despacio. «Con algo de suerte, el año que viene… / Saldré con una de estas mujeres... / [Nombres de actrices]. (Es broma, como supondrás). / Y ahora déjame decirte… / Sin grandes esperanzas… / Simplemente, porque es Navidad… / (Y en Navidad se dice la verdad). / Para mí, tú eres perfecta... / Y mi corazón siempre te amará… / Incluso viéndote así... / [Dibujo de una catrina mexicana]. / [Y última hojita]. Feliz Navidad». Realmente amor, ¿no lo creen? De película, sí. … Pero el mío, con espíritu de pecorino romano: carácter no muy fuerte y sabor intenso. … Y guanciale y pimienta negra y yema de huevo. Y pasta. «Monsieur, la cuenta, por favor».</p>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Mortalidad]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Mon, 30 Mar 2026 08:11:50 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[21:40. Entro en la sala. Me invitan a sentarme. Estoy cómodo en la butaca. No, no me apetece tomar nada, gracias. Apagan las luces. Al instante, solo un foco encendido. Después de unos minutos, aparece mi tocayo Pedro Gabriel. (Como fondo musical,...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[21:40. Entro en la sala. Me invitan a sentarme. Estoy cómodo en la butaca. No, no me apetece tomar nada, gracias. Apagan las luces. Al instante, solo un foco encendido. Después de unos minutos, aparece mi tocayo Pedro Gabriel. (Como fondo musical, «Rain in Venice», de Geoffrey Burgon). Y cae su voz. Clara. «El Libro de la Vida es largo y aburrido. Está lleno de números y palabras. Y en sus páginas uno también encuentra áridas estadísticas, mudas gráficas y hasta inútiles instrucciones; pero solo existo cuando me lo lee. ¿Para qué ser inmortal si ella falta? ¿Me ofreces ser un Hendrik van der Zee, aquel holandés errante, y navegar sin fin, sin ruta, sin tierra, hasta encontrar a otra Pandora, que me ame tanto como para morir por mí? No y no y no. Ahí tienes a Ulises, quien prefirió volver a Ítaca, a pesar de una perpetua juventud prometida por la ninfa Calipso. Mira a María, que según Frank Capra no dudó en dejar Shangri-La, lugar donde la gente era feliz, no envejecía… y vivía muchísimos años. O el ángel Damiel, en la película El cielo sobre Berlín, y su deseo de volverse mortal para sentir el inmenso gozo de ser humano: «… Ahora y ahora y ahora. Y no decir “para siempre”, “hasta la eternidad”». ¿No te parecen buenos ejemplos para olvidar tus pretendidas ansias de infinitud? Desengáñate. Aprende de los clásicos. ¡Hasta ellos tienen asumido el tiempo limitado! «Yo me llamo trescientos, / cuarenta y seis, o siete, / con humildad voy arreglando cuentas / hasta llegar a cero, y despedirme», canta Pablo Neruda. Además, existir como los struldbruggs, esos individuos perennes que no dejan de envejecer, carece de atractivo. Acuérdate de cómo los trata Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver. O lee a José Saramago en Las intermitencias de la muerte, narrando sobre un país donde la gente no muere. Lo lamento, pero tampoco escaparás de un destino con fecha de caducidad. Recuerda a Aquiles, quien ni siquiera su madre Tetis logró evitar cubrir su talón en las maravillosas aguas de Estigia. ¿Y en caso de que pudieras, tendrías la fuerza de eternizarte sin los más tuyos? ¿Cómo cargarías con tus arrepentimientos, jamás borrados, ni tus derrotas, nunca sin olvido? … Dicen que el tiempo lo cura todo, pero… ¿y si el tiempo es la enfermedad? Y para acabar… Nadie garantiza que tu imaginaria larga vida, con más experiencias, más lecturas, más películas, te dé mayores certezas y menos incertidumbres. Ni hay seguridad de que en ese allá temporal encuentres un mundo mejor. ¿Y si te descubres solo ante sus restos, como Albert Camus filosofando frente a la romana Tipasa? ¿… O igual que un desolado Charlton Heston mirando una ruinosa estatua de la Libertad en un planeta de simios? ¿Piensas que los dioses van a hacerte compañía?». Lo escucho. Y tras casi una hora y media, termina. … Y la sesión. Encienden las bombillas. En la megafonía del cine, Jean Sablon y su «Vous qui passez sans me voir». «Adieu… Bonsoir…». Y en la pantalla, en los créditos, un FIN, que poco a poco también desaparece.]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Mortalidad]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Inmortalidad]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Tue, 3 Mar 2026 09:00:04 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ ¿Morirse hoy? ¿Aceptarían? ¿Y la siguiente semana? ¿El próximo año? ¿Con cien años? ¿Ciento veinticinco, quizás? ¿En serio no quieren vivir más? ¿Realmente se conforman con ser sombra de perennidad? (¿Me expreso bien, señor Unamuno, o no llego a...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>¿Morirse hoy? ¿Aceptarían? ¿Y la siguiente semana? ¿El próximo año? ¿Con cien años? ¿Ciento veinticinco, quizás? ¿En serio no quieren vivir más? ¿Realmente se conforman con ser sombra de perennidad? (¿Me expreso bien, señor Unamuno, o no llego a ahondar en el sentimiento trágico de la vida?). ¿Avenirse solo con pequeños detalles de aparente infinitud? Por ejemplo, esos anillos en los que ustedes funden en oro la luz amorosa. ¿Y aquellos candados que imaginan la mantendrán encendida y sujeta durante un sin fin (mientras el ayuntamiento no los quite de sus puentes, claro)? ¿Y qué dicen de sus teatrales pretensiones de longevidad sin límite, atendiendo al empeño de apuntar un nombre en cualquier escenario que se considere relevante? «Pasó por aquí el adelantado don Juan de Oñate, del descubrimiento de la&nbsp;Mar del Sur. A 16 de abril del 1605», leemos en un grafiti encontrado en el monumento nacional El Morro (Nuevo México / EE. UU.). O tener un hijo. Plantar un árbol. Publicar un libro. … Ya saben. … Y más casos. Y más… pero luego, nada. La nada. … Y no me refiero a existir como alma en un paraíso religioso, ni señalo el camino de una conciencia duradera, siguiendo teorías cuánticas. Ni tampoco otras vías. «¡Bebe vino! Lograrás la vida eterna», canta Omar Khayyam en los siglos XI y XII. No… Continuar sin caducidad y sin cambio físico. Que el reloj se pare con los años que uno decida. Y con la voracidad que vemos en un moribundo John Blaylock durante el filme El ansia (Tony Scott, 1983). «- Dijiste para siempre. Sin final. ¿Lo recuerdas? / - Todos los días. / - Por siempre, dijiste. Por siempre y para siempre. Nunca envejecer. ¿Lo recuerdas?». … No concibiéndose como un poema con un último verso de pie quebrado. Y escribo muy en serio. Sin pensar en la perpetuidad del cangrejo, si atiendo ahora al significado que encierra esa expresión. Yo, sí, como un eternauta. Firme… aspirando a ver algún día mis obras concluidas o mis reparaciones satisfechas. Con el afán de que incluso mis buenas imágenes pasadas no desaparezcan. «Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia», me contradice el archicitado Roy Batty en Blade Runner (Ridley Scott, 1982). … Y solo descansar, de noche, con los labios pegados a los labios de un amor de junco, si reelaboro ahora líneas de un imperecedero fragmento de Thomas Mann en La montaña mágica (1924). (Y, de verdad, señora Vallejo, no aporto esa imagen vegetal inspirado en el título de su libro, aunque reconozco que aquí viene bien). Porque para mí la inmortalidad no es demasiado. (¿Le parece acertado escribirlo así, señor Cheng?). Y a pesar de que la biología no sienta piedad, tengo algo muy claro: deseo serme en perennes semillas de puntos y seguido.</p>

<p>.............................................</p>

<p>.............................................</p>

<p>............................................., etc.</p>

<p>Y a ustedes les respeto su querido punto final. [.]</p>
]]></content:encoded>
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        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Penélope no me pone]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Fri, 13 Feb 2026 08:40:10 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ No pocas veces siento en mí un ser raro. Señalan que una persona es atractiva, y yo no reacciono. Consulto Internet, leo prensa, veo tele, viajo entre publicidades de transportes… y allí están esas imágenes: figuras ejemplares en las que no...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>No pocas veces siento en mí un ser raro. Señalan que una persona es atractiva, y yo no reacciono. Consulto Internet, leo prensa, veo tele, viajo entre publicidades de transportes… y allí están esas imágenes: figuras ejemplares en las que no encuentro una luz que me aclare. Intento hallar una explicación. Reflexiono, y llego a la idea de que tal vez hay varios tipos de guapura exterior, los cuales no acierto a unir en un solo paradigma. ¿Belleza matemática? ¿Cultural? ¿Biológica? (De acuerdo… No siempre fundidas con la que en 1878 el ciego Pablo fue capaz de ver en la galdosiana Marianela. «La creación de la belleza o de la pureza es producto del espíritu», me dice Gustav von Aschenbach en Muerte en Venecia, según Luchino Visconti en 1971).</p>

<p>¿Entonces, Alain Delon, un nombre para la primera? ¿Quizás en El eclipse (Michelangelo Antonioni, 1962)? Sí, por qué no: una buena muestra que me lleva a la proporción áurea, ese concepto matemático que atribuye notas consideradas estéticamente agradables o perfectas. Un asunto que ocupa a artistas, científicos, filósofos… desde Euclides (ss. IV-III a. C.). Y ahí tenemos al clásico Leonardo da Vinci y su hombre de Vitrubio (h. 1490). Y en este terreno, he de reconocerlo, Alain Delon se sale. Y como sus ojos me parecen lo más llamativo, el viernes fui a una óptica. No les aburriré con medidas sobre cuencas oculares, inclinación cantal positiva, alineación y distancia interpupilar… Y tampoco voy a marearles con la relación entre frente, ojos, nariz y boca. Nada más apunto que estamos ante un ser con envidiable geometría facial, sobresaliente equilibrio numérico. De rompe y rasga, vamos.</p>

<p>¿Y qué hay de la belleza cultural? ¿Recuerdan la Venus de Willendorf, escultura datada entre 28 000 y 25 000 a. C., y&nbsp;sus brazos pequeños, caderas anchas, senos grandes, vientre abultado? ¿Y es que… cuántos cánones ha habido hasta hoy?</p>

<p>¿Compatible lo anterior con una belleza biológica? ¿En serio el componente inmunitario dirige hacia equis? ¿Mi histocompatibilidad me hace sentir bien con quienes poseen una naturaleza inmunológica diferente? ¿Un distinto antígeno leucocitario es la clave para comprender por qué alguien me pone? «- Estaba hablando de las minas de carbón. / - Ah, sí. La inhalación del polvo de carbón provoca una forma específica de la enfermedad que se denomina antracosis. / - ¿Hay otras? / - Sí, la producida por el polvo de metal. La siderosis, ya sabe. / - Sí, claro. La siderosis. / - Y la silicosis… por polvo de roca, minas de oro. / - Entiendo». ¡Y zas! ¡Flechazo! ¡Ya está! … Y Laura Jesson y el doctor Alec Harvey, enamorados en Breve encuentro (David Lean, 1945). ¡Que también hay más que dopamina, feniletilamina, oxitocina, serotonina y vasopresina!</p>
Con lo expuesto, les declaro que solo me reconozco sensible ante mis particulares miradas. Sobre todo, frente a lo adquirido en películas vistas durante la infancia. (Como Fernando Fernán Gómez, que con diez u once años, recuerda, se enamoró de Marlene Dietrich). ¡Largometrajes de niñez! ¡Tesoros! «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón». (¿Me equivoco, Jesús?). Y, así, soy feliz en una playa hawaiana con Deborah Kerr en De aquí a la eternidad (Fred Zinnerman, 1953) o en la selva amazónica de Cuando ruge la marabunta (Byron Kaskin, 1954), mientras Eleanor Parker toca el piano, o paseando por Hiroshima con Emmanuelle Riva (Alain Resnais, 1959) o en una estación de esquí francesa junto a Annie Girardot en Vivir para vivir (Claude Lelouch, 1967). En fin… Nombres distinguidos con una cruz que dibujo al lado. ¿Qué te voy a contar más, Penélope? &nbsp; &nbsp;]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Penélope no me pone]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Cortes]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Tue, 30 Dec 2025 19:14:52 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ El pasado jueves me cortaron. El pelo. A las diez. «Estefanía Fariña». ¿Buzz cut? ¿Crop francés? ¿Fade clásico? ¿Pompadour moderno? ¿Texturizado con flequillo? Me quedé pasmado ante Paqui con la variedad de estilos. En fin… Ni corto… ni perezoso,...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>El pasado jueves me cortaron. El pelo. A las diez. «Estefanía Fariña». ¿Buzz cut? ¿Crop francés? ¿Fade clásico? ¿Pompadour moderno? ¿Texturizado con flequillo? Me quedé pasmado ante Paqui con la variedad de estilos. En fin… Ni corto… ni perezoso, una respuesta directa, rápida, sin tintes. «Lo tradicional. Tijera. Atención a nuca y patillas. Cuidado detrás de las orejas. Un poco de champú para empezar. Y lavado, por último. Y nada de complemento ni suavizante, por favor». «¿Y qué tal la semana?».</p>

<p>Dedicarse a las faenas de corte… y confección capilar debe ser subvencionado con una permanente acción reguladora por parte del Ministerio de Asuntos Sociales, Consumo y Agenda 2030. En serio. Lo escribo en serio. Sin ironía, sin rizos retóricos. Bien de sobra se conocen las labores de terapia social de los profesionales de la peluquería. Actuar, pues, como se hace con los viajes del Imserso, ese saludable programa del Instituto de Mayores y Servicios Sociales. Y, por pedir, igual complemento económico a sacerdotes, confesando, recomendando. «- Pero… Pero, mujer, eso no tiene importancia ninguna. Nada. ¡Que no seáis ñoñas!», escuchamos al padre Álvarez en La Tía Tula (Miguel Picazo, 1964). Y puestos a continuar siendo rumbosos en los presupuestos estatales, lo mismito destinado al camarero de barra fiel y generoso lingotazo, según el grado del problema, claro. «Scully, ¿cómo va la película? / - Bien. Bien. / - Bien. / - Dame un Jack Daniel’s. Solo. / - ¿En serio, Scully? Lo dejaste. ¿Lo olvidas? / - Solo hazlo, Bob. / - ¿Qué te pasa? ¿Cortaron tu mejor escena? / - ¿Otro? / - ¿Carol?», se pregunta en Doble cuerpo (Brian de Palma, 1984). Y, por consiguiente, también, para Paqui. Para Paqui una partida extra en su salario. A ella, sí, que sabe dar aclarado a las peticiones de los clientes, pero sin cargar las tintas en la curiosidad, ni dar superficiales mechas en sus comentarios.</p>

<p>«- Si yo te contara, Pedro. Aquí se oyen historias alegres, pero hay personas que no se cortan en desahogarse con sus situaciones tristes, muy tristes». Y me detengo en estos asuntos, hoy, porque desde hace tiempo me intereso por las derrotas sentimentales… y necesito una sabiduría que no encuentro en el cine ni tampoco en los libros. … Y más me obsesiono frente a los desencantos vitales del mundo literario; fracasos para los que procuro imaginar una respuesta. Y es que en esos vencimientos privados me gustaría un alternativo desenlace, una esperanzadora segunda parte, no un acabado sin cierre. Sí, algo parecido a como Azorín desarrolla «Las nubes», texto en el que Melibea y Calixto no han muerto. Y no… no al estilo de Últimas tardes con Teresa (Juan Marsé, 1966), tras cuyo final, leído releído y requeteleído, quiero acompañar a Manolo Reyes… y saber qué hará, serle un apoyo en forma de invencible albatros (y perdona que te copie, Charles). Estar junto a él en los espacios de sus emociones más que en el mundo de su inteligencia, mostrarme cómplice en sus tierras de amor más que solidario en las zonas de los deseos que busca su Teresa. Por eso, me incomodan las terminaciones infelices para las que no se ofrecen remedio. ¡Ni tiritas ante sombras que aún sangran! Por ejemplo, hay una trágica conclusión que siempre me turba: la muerte en vida de la Regenta (Leopoldo Alas, Clarín, 1884-1885): una segunda mitad del siglo XIX, una capital provinciana, una joven casada, un amor filial a un esposo, un amor fraternal hacia un clérigo, un amor corporal para un donjuán, un marido que fallece por duelo de honor, la huida de un libertino, la sinrazón de un cura por el desmoronamiento de su poder espiritual hacia la pupila Anita y, por último, un&nbsp;cruel corte.</p>

<p>Y abiertamente se lo digo a ustedes, para este caso que me sirve de pequeña pavorosa muestra desconozco qué porvenir hay. ¿Asumir una existencia oscura, por más que a la joven puedan pedirle que no deje de buscar resplandor? «Isabel, tiene que vivir. Tiene que vivir, Isabel. Tiene que vivir. Tiene que vivir, Isabel», nos emociona Federico en Calle Mayor (Juan Antonio Bardem, 1956). ¿Atarse el resto de los años con un luminoso instante? «Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida», leemos en «Los muertos» (James Joyce, 1914). ¿Ser una especie de apatura ilia, esa mariposa capaz de cambiar de color según el espacio, la luz y la orientación? ¿Tajar por lo sano… y recomenzar muy lejos una existencia, como va a hacer la joven Barny en León Morin, sacerdote (Jean-Pierre Melville, 1961)? ¡Pues que se lo digan a Nat en Un amor (Sara Mesa, 2020), que decidiendo residir en el pequeño pueblo de La Escapa no halla facilidades para limpiar su vida... ni con jabón de sosa! Ciertamente, estoy perdido. ¿Qué escribir a Ana Ozores? ¿Pensar en Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969) y, así, hacerla saber la famosa sentencia de Butch Cassidy («Si quieres ser feliz, no debes analizar, ni tampoco profundizar»)? ¡Pero si hasta Steiner en La dolce vita (Federico Fellini, 1960), con su enorme intelectualidad, ignora la salida de los laberintos íntimos! «Marcelo, yo tan solo puedo ser tu amigo, y me resulta imposible aconsejarte». A estas alturas, creo que esperaré a que Paqui me vuelva a cortar el pelo; hablaré con ella, entonces.</p>
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        <media:title><![CDATA[Cortes]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[+ K.]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Tue, 16 Dec 2025 10:37:38 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ «Tu nombre no se lee / […]» 

 (Pedro Salinas, Razón de amor, 21) 

 Si uno busca belleza, no puede obviar la correspondencia de Pedro Salinas (1891-1951) a Katherine Prue Reding (1897-1984). Tales escritos, publicados por Enric Bou (2002) en...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>«Tu nombre no se lee / […]»</p>

<p>(Pedro Salinas, Razón de amor, 21)</p>

<p>Si uno busca belleza, no puede obviar la correspondencia de Pedro Salinas (1891-1951) a Katherine Prue Reding (1897-1984). Tales escritos, publicados por Enric Bou (2002) en Pedro Salinas. Cartas a Katherine Whitmore (1932-1947), no nos parecen un mundo secundario ante los salinianos La voz a ti debida (1933), Razón de amor (1936), Largo lamento (1939). Ni siquiera un camino de perfección hacia esos poemarios. Son un universo paralelo. Y nos están a una misma altura creativa. Una obra en sí. Un bastidor de primores en prosa gracias al cual el sentimiento de amor (¿y también su sublimación en un aquí literario por no ser posible su plenitud en un terrenal allí?) se hila con punto de sombra: confidencias, consejos, noticias, planes, recuerdos… y dolor (espinas de celos, heridas de sal ante las separaciones, tristezas por un futuro que se siente no compartido). («[…] fue saliendo afuera la luz del corazón», nos supera Gonzalo de Berceo, c. 1196 – c, 1264, en Vida de santo Domingo de Silos»). Y es que el emisor Pedro convierte cada línea en un verso incontenido, más libre que el verso libre del poeta Salinas, y solo limitado por el físico de sus hojas de papel. El autor de esa comunicación se brinda consciente (y creyente) del valor (literario) que encierra, haciéndonos recordar su ensayo «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar», en El Defensor (1948). («Poner el arte en su vida y la vida en su arte», escuchamos en 1938 a Louis Jouvet en Entrada de los artistas, película de Marc Allégret). Por eso, sentimos una comunión dialógica, una ósmosis entre la prosa y el verso. (¿Permites, Federico, que hable de prosías?). «Me llevo [a Alicante] mis papeles, mis notas últimas de versos (casi todas surgidas o sugeridas por tus cartas o mis cartas) y mi drama medio hecho» (25 de diciembre [de 1932]).</p>

<p>«En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Jorge Guillén (1893-1984), amigo, poeta, profesor, escribió de manera acertadísima sobre el poder genésico de la amada en la trilogía sentimental de Pedro Salinas: no hace falta más que leer sus tres títulos (La voz a ti debida, Razón de amor, Largo lamento) y muchos de los versos que allí se contienen. Y, entonces, vareando composiciones, unas muestras: «La vida es lo que tú tocas», La voz, 1 / «¡Qué gran víspera el mundo! / No había nada hecho. / Ni materia, ni números, / ni astros, ni siglos, nada», La voz, 13). O palabras del mismo Pedro a K. un 3 de junio [de 1938]: «¡Cuánto me alegro de deber mi mejor poesía no a mí, no a mi invención individual, sino a tu colaboración inspiradora!». Por nuestra parte, nos atrevemos a señalar que con el descubrimiento de la identidad de la fuente original nace un tiempo de revelación. «En este nuevo principio es Katherine», confesaríamos como un aprendiz de evangelista. Y hoy hasta llegamos a encontrar novelas inspiradas en esta pasión (Antonio Muñoz Molina, La noche de los tiempos, 2009; Susana Fortes, El amor no es un verso libre, 2013), piezas de teatro (Julieta Soria, Amor, amor, catástrofe, 2021) y hasta topamos con no pocas nuevas esclusas de análisis filológicos sobre la poesía saliniana (por ejemplo, en 2023, Manuel J. Ramos Ortega y su libro Pedro Salinas: Poesía y deseo. Espacio y tiempo de su creación literaria). Y en esta actualizada dimensión interpretativa, queremos subrayar la voz de quien fue generadora de voz. Erigirla en sujeto, no en un objeto que solo gira en torno al Sol/Salinas. Pintarla sin el color Pedro. Pintarla con su color. Nada más que con su color: «Por ahora me contento con responder a tu pregunta, “¿Qué color te gusta más?”, que no es el verde, ni el amarillo, sino un nuevo color, el color Katherine […]» (25 de enero [de 1933]). Y si no es posible a través de la correspondencia de ella para él (por no hallarse, al estar expresada hasta nuestra fecha con la voz en el viento, recordando el texto de Ernestina de Champourcín, publicado en 1931), sí lo es con Jorge Guillén.</p>

<p>Enric Bou (2002) menciona la existencia de cuatro misivas de K. al autor de Cántico: 16 de septiembre de 1962, 19 de abril de 1971, 28 de noviembre de 1976, 2 de enero de 1979. Laurie Mar Garriga Barbosa (2013) en su trabajo de fin de máster Nueva luz sobre Pedro Salinas: el epistolario de Katherine Whitmore a Jorge Guillén. Edición y estudio rescata, además, ciento cuatro en la Biblioteca Nacional de España (Madrid): 18 tarjetas postales, 1 aerograma y 85 cartas. Desde el 3 de mayo de 1945 hasta el 22 de marzo de 1983, si atendemos solo a las que se conservan con data. Y en ese intercambio, alumbrado por el faro que es el amigo del amigo, descubrimos en K. muchos orbes. Espacios para informaciones en torno a familiares (incluyendo a los Salinas) (14 de julio [¿de 1953?]): «Mi querido amigo: ¡Y ahora Margarita! Me ha impresionado profundamente. Una mujer que no he conocido nunca y, sin embargo, ¡cómo la conozco! ¡Pobre! Es curioso cómo dos seres tan remotos y tan diferentes uno de otro hayamos sido estrechamente unidos en los lazos del destino. Siento su muerte como si fuera mía»). O líneas sobre asuntos de salud, sobre relaciones con amistades, sobre viajes, sobre vida universitaria del hispanismo español en el exilio. Y, por supuesto, huecos para un «yo» que nunca olvida al «él»; pero siempre en constante concordancia con un «nosotros». («¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!», leemos en La voz, 14). Un vínculo epistolar que nos resalta a una K. culta, sólida de formación. (Unos ejemplos propios: en 1923 publica un estudio en torno a Blasco Ibáñez y Zola en Hispania, 6, 6, 1923, o su directora Caroline Brown Bourland quiere presentarla a María de Maeztu durante la iniciática estancia madrileña, según una inédita carta -sin fecha- que nos da a conocer la Fundación Ortega-Marañón -Archivo de la Residencia de Señoritas. Vid. signatura 9/3/75-, o en 1935 es una de las tres alumnas que obtiene el grado de doctor por la madrileña Facultad de Filosofía y Letras o la reseña que se hace en 1937 de dicho estudio en Hispanic Review -Vid. K.-, o su texto en Hispania, 36, 2, 1953, sobre la poesía española de postguerra o cómo en 1954 fue distinguida con el lazo de Dama de la Orden del Mérito Civil por su labor en el enriquecimiento de los vínculos culturales entre España y Estados Unidos o su mención relevante en la convocatoria del congreso internacional «Ser mujer e hispanista: el papel de las pioneras», organizado en 2022 por la Universidad Sorbonne Nouvelle-París 3). Una mujer generosa con el descubierto Jorge (el único a quien abre su pesar por la ausencia del amado y el único a quien agradece el poder estar al tanto de lo que se escribe del poeta y el único que la hace erigirse en un privilegiado agente para un mayor y mejor conocimiento y valoración de la obra de Pedro Salinas). «Puedo ir dándole lo necesario en cuanto a datos, puedo salvar así muchas cosas por Pedro. Todo por él. Por mí, nada. El mundo nunca tendrá mis cartas ni mis libros. Vivo en el espejo de las poesías que me tendió, y más vida no quiero», confiesa en un 23 de enero, sin año. Una mujer que sufrió con amor (y por su papel de musa y, también, por el hecho de que los poemas no representan enteramente la relación). «Sé que me quería siempre -me lo dijo cuando me vio en abril del 51 [meses antes del fallecimiento del poeta]- pero eso ya es otra cosa. […] Lo que más duele es que las poesías no corresponden a la verdad del momento» (6 de octubre., s. a.). Una mujer que teme por lo que se pueda conocer de ella en el mundo académico hispano. Una mujer en conflicto ante la decisión de donar su tesoro, una idea en la que el crítico literario y poeta vallisoletano tuvo un protagonismo luminoso:</p>

<p>«Sí, mandé las cartas [a Harvard] y lo hice por usted. Bien me acuerdo de veces que venía a mi casa, hablaba de las cartas, y me di cuenta de la importancia de cuidarlas bien. Vino Jaime [Salinas] y arregló lo de la biblioteca. No sé si usted tiene idea de lo que me costó despedirme de ellas. Habría preferido quemarlas para que no las vieran otros ojos, pero Pedro vivirá en la historia y sé que mis cartas contribuirán [a dar] otra dimensión a su obra» (19 de febrero de 1980).</p>

<p>… Unas cartas que leyéndolas en la Biblioteca Nacional de España, durante un verano de astillas en 2025, las sentí como bellísimas charamuscas, como partículas de una Katherine de fuego, viva aún desde un pasado «emocionante, alegre, devastador y triste», según ella misma calificó.</p>

<p>Punto y aparte</p>

<p>La cubierta del folleto informativo del Curso de Vacaciones para Extranjeros del año 1932 lleva una pequeña ilustración de la escultura del doncel Martín Vázquez de Arce (1461-1496). La imagen en ese librito que consultó nuestra profesora para convencerse más de ampliar estudios en Madrid la observo como una estampa de su amor constante hasta en la falta de Pedro Salinas, como una reproducción gráfica de su existir para el amado incluso frente a una privación física. Cada día con él. De la manera que sea, incluso sin él. («Y que me vive / otro ser por detrás de la no muerte», La voz, 21). Y ello lo creemos, si en el tomo de alabastro que lee la famosísima figura en la catedral de Sigüenza pudiéramos encontrar las palabras del contemporáneo Jorge Manrique (h. 1440-1479):</p>

<p>«Quien no estuviere en presencia, / no tenga fe en confianza, / pues son olvido y mudanza / las condiciones de ausencia.<br />
Quien quisiere ser amado, / trabaje por ser presente, / que cuan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado; / y pierda toda esperanza / quien no estuviere en presencia, / pues son olvido y mudanza / las condiciones de ausencia».</p>

<p>Punto final</p>

<p>Madrid. Residencia de Estudiantes. Habitación 211. Julio de 2025.</p>

<p>Lyon. Museo de Bellas Artes. Jardín. Diciembre de 2025.</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[+ K.]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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                        <item>
  <title><![CDATA[K.]]></title>
      <category><![CDATA[Crónica Cultural]]></category>
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  <pubDate>Mon, 15 Dec 2025 08:37:28 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ «No se escribe tu nombre / […]» 
(Pedro Salinas,  Razón de amor , 21) 

 11 de julio. 11 de julio de 1932. «Madrid huele a sol por las mañanas», me recuerda Arturo Barea en  La forja de un rebelde  (1941-1944). La capital despierta con sueños por...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>«No se escribe tu nombre / […]»<br />
(Pedro Salinas, <em>Razón de amor</em>, 21)</p>

<p>11 de julio. 11 de julio de 1932. «Madrid huele a sol por las mañanas», me recuerda Arturo Barea en <em>La forja de un rebelde</em> (1941-1944). La capital despierta con sueños por cumplir. Y a las siete ya se dan los buenos días con 20 grados y un cielo claro, según el número 193 (año XL) (11 de julio de 1932) del <em>Boletín del Servicio Meteorológico</em>, perteneciente al Instituto Geográfico y Catastral. Ese lunes, en la Residencia de Estudiantes, espacio que fue lugar de acogida para unos jóvenes Buñuel, Dalí y Lorca, se inaugura una nueva edición del Curso de Vacaciones para Extranjeros. El evento está organizado por el Centro de Estudios Históricos y lo dirige Pedro Salinas (1891-1951), catedrático de universidad y profesor de la Escuela Central de Idiomas de Madrid. La fecha de su término será el 6 de agosto. «En suma, un mes de estancia en Madrid, permite adquirir, con el ciclo de conferencias y clases prácticas, los necesarios conocimientos lingüísticos y literarios, y completar estos conocimientos con las conferencias sobre Historia de la Civilización española y con las excursiones y visitas, que permiten apreciar dicha civilización en toda su integridad», se lee en el programa de ese año. El propio responsable dará diez conferencias con el título «Resumen histórico de la literatura española», diez charlas sobre «Literatura española contemporánea» y, bajo su dirección, se impartirán diez horas de «Prácticas de vocabulario». En otras palabras, una iniciativa pedagógica destinada a foráneos implicados en la docencia del español o con la pretensión de un mayor acercamiento a la lengua o la literatura hispana. Será el caso de integrantes del prestigioso Smith College, una de las cunas intelectuales de la mirada feminista norteamericana y una referencia clave del internacionalismo cultural universitario.</p>

<p>Los trabajos del Curso tuvieron inicio ese lunes a las nueve, mientras el cielo se mostraba despejado. Ya recordarán ustedes: 20 grados y una mañana limpia. Un ser sensible, entonces, podía «[…] contemplar, en la lejanía, el perfil azul del Guadarrama: fondo de algunos cuadros de Velázquez y Goya», como describe Azorín en el bonaerense<em> La Prensa</em> el 13 de junio de 1926. A las seis, sin embargo, con 28 grados y un cielo limpio, de acuerdo con el número 193 (año XL) (11 de julio de 1932) del <em>Boletín del Servicio Meteorológico</em>, y en la primera sesión del curso «Literatura española contemporánea», nadie vio un rayo sajando a Pedro Salinas ante <strong>Katherine Prue Reding</strong> (1897-1984), <em>assistant professor of Spanish Language and Literature</em> en el citado Smith College.</p>

<p>«Ha sido, ocurrió, es verdad. / Fue en un día, fue una fecha / que le marca tiempo al tiempo. / Fue en un lugar que yo veo. / Sus pies pisaban el suelo / este que todos pisamos. / Su traje / se parecía a esos otros / que llevan otras mujeres. / Su reló / destejía calendarios, / sin olvidarse una hora: / como cuentan los demás. / Y aquello que ella me dijo / fue en un idioma del mundo, / con gramática e historia. / Tan de verdad, / que parecía mentira» (Pedro Salinas, <em>La voz a ti debida</em>, 5).</p>

<p>Y a partir de entonces nacerá una unión de espejos personales y nacerá una novedosa mirada de poeta y nacerá uno de los cancioneros más hondos de las letras españolas, donde el sentimiento se conjuga en un infinito <em>mortal y rosa</em> (<em>La voz</em>, 70).</p>

<p>La voz a ti debida fue publicado en 1933. El libro tuvo un gran eco. Y no pocos especialistas procuraron definir a la amada allí presente, identificar la belleza del «tú», verbalizar un siempre callado. A modo de muestras, Leo Spitzer apuntaba un <em>fenómeno de conciencia</em>, Jorge Guillén defendió la existencia de un ser real, Mathilde Pomès señalaba a Margarita Bonmatí, esposa del poeta, y Julián Marías, recordando su estancia académica 1951/1952 en el estadounidense Wellesley College, toma nota de rumores en torno a K. como fuente para <em>La voz a ti</em> debida. «[…] excelente profesora de Smith College, mujer de gran distinción y belleza, <em>every inch a lady</em>, como se dice en inglés, sin pedantería profesional, que había conocido a casi todos los grandes intelectuales españoles y había sido amiga de ellos. […]. Se ha dicho que <em>La voz a ti debida</em> se había escrito pensando en ella; no lo sé; lo único que puedo decir es que lo merecía». Y, definitivamente, Enric Bou (2002) <em>con su Pedro Salinas. Cartas a Katherine Whitmore </em>(1932-1947) elimina toda divagación.&nbsp;</p>

<p>A partir del 1 de julio de 1999, en la Houghton Library (Universidad de Harvard), tal y como menciona el propio Enric Bou, es posible tener acceso a 354 cartas y a 144 composiciones que el poeta mandó a la profesora norteamericana entre 1932 y 1947. Un legado que ella misma dona, con la condición de solo darlo a conocer trascurridos 20 años, suficiente largo tiempo para no estar viva cuando se supiese la verdad de su relación. «Papers were formerly restricted. Opened July 1999 (see letter from Mrs. Katherine P. Whitmore to R. G. Dennis 7 July 1979)» / «*79M-22.&nbsp;Presented by&nbsp;Mrs. Katherine P. Whitmore,&nbsp;244 South El Molino Avenue, Pasadena, California, 91101; received:&nbsp;1979&nbsp;July 16», informa la Universidad de Harvard. Y ya con esa correspondencia, y por el texto que <strong>K</strong>. adjunta para su cesión, entramos en un mundo de <em>maravilla, belleza y terror</em> («Thou Wonder, and thou Beauty and thou Terror», se cita a Shelley y su <em>Epipsychidion</em> en <em>La voz a ti debida</em>). Así, un principio: la luz de sus amores en julio de 1932.</p>

<p>P. «Sí, porque naciste de ti misma. Yo vi primero tus apariencias corporales. Fueron como el signo, como la seña indicadora. Pero luego poco a poco, según te miraba empecé a ver cómo de tu propia carne, de tu propia figura salía el ser nuevo, nacía la criatura revelada. ¡Prodigio, milagro, asombro! Y lo más raro es que todo ello se verificaba, sucedía, sin que nadie se diera cuenta, más que yo -ni tú siquiera-, en un lugar y ambiente que nada tenían de milagrosos, en una clase… Nadie notó nada, nadie advirtió nada. Pero aquella noche, al salir de clase, el mundo llevaba encima una ilusión nueva. Un anhelo más» ([2 de agosto de 1932]).&nbsp;</p>

<p><strong>K</strong>. «En el verano de 1932 fui a Madrid a estudiar y a estar con mi amiga y colega Miss Caroline Bourland, jefa del Departamento de Español de Smith College. Ella me aconsejó que me matriculara en la clase “Generación de 1898” que Salinas impartía. Lo hice, pero llegué tarde a la primera sesión. La única silla libre estaba al final, a la derecha de una mesa muy larga, desde la que solo podía ver al profesor si alargaba el cuello y esforzaba la vista como podía. […] Me había visto en clase. Ya había caído el relámpago y la persecución había comenzado».</p>

<p>Los cursos especiales, como «Literatura española contemporánea», se ofrecían por la tarde. «Te conocí, repentina, / en ese desgarramiento / brutal de tiniebla y luz, / donde se vela el fondo / que escapa al día y la noche» (<em>La voz</em>, 12). (Un marco ideal para una luna en cuarto creciente. Luna en amor creciente). En una misiva, fechada el 19 de enero [de 1933], leemos: «No puedo creer que nuestro primer cruce de miradas fue en un aula de la Residencia, una tarde de agosto, no»; sin embargo, ya hay una primera correspondencia con matasellos de 1 de agosto de 1932, y en cuyo sobre la misma K. anota «1932 / First letter to Mallorca. / P. took C. B. and me to the / station» -Salinas, Pedro, 1892-1951. 344 letters to Katherine Prue (Reding) Whitmore; 1932-1947 &amp; [n. d.]., 1932-1947». Vid. seq. 4-. Recordemos que el Curso comenzó un 11 de julio.</p>

<p>Después, los encuentros en la Alicante y en la Barcelona del verano de ese mismo año. … Y los primeros celos del enamorado: «Es en la primera [carta] en la que me he demorado más tiempo. Me hace pensar mucho, mucho. “Sé que el pasado es pasado, que a ti pertenecen el presente y el futuro”. “Karl me ha hecho una visita”. No sé quién es pero supongo que es la misma persona que viste al volver de N[ew] Haven, el que estuvo a punto de ser tu marido. ¡He pensado tantas cosas!» (2 de febrero [de 1933]). Luego, en 1933, la estancia de <strong>K</strong>. en Cantabria, junto a alumnas del pionero Study Abroad Program del señalado Smith College, para la primera edición de los cursos de la Universidad Internacional de Verano en Santander, ideados por el propio Salinas. «Bajan las maletas al taxi -que espera ante la puerta-, miss Reding se va ahora. He hablado con Emilio de ella. Tendrá unos 35 años. No guapa. Cuerpo estupendo, flexible, delgado. Nariz respingona. Profesora de Smith College. (Me habló mucho de usted -me dijo Casalduero). Emilio la ha acompañado bastante al principio. “Buena nadadora”. Estuvo a punto de ahogarse con ella. -Pero, ¿has flirteado con ella? Se ha sonreído. <em>Mais est-ce que’elle aurait marché ?</em> / Ha salido ya. Enseguida. ¡Cómo la ha mirado! La ha saludado dos veces… ¡Buen viaje! -Volverá el año próximo en lugar de miss Kennedy. -Haré de carabina -dice- porque me gustará pasar un tiempo en Madrid. También ha publicado una tesis sobre Cadalso, escritor del XVIII», relata Jorge Guillén a su esposa Germaine Cahen un 4 de agosto de 1933 desde Santander. (En otra carta entre los anteriores protagonistas, fechada un 7 de agosto de 1933, también en Santander, sentimos que los primeros celos en Pedro Salinas no han desaparecido: «Piensa en una obra de teatro: el hombre, enamorado de una mujer, que quisiera saber cómo es la sombra, el antiguo amante. Es una mujer que ha tenido antes un amor. Tormentos, pues, por saber cómo fue el otro. Pero este muere. Sí, la mujer de ese drama -añado yo ahora- no es una muchacha de 20 años. Se trata de <em>una mujer</em>, ya hecha, y en la plenitud de su responsabilidad y de su vida»). Un año a continuación, en 1934, <strong>K.</strong> también se desplaza a la cantábrica Universidad Internacional de Verano, ahora como responsable en España del dicho Study Abroad Program. Más tarde, desde septiembre, en Madrid, siguiendo el periodo de estudios de las jóvenes que tutela (1934/1935). … Y un tiempo aprovechado para elaborar su tesis doctoral. (<em>El espíritu del 98 y los personajes de las novelas de época</em>. El 10 de junio de 1935 obtiene un sobresaliente en su ejercicio para el grado de doctor por la Facultad de Filosofía y Letras, conforme el Archivo General de la Universidad Complutense de Madrid. Vid. signatura 144/12-38. «Yesterday I had my oral examination in the University and now have a Spanish doctor’s degree. They gave my thesis “sobresaliente” instead of plain “aprobado”, which made me very happy», en carta de K. a W. A. Neilson, 11 de junio de 1935, que nos envían fotografiada desde Smith College. La tesis fue dirigida por Pedro Salinas, según la reseña que publica el eruditísimo Otis H. Green en <em>Hispanic Review</em>, 5, 4, 1937, revista puntal del naciente hispanismo norteamericano).&nbsp;</p>

<p>… Y en 1935 el intento de suicidio de Margarita al descubrir la pasión de su esposo… y el propósito de<strong> K.</strong> de poner fin a su vínculo con el poeta por el mal que estaban causando a una tercera persona.</p>

<p>«Yo no podía entender la reacción de Pedro ante aquel trágico suceso. Parecía no ver conflicto alguno entre su relación conmigo y con su familia. Les quería, respondía por ellos y en ningún momento contemplaba abandonarlos… pero me necesitaba. Yo era su musa, su amor, su gran pasión, y, para él, yo era tan necesaria como lo eran ellos. Pero ¿cuál era mi futuro? ¿Cómo podría florecer el amor indefinidamente<em> sub rosa</em> con todos los subterfugios que implicaba, con la infelicidad inevitable, de cara a su mujer y a sus hijos, con la constante amenaza del escándalo? La sociedad de los años treinta jamás aceptaría tales relaciones fácilmente. Aun así, le amaba. Sentí que me hallaba en un callejón sin salida. Cuando mi barco zarpó del puerto de Málaga en junio, estaba segura de que aquello era el final», escribe <strong>K</strong>. en el texto que adjunta a su legado. (Montserrat Escartín Gual, en 2019, ilustra el marco en <em>Pedro Salinas, una vida de novela</em>, y no hay más que atender a los subtítulos del apartado «Un hombre entre dos amores»: «La amistad con la esposa» y «La pasión por la amante»).</p>

<p>… Y la separación por la Guerra Civil y el exilio del poeta en Estados Unidos. En 1939 el matrimonio de la profesora con Brewer Whitmore, docente en Smith College. Y un último encuentro en la primavera americana de 1951. Pedro Salinas moría el 4 de diciembre de ese año.&nbsp;</p>

<p>«El final fue triste pero inevitable. Quizás hubo un “Error de cálculo”, tal y como sugiere uno de sus poemas. O mejor, “Error sin cálculo”. Como quiera que fuera, sucedió y fue glorioso en su momento. Acabó sin amargura. El cariño que sentíamos el uno por el otro no podía morir. Él me ayudó en más maneras de las que puedo contar y estoy infinitamente en deuda con él. Y yo, ¿qué le aporté yo a él? Fuera un error o no, fui yo quien le dio el ímpetu para crear su mejor poesía en las alegrías y en las penas. Ambos deberíamos estar satisfechos. / Katherine R. Whitmore / Pasadena (California), junio de 1979».</p>

<p><strong>Final de la primera parte</strong></p>

<p>&nbsp;</p>
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  <title><![CDATA[Animales]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 2 Nov 2025 08:34:36 +0100</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Con siete años me compraron un pequeño pájaro. Muy asustadizo. Muy raquítico. Muy torpe. Y muy verde. Un feriante de pueblo vendía polluelos pintados con colores imposibles: fucsia chillón estratosférico y verde marciano tropical. Y a mí me...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Con siete años me compraron un pequeño pájaro. Muy asustadizo. Muy raquítico. Muy torpe. Y muy verde. Un feriante de pueblo vendía polluelos pintados con colores imposibles: fucsia chillón estratosférico y verde marciano tropical. Y a mí me regalaron uno. Verde. Muy verde, sí. En otras palabras, una vergüenza para los antepasados dinosaurios. Y un deseo volando de que un velociraptor moderno hiciese justicia evolutiva contra el cachondo comerciante; pero allí, ante una caja de cartón repleta de prehistóricos recuerdos, ningún humano decía ni pío. … Y acepté el vivo detalle. Y cada día alimentaba a mi clorofílico amigo con el mayor de mis cariños y lo mejor de mis granos de cebada. Hasta que un día de verano del año siguiente, ya crecidito el animal, y aún con algún colorín de infancia, mi tía Sacramento se encargó de hacer un delicioso arroz. Y a juicio de todos, y como era habitual, bien que lo logró, pero no para mí, pues cuando supe quién era el protagonista de aquel avícola drama gastronómico… y lorquiano, me negué a comer. Ni verde, que te quiero, verde, ni nada. Y menos con mi pena troceada en alitas, muslitos y pechuga. Desde entonces, hay un naturalista sentimental dentro de mí, que ni siquiera concibe la idea de ofrecer animales, por mucho cariño que se ponga en el propósito. Y esto, hasta conociendo singulares presentes en el marco diplomático. Por ejemplo, con Gustavo Adolfo Ordoño («Animales exóticos usados como regalo entre los poderosos; el origen <em>políticamente incorrecto</em> del Zoo») (s. f.) encontramos el elefante que el francés Luis IX (1214-1270) dio a Enrique III de Inglaterra (1207-1272), y del cual tenemos imagen en la <em>Chronica majora, </em>de Matthew Paris (c. 1200-1259). O el rinoceronte que el indio Muzaffar II (¿?- 1526) hace llegar a Alfonso de Alburquerque (1453-1515), gobernador de la India portuguesa, para Manuel I (1469-1521). Más tarde, en 1515, y según Ana Sanjurjo de la Fuente («Los viajes del rinoceronte de Durero») (2013), el monarca luso lo destina al papa León X (1475-1521). ¡Lástima que muriese al naufragar el barco que lo transportaba a Roma! No obstante, seguirá vivo para nosotros a través de dos ilustraciones: una, de Albert Durero (1471-1528), y otra, de Hans Burgkmair (1473-1531). ¿Y el elefante indio Hanno, que fue dado en 1514 por el aludido Manuel I al mismo León X, e inmortalizado por Rafael (1483-1520) en 1516, según recuerda Abel G. M. («Desde gatos hasta elefantes y rinocerontes: la sorprendente historia de los animales del Vaticano») (2025)? Salvador Pérez («La historia del elefante <em>Solimán</em>») (2020), por su lado, señala el rocambolesco itinerario de un elefante desde Kotte (Sri Lanka) hasta la Lisboa de Juan III (1502-1557), de parte de Bhuvanekabahu VII (1468-1551), y que fue a Viena en 1552 con Maximiliano II (1527-1576). Aventura novelada por José Saramago (1922-2010) en <em>El viaje del elefante</em> (2008), un relato para el que podemos hallar sugerente imagen en un grabado de la edición veneciana de 1558 de la <em>Materia médica</em> de Pedaneo Dioscórides Anarzabeo (c. 40-c. 90). ¿Y olvidar con Heather J. Sharkey («La Belle Africaine. The Sudanese Giraffe who sent to France») (2015) a la jirafa del egipcio Muhammad Ali (1769-1849) para el francés Carlos X (1757-1836), y cuya expectación en 1826 es posible suponer con pinturas de Nicolas Huet el Joven (1770-1830) y de Jacques Raymond Brascassat (1804-1867)? La bibliografía es variada, y ante ella tampoco dejamos aparte a la prehispánica América, si atendemos a un equipo de zooarqueólogos bajo la dirección de Nawa Sugiyama («Earliest evidence of primate captivity and translocation supports gifts diplomacy between Teotihuacan and the Maya») (2022), y ni eludir la estela de los colombinos animales para los Reyes Católicos, bien manifiesta en cámaras de maravillas y jardines nobiliarios y reales en la Europa de los siglos XVI y XVII, si leemos el artículo de Vanessa Quintanar Cabello («Domesticar lo salvaje: fuentes y representaciones de la <em>animalia</em> del Nuevo Mundo en las artes europeas de la Edad Moderna. El caso de los loros y los armadillos») (2024).</p>

<p>En fin, disculpen: la imaginación se me fue por los aires. (Y es que estoy hecho de nubes, como dice mi paisano Pablo). Y lo reconozco: no hace falta tanta pluma para hacer saber que uno está en contra de regalar animales, y menos a quien más se quiere. En este último caso, y al igual que un guerrero sacado de un libro de caballerías, prefiero una rosa. Solo una. Lo lamento por Interflora.&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
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        <media:title><![CDATA[Animales]]></media:title>
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                        <item>
  <title><![CDATA[Los goznes de un secreto a voces]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Sun, 28 Sep 2025 00:19:14 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ «¿Ves aquella  colina , Sebastiano? Cuando la haya franqueado, empezaré una nueva vida», dice&nbsp;Giovanni Drogo en la película  El desierto de los tártaros  (Valerio Zurlini, 1976). 

 Yo lo creo así: cada uno de nosotros guarda un nombre ajeno...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>«¿Ves aquella <strong>colina</strong>, Sebastiano? Cuando la haya franqueado, empezaré una nueva vida», dice&nbsp;Giovanni Drogo en la película <em>El desierto de los tártaros</em> (Valerio Zurlini, 1976).</p>

<p>Yo lo creo así: cada uno de nosotros guarda un nombre ajeno que nos hace ser, un nombre sin el cual no imaginamos nuestra existencia como un todo. «Siempre había oído que tu vida pasa ante tus ojos el segundo antes de morir. Para empezar, ese segundo no es un segundo, en absoluto. Se hace algo inmenso, como un océano de tiempo. En mi caso, aparecía yo tumbado boca arriba en el campamento de los <em>boy scouts</em>, mirando estrellas fugaces. Y las hojas amarillas de los arces que flanqueaban nuestra calle. O las manos de mi abuela y su marchita piel, que parecía papel. Y la primera vez que contemplé el nuevo <em>Firebird</em> de mi primo Tony. Y Jenny, [mi hija] Jenny. Y Caroline», escuchamos en <em>American Beauty</em> (Sam Mendes, 1999). … Es esa sombra personal que siempre advertimos pegadita cuando el Sol de la Memoria alumbra nuestra biografía. ¿Las iniciales en una playa sentimental que nunca borrará el mar que somos? Guiomar lo fue para Antonio Machado. Guiomar, en efecto, resulta una luz sustantiva hasta en los últimos momentos del escritor: en su <em>partida</em> se le encontró una cuarteta de <em>Otras canciones a Guiomar</em> (junto a la skakespeareana cita «ser o no ser» y el verso «Estos días azules y este sol de la infancia»). Pilar de Valderrama (1889-1979) fue la autora española que se identificó como la secreta Guiomar. 1928-1939.</p>

<p>Después de la Guerra Civil, Pilar retomó su amistad con Concha Espina. Y en un instante de fuego le habló de Machado, y le leyó algunas cartas que le escribiese el autor de <em>Campos de Castilla</em>.</p>

<p>«Lunes – En nuestro rincón. […] Y cuando pasen estos momentos del tránsito de tu presencia a tu recuerdo, que son los verdaderamente trágicos, volveré a ser feliz con tu imagen rememorada y recordando una por una tus palabras y tus labios ¡y tus ojos! […] ¡Ay! Pilar, tú no sabes bien lo que es tener tan cerca a la mujer que se ha esperado toda una vida, al sueño hecho carne, a la diosa… […]».</p>

<p>«Lunes – Noche. […] En todo lo que escribo y escribiré hasta que me muera estás tú, vida mía. […]».</p>

<p>Concha, ciega ya, distinguió tan luminosas esas misivas, que le hizo saber a Pilar la idea de un libro con el que se caminara hacia un retorno personal no conocido: una obra en la que tratase aquel epistolario. «Como ella insistiera en su propósito argüí muchas razones, unas de índole privada, otras, que habiendo sido el poeta tan celoso guardador de su intimidad a instancias mías, no creía lícito ni oportuno desvelar sus hondos y sinceros sentimientos». ... Pero, al final, cedió frente a una Concha Espina llena de perseverantes fundamentos, si seguimos atendiendo a la propia Pilar: «Los caudales que esas cartas contienen de ternura, de bondad, su fe en Dios al que invoca […]», «Esta publicación -me dijo una tarde- podrá influir decisivamente para que se traigan a España sus restos mortales», «También me prometió que emplearía la discreción necesaria para no descubrir la verdadera identidad de Guiomar» y «[…] ver la gran ilusión que [Concha Espina] ponía en hacer este libro, ella que tan pocas ilusiones tenía ya». … Y el volumen se publicó en 1950: <em>De Antonio Machado a su grande y secreto amor</em>; pero el resultado defraudó a Pilar. «La obra estaba en las librerías con sus innecesarias invenciones novelescas que, lejos de apartar de mí las sospechas, las avivaron más, ya que no convencieron a nadie». Y así nos lo subraya ella misma: «[…] es el caso, que empezó a darse mi nombre como el de la auténtica Guiomar. Y ese rumor llegó hasta América, de donde recibí cartas interrogantes. Una de ellas fue de Jorge Guillén, quien habiendo llegado a Madrid poco después, me telefoneó e insistió en que deseaba verme, a lo que accedí». No me es extraño, pues, que ante una <em>verdad revelada</em>, asimismo con «falsedades e inexactitudes» de unos y de otros, y con un mantenido anhelo del regreso del poeta («¿No es injusto que reposen aún en tierra extranjera, los restos del gran cantor de Castilla?»), Pilar decidiera escribir una autobiografía. Y en 1981, dos años después de su muerte, el texto salió impreso con 36 cartas del famoso andaluz (y con prólogo redactado por el citado Jorge Guillén): <em>Sí, soy Guiomar</em>. «[Ante nuestra salida de Madrid, durante la Guerra Civil] Solo retuve un puñado [de cartas], unas cuarenta que le llevé a mi amiga María para que las guardara en su casa y las demás, casi doscientas, las quemé en la chimenea que tenía en mi salón». Es decir, al final, sí, un coto vedado abierto de par en par. Y, además, y por mucho que hoy en día se quiera destacar la calidad literaria de Pilar de Valderrama, siento que sobre ella no se deja de enfocar la luz de Antonio Machado, en lugar de hacer brillar por sí sola a la autora. Y ahí tenemos el encabezamiento informativo para una donación en 2022 al Instituto Cervantes («El fragmento inédito de una carta de amor de Machado a Pilar de Valderrama, parte del legado de la escritora a la Caja de las Letras») o la frase con que se da a conocer el libro que publica en 2023 la propia nieta (<em>Pilar de Valderrama: memorias de un gran secreto</em>) o la muestra que ofreció el Instituto Cervantes en 2023/2024 (<em>Las palabras de un secreto. Pilar de Valderrama</em>). … Y sin olvidar el estudio de Miguel Ángel Baamonde (2009), <em>Guiomar, asedio a un fantasma</em>, tratando de desmontar la simetría Guiomar/Pilar de Valderrama, o la novelización de Nieves Herrero (2019), <em>Esos días azules</em>, en torno a la historia sentimental de la pareja. ¿Un ser de goznes para abrir y cerrar puertas machadianas?</p>

<h2><strong>Pregunta última</strong></h2>

<p>Pilar de Valderrama en «Evocación», uno de los «Siete poemas que Guiomar dedicó a Machado para después de su muerte», escribe con simiente de belleza: «Aquel café de barrio, destartalado y frío, / testigo silencioso de nuestras confidencias, / extremo de rigores, conjunto de inclemencias, / que solo caldeaban tu corazón y el mío». Son palabras que me dirigen hacia los únicos tres puntos cardinales de una celosa privacidad: un «yo», un «tú», un «nosotros». Como si no hubiera más que un «nosotros», siempre un «tú», tan solo un «yo». Entonces, y en esta «hora del último sol» en la que escribo, y sobre un suelo de cristales rotos, me pregunto si en una imaginaria vuelta al pasado, y de nuevo junto a Concha Espina, nuestra escritora habría franqueado la <strong>colina</strong> que encerraba los «testigos silenciosos» de sus más personales vivencias con el artista sevillano.</p>
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  <title><![CDATA[Mi clásico drama]]></title>
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  <pubDate>Thu, 28 Aug 2025 08:57:58 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[  Escena primera . Final de tarde. Colores en un cielo materno. Calle de pueblo extremeño. Aire de mastranto, romero y tomillo, echados en el suelo para la procesión del Corpus Christi. Por una gran ventana, adornada con colcha de ganchillo que...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Escena primera</strong>. Final de tarde. Colores en un cielo materno. Calle de pueblo extremeño. Aire de mastranto, romero y tomillo, echados en el suelo para la procesión del Corpus Christi. Por una gran ventana, adornada con colcha de ganchillo que sujeta pendientes de la reina, entramos visualmente en la habitación de un <strong>hombre</strong> demasiado sentimental. En las paredes, pequeñas láminas peliculeras en marcos de ocasión. Papeles bien ordenaditos encima de una mesa. Y sobre esa mesa, dos candelabros antiguos que sujetan tres velas encendidas cada uno. Varios estantes. «... Balzac, Barrès, Baudelaire, Beaumarchais, Boileau, Buffon... Chateaubriand, Corneille, Descartes, Fénelon, Flaubert... La Fontaine, France, Gautier, Hugo... ¡Qué lista! ¡Y solo he llegado a la letra H!», exclama Werner von Ebrennac, sosteniendo una primera edición de<em> Le Silence de la mer</em>. Se sienta. El <strong>hombre</strong>, un soñador desubicado, con ínfulas inútiles, empieza a leer a su amigo varias cuartillas. De pie.</p>

<p><strong>Hombre</strong>: «Las cosas claras: no me gustan los clásicos adaptados… ni fritos ni pasados por agua. ¿Y disfrutar en el Teatro de Dioniso de la <em>Antígona</em> de Sófocles con un decorado en plan deslumbrante Broadway? Lo lamento, no. De verdad, no me ilumina. ¿Y encontrar en las tablas a un Calisto modernete chorreando amor por Melibea, un Calisto <em>trending </em>pero sin caer en lo <em>casual</em>, con un punto <em>urban</em> y algo de <em>surfer</em>? ¿Te acuerdas, Goyo Jiménez? Pues tampoco. Me desapasiona. ¿Y ver en un corral de comedias <em>La dama boba</em>, de Lope de Vega, como una ópera rock? No sé. No me parece una propuesta muy aguda. ¿O es que hoy en día vale más dar al público facilidades para un mayor acercamiento a obras (complejas o no) que no se conocerían a través de sus primeras versiones? ¿… Y así mejor los niños las manosean, los mozos las leen, los hombres las entienden y los viejos las celebran, parafraseando al quijotesco bachiller Sansón Carrasco (<em>Don Quijote</em>, II, 3)? ¿... Y, por tanto, lograr una sobresaliente propagación cultural al desarrollar un interés en receptores no muy atraídos por la literatura en el mundo dramático? ¿… O cómo obviar el ofrecer vías para innovadoras lecturas? No quito la razón a esos argumentos a favor de las versiones; pero… En cualquier caso, que esa manera de mirar se dé clara y expresa; de modo que cuando yo vaya a un espectáculo no viva el desconcierto de estar en otra dimensión, por muy atractiva y cuidada que sea la escenografía, por muy brillantes intenciones que se pongan.&nbsp;</p>

<p><strong>Escena segunda</strong>. El <strong>hombre </strong>continúa leyendo. De pie. Werner von Ebrennac sigue sentado. Un gato canela, cariñoso y cobarde entra en el cuarto y se pasea. Sale muy lentamente.</p>

<p><strong>Hombre</strong>: «Sé que mi batalla está perdida. Puedo argumentar a mi favor que adaptando piezas teatrales uno corre el riesgo de presentarlas con menor complejidad al reducir y simplificar acciones, lugares y tiempos o que los cambios encierran el peligro de desvirtuar la naturaleza de la fuente o traicionar la clave del autor… y hasta priorizar lo comercial; sin embargo, lo reconozco, mis ideas no calan. Sí, mi combate está perdido. Porque… ¿cómo se me ocurre salir victorioso ante incluso unas corrientes que llegan a querer reelaborar el arte literario pasado desgajándolo de sus originales estereotipos, homofobias, miedos, racismos, sexismos? «Érase una vez / un lobito bueno / al que maltrataban / todos los corderos. / Y había también / un príncipe malo, / una bruja hermosa / y un pirata honrado», me cantaría Paco Ibáñez con el poema de José Agustín Goytisolo. En fin… «No bebo en la fuente común», leo a Luis Antonio de Villena en «El poema esboza al hombre» (<em>Hymnica</em>, 1979)».&nbsp;</p>

<p><strong>Escena tercera (y última)</strong>: Ya es muy tarde. No hay reloj en el cuarto. Un relámpago se rompe en brillos gritones. A pocos segundos, un trueno retumba en cada gota de lluvia. Algunas se cuelan por la ventana abierta y salpican una foto acristalada. La mujer de la imagen usa gafas. Lleva una pamela con ala de fondo blanco y circulares listas negras. Viste blusa clara de tirantes, que deja ver unos brazos de junco. Sentimos el olor a tierra mojada. Y a mastranto, romero, tomillo.</p>

<p><strong>Hombre</strong>: «Y ante la derrota, continuaré buscando paraísos, como Joseph Banks, oficial del <em>Endeavour</em>, quien el 13 de abril de 1769 topó con uno a diecisiete grados de latitud sur y ciento cuarenta y nueve grados de longitud oeste. Y seguiré con mi particular <em>mirada clásica</em>, con mis <em>pensamientos raros</em>, al igual que el <em>Don Juan</em> de Lord Byron (¿pero acudo a una versión?): “Meditaba sobre sí mismo y sobre el universo entero. Admiraba al hombre, maravillosa creación, y después a las estrellas, preguntándose quién las había colocado en la inmensidad del firmamento. Meditaba sobre el secreto de los terremotos, la crueldad de las batallas, las posibles dimensiones de la luna, el misterio que empujaba hacia arriba a los globos aerostáticos. Y meditaba sobre las dificultades que se oponen al perfecto conocimiento de la infinitud de los cielos. Finalmente, pensaba en los hermosísimos ojos de doña Julia”. ¿Qué te parece, Werner?».</p>

<p>(Los dos jóvenes dialogan sin cortarse la voz. Ahora, el <strong>hombre</strong> fuma con una pipa de fina y larguísima boquilla. Al acabar la conversación, Werner von Ebrennac sirve vino en un par de copas… y, luego, coge un oboe. Música de Howard Blake. <em>Los duelistas</em>. Ridley Scott, 1977. Escuchamos «Laura». <em>Decrescendo</em>).</p>

<p style="text-align: center;"><strong>TELÓN</strong></p>

<p>&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Mi clásico drama]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Ruinas de arena para castillos de cine]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/ruinas-arena-castillos-cine/20250714083705105653.html</link>
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  <pubDate>Mon, 14 Jul 2025 08:37:05 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Monterrubio es el espejismo de un barco varado. Allí el mar es una tierra arcillosa sobre la que se admira un inmenso sarganzo de olivos. Los corales surgen a la vista con forma de aceitunas. La espuma tiene el sabor del aceite. Y el salitre...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Monterrubio es el espejismo de un barco varado. Allí el mar es una tierra arcillosa sobre la que se admira un inmenso sarganzo de olivos. Los corales surgen a la vista con forma de aceitunas. La espuma tiene el sabor del aceite. Y el salitre huele a alpechín. Cuando el viajero conduce por la BA-051, desde Castuera, siente ante sí una desconocida marea negra. El asfalto sube y baja. Baja y sube. Arriba y abajo. Abajo y arriba. Y ya acercándonos, lo primero que descubrimos es el campanario de la iglesia parroquial. Un mástil bajo la tutela de Nuestra Señora de la Consolación.</p>

<p>Monterrubio es una canija geografía con paredes blancas. Un rincón enano de tórridos agostos de infancia. Un minúsculo mapamundi sentimental que un niño traza cada mañana con líneas de agua de un lejano pozo. Con una señora burra y cuatro cántaros. Y es cierto: Monterrubio es un pueblo pequeño, recortado cada tarde veraniega con tijeretazos de golondrinas. … Un lugar raquítico de noches claras por tantísimas estrellas que el cielo parece una gigante ubre. Un sitio extraño donde cualquiera aprende a soñar entre ruinas de limosa arena roja. Con piratas. Con princesas. Soñar con ser un pirata que conquista una fortaleza. Soñar con una princesa que se deja rescatar por un pirata. Con una biblioteca, que en realidad es una oficina de correos, donde el niño compra periódicos viejos a pesetas. Con una galería de arte, que la gente pancha y sancha ve como una barbería llenita de fotos de actrices, futbolistas y toreros. Y con músicas, que las madres disfrutan entre cigarras y grillos… y en coplas tristes que salen de viejas radios. «Están clavadas dos cruces / en el monte del olvido / por dos amores que han muerto, / que son el tuyo y el mío» (Carmelo Larrea, 1952). Y allí me gustaba ir al cine. Solo. Y con cada sesión en Casa Sergio o en el Lope de Ayala coleccionaba abordajes, besos, celos, duelos, peligros, secretos, traiciones… Y como un corsario desmedido, atesoraba todo. Y todo, con emocionantes bandas sonoras. Y, en especial, con la magia de <strong>Ennio Morricone</strong> y con los trucos de <strong>John Williams</strong>. Así, desde siempre, les tengo un especial afecto. Siempre Morricone por convencerme de que es posible salir victorioso hasta siendo un protagonista sin nombre (La trilogía del dólar, 1964, 1965, 1966). Siempre Williams por hacerme creer que se rescatan princesas incluso yendo más allá del último planeta (La guerra de las galaxias, 1977). Y, sí, siempre soñando con ganar asedios.</p>

<h2><em>Asedio&nbsp;primero</em></h2>

<p>[https://www.fpa.es/es/contacto]</p>

<p>Los campos con asterisco (*) son obligatorios.</p>

<ul>
	<li><strong>Nombre y apellidos</strong>:&nbsp;Pedro Tena Tena</li>
	<li><strong>Teléfono</strong>: […]</li>
	<li><strong>Email</strong>: […]</li>
	<li><strong>Tipo de consulta</strong>: General</li>
	<li><strong>Consulta</strong>:</li>
</ul>

<p><em>Estimados Sres. (Fundación Princesa de Asturias):</em></p>

<p><em>Como modesta botella lanzada al mar de los buenos deseos, les envío mi sugerencia-voto para que los compositores Ennio Morricone y John Williams puedan ser galardonados ex aequo con el «Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020». Sus bandas sonoras han llenado de una eterna bella música nuestras sesiones de cine. […]</em></p>

<h2><em>Asedio segundo</em></h2>

<p><em><strong>De</strong>:&nbsp;Pedro Tena Tena<br />
<strong>Enviado</strong>:&nbsp;jueves, 29 de agosto de 2019 11:38<br />
<strong>Para</strong>:&nbsp;&lt;[…]@fpa.es&gt;<br />
<strong>Asunto</strong>:&nbsp;Contacto / […]</em></p>

<p><em>[…] mi sencillo mensaje respondía a una motivación personal, una propuesta a título individual. En efecto, y sabiendo que no me es posible presentar una candidatura, me atreví a indicarla motu proprio, como modesta botella lanzada al mar de los buenos deseos, según escribía en mi primer escrito. En verdad, sería maravilloso que esas personas recibieran el «Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020»; sobre todo, por haber dado música a las bandas sonoras de nuestras vidas. … Y más cuando por ley de la edad no queda mucho tiempo para reconocérselo de manera española, si me permite apuntarlo: <strong>Ennio Morricone</strong> tiene 90 años; <strong>John Williams</strong>,&nbsp; 87. […]</em></p>

<h2><em>Y asedio tercero</em></h2>

<p><em>Reunido telemáticamente el jurado del «Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020», integrado por José María Cano Andrés, María de Corral López-Dóriga, Olivier Díaz Suárez, Dionisio González Romero, Sergio Gutiérrez Sánchez, Ricardo Martí Fluxá, Fernando Masaveu Herrero, Joan Matabosch i Grifoll, Josep María Pou i Serra, Emilio Sagi Álvarez-Rayón, Benedetta Tagliabue, Patricia Urquiola Hidalgo, Aarón Zapico Braña, presidido por Miguel Zugaza Miranda, y actuando de secretaria Catalina Luca de Tena y García-Conde, marquesa del Valle de Tena, acuerdan conceder el «Premio Princesa de Asturias de las Artes 2020» a los compositores <strong>Ennio Morricone</strong> y <strong>John Williams</strong>, en los que el jurado quiere reconocer el valor fundamental de la creación musical para el cine. Los dos autores premiados han enriquecido con su talento cientos de películas. Mientras Morricone construyó su reputación poniendo música desde Europa al Lejano Oeste americano, Williams trasladó el espíritu de la tradición sinfónica vienesa a grandes éxitos de Hollywood. Si hay algo que tienen en común la extensa y variadísima obra de ambos compositores es su deslumbrante capacidad para traspasar géneros y fronteras. Dotados de una inconfundible personalidad, entre sus obras se encuentran algunas de las composiciones musicales más icónicas del séptimo arte, que ya forman parte del imaginario colectivo. Williams y Morricone muestran un dominio absoluto tanto de la composición como de la narrativa, aunando emoción, tensión y lirismo al servicio de las imágenes cinematográficas. Sus creaciones llegan incluso a transformarlas y trascenderlas, sosteniéndose por sí mismas como magníficas obras sinfónicas, que se encuentran entre el repertorio habitual de las grandes orquestas. Todo ello los convierte en dos de los compositores vivos más venerados en todo el mundo.<br />
5 de junio de 2020.<br />
Se levanta la sesión.</em></p>

<p>… Y, entonces, por un momento, vi a un pirata con una señora burra y cuatro cántaros que se apoderaba de un inexpugnable alcázar; sin embargo, lamentablemente, aquel castillo no tenía princesa a la que rescatar.</p>
]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Ruinas de arena para castillos de cine]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Arrobas para ligar]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
    <link>https://www.eldiariodemadrid.es/articulo/opinion/arrobas-para-ligar/20250613083417102744.html</link>
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  <pubDate>Fri, 13 Jun 2025 08:34:17 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Es complicado aliviarse de la tragedia por la defunción de un amor… y más si a uno le ha dejado hasta la mismísima Runaround Sue (Dion DiMucci, 1961). … Y mucho más en soledad. Y es que resulta llamativo el contraste social entre un duelo por la...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Es complicado aliviarse de la tragedia por la defunción de un amor… y más si a uno le ha dejado hasta la mismísima Runaround Sue (Dion DiMucci, 1961). … Y mucho más en soledad. Y es que resulta llamativo el contraste social entre un duelo por la muerte del ser amado y un duelo por la muerte del amor en la persona a la que hemos abierto nuestros sueños. En el primer aciago contexto, contamos con unos rituales bien conocidos, bien establecidos, bien organizados, que nos hacen vivir en compañía: velatorio, misa, funeral, entierro o incineración, luto. En cada uno de ellos hay un apoyo, una atención, una solidaridad de nuestros próximos. En la segunda desafortunada situación, esa misma sociedad no brinda un protocolo. Nos vemos sin rutas y… solos. Solos. Es posible sostenerse en una amistad, un familiar o un psicólogo; pero no tenemos la ocurrencia de publicar en <em>La Voz de Galicia</em> una esquela por el fallecimiento del amor que nos manifestó otra persona. Además, la resurrección no tiene lugar ante la muerte física; en cambio, en lo relativo a un abandono pasional, el ex puede revivir (sentimentalmente) y, quizás, muy pronto, <em>coleando o paponeándose</em> con nueva pareja. Y, entonces, como seres dejados, nos inundamos con tristeza por la marcha de quien ha sido importante para nosotros, con confusión al no comprender las razones, con ira debido a que nos consideramos traicionados a causa de lo mucho que hemos ofrecido, con miedo por un futuro incierto. Y, en paralelo, por qué no, deseando en cualquier segundo oír unas palabras de retorno, y si es con el estilo de Frank Sinatra, ideal (<em>Let me try again, </em>1973). … O, como consuelo, con cierta mínima ilusión de ser una luz duradera. «- Estuvimos casados treinta y cinco años, pero EIisa siempre te quiso a ti. / - ¿Pero qué dices, Alfredo? Elisa y yo fuimos novios cuando éramos jóvenes. Creo que incluso fue ella la que me dejó. Ha pasado tanto tiempo que ya no me acuerdo. / - Sí, te dejó ella. El 8 de septiembre de 1970. / - Exactamente. Alfredo, ahora estás trastornado. Es normal. Es… / - No estoy trastornado. Elisa siempre amó. Siempre. A un solo hombre. Tú», nos hace escuchar Paolo Sorrentino (<em>La gran belleza, </em>2013).</p>
<br />
¿Y abrir, de nuevo, muy rápido, puertas íntimas? ¿O hasta cuánto esperar para usar una llave? ¿19 días? ¿500 noches? ¿Qué me respondes, Sabina? No sé. De verdad, ahora no sé. Lo trágico, seguro, es si en el intento de una reconstrucción somos protagonistas de otro desastre afectivo, según leemos con Leonora en <em>Entre naranjos</em> (Vicente Blasco Ibáñez, 1900). «Me hizo soñar en una primavera eterna de amor y me abandona... Ha jugado conmigo... Se burla de mí... y no puedo aborrecerle. ¿Por qué me despertó cuando yo estaba allá abajo recogida, tranquila, insensible, en un egoísta aislamiento?». De todas formas, y a pesar de lo señalado, reconozco el valor de querer rehacernos; si bien, en la actualidad, descubro que la tarea no es fácil. Y es que parece vieja de moda mi visión ya en momentos de alegría estilo Garcilaso de la Vega («En tanto que de rosa y azucena / se muestra la color en vuestro gesto, / y que vuestro mirar ardiente, honesto, / enciende al corazón y lo refrena […]»), ya en ocasiones de desdicha a lo Gutierre de Cetina («Ojos claros, serenos,&nbsp;/ si de un dulce mirar sois alabados, / ¿por qué, si me miráis, miráis airados? […]»). Ahora aconsejan que sepamos movernos en aplicaciones y redes sociales; pero, no les miento, yo vivo desorientado. Y estoy perdido ante términos como <em>banksying</em> (hacer saber que una relación se va a acabar y planear su ruptura), <em>breadcrumbing</em> (mantener el interés de alguien con miguitas de atención), <em>catfishing</em> (crear una identidad falsa para iniciar un vínculo), <em>ghosting</em> (desaparecer sin aviso y sin motivo), <em>hoovering</em> (manipular a una expareja con el fin de retomar la relación), por ejemplo. Y ese glosario me hace ver que lo <em>trending topic</em> es un romanticismo ajeno, un romanticismo a veces tóxico, con la intención de controlar, dañar y manipular. Hoy en día, lo que escuchamos en <em>Atraco a las tres </em>(José María Forqué, 1962) no se lleva. «Fernando Galindo, un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo» no vale. Y aun palabras y expresiones como<em> ligue, plan, rollo, tirarse a alguien, tonteo</em> parecen estar <em>off</em>. En nuestro presente lo<em> on</em> es lo <em>-ing</em>. ¡Pero si hasta el dormir separados en una misma casa lo llaman<em> sleep divorce</em>! En fin, me doy cuenta de que Cupido prefiere el (algo) ritmo del inglés. Y clics en lugar de flechas. ¡Es tan sencillo acortar la distancia amorosa con un simple toque! O tres. Tic. Tic. Tic. Y, entonces, más pronto que tarde, él mismo, Cupido, dejará de ser Cupido para convertirse en un robot sexual con IA. Y, entretanto, yo seguiré fuera de este mundo, como Paul Bäumer queriendo alcanzar mariposas incluso desde una trinchera (<em>Sin novedad en el frente, </em>1930). O delante de una casa, esperando ver asomarse a esa persona amada. O junto a ella, muy cerquita… y hablar. «- Ahora te daré un beso en la nariz. / - Sí, por favor. / - ¿Puedo decirte que hueles muy bien? / - Debe de ser mi nuevo champú. / - No es el champú. Hueles a pañuelos limpios y recién planchados, como el campo en primavera». Algo así declara Joe Gillis a Betty Schaefer en la película <em>El crepúsculo de los dioses </em>(Billy Wilder, 1950). ¿Y utilizar el correo electrónico, aunque se nos ofrezca como una estrategia cibertransnochada? Pues también. Eso sí, con este recurso, siempre con un par… de arrobas.]]></content:encoded>
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        <media:title><![CDATA[Arrobas para ligar]]></media:title>
        <media:text><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:text>
        <media:description><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></media:description>
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        </item>
                        <item>
  <title><![CDATA[Libros para cerrar heridas]]></title>
      <category><![CDATA[Opinión]]></category>
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  <pubDate>Tue, 27 May 2025 08:14:57 +0200</pubDate>
      <dc:creator><![CDATA[Pedro Tena Tena]]></dc:creator>
        <description><![CDATA[ Ayer se fue. Me dejó. Y se llevó todos sus adjetivos. Ni uno olvidó en el que hasta en ese momento era nuestro pequeño apartamento. ¿Imaginan la escena? «- Yo quería…» -dice un Francisco Rabal convertido en Riccardo. «- … Hacerme feliz, ya; pero...]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Ayer se fue. Me dejó. Y se llevó todos sus adjetivos. Ni uno olvidó en el que hasta en ese momento era nuestro pequeño apartamento. ¿Imaginan la escena? «- Yo quería…» -dice un Francisco Rabal convertido en Riccardo. «- … Hacerme feliz, ya; pero para seguir yo tendría que serlo» -responde Vittoria con voz de Monica Vitti en <em>El Eclipse </em>(Michelangelo Antonioni, 1962). Así… Más o menos, así se despidió. Y ahora intento asimilar el trance escuchando en bucle «She’s gone» (Daryl Hall y John Oates, 1973); sin embargo, en esta primera noche sin ella, no hay arreglo. «(Cielo sin luna. / Tierra sin viento). / Y recuerdo tu mano en mi mano / y tu palabra en mi palabra». (¿Los versos están bien escritos, Federico?). Sí, será complicado cerrar la herida de su ausencia.</p>

<p>Para los adioses por desamor, leo que es buen amparo refugiarse en los libros, que ahí está el renacimiento. La palabra como auxilio. «A mis doce años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe», evocaba Gabriel García Márquez en su discurso para el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española (Zacatecas, 1997). ¿Y la lectura, camino de rescate? «La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño», recordaba&nbsp;Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel de Literatura (Estocolmo, 2010). Y, entonces, nos encontramos ante la <em>Biblia</em>, el <em>Corán</em>, el <em>Tanaj</em>, como modélicas obras para atesorar fe, y nos vemos frente a la<em> Enciclopedia</em>, como sobresaliente texto para cultivar razón. Mundos salvíficos en cada línea, según también nos ilumina en 1953 Ray Bradbury en su<em> Fahrenheit 451</em>, con el protagonista Guy Montag hallando un pacífico fuego interior junto a unas gentes que memorizan títulos con el objetivo de que el saber no se apague. ¿Y añadir aquí a Irene Vallejo y<em> El infinito en un junco</em>, quien desde 2019 nos invita a ser testigos de la benefactora compañía que ofrecen los libros durante siglos? «Todo está en los libros», cantaba Carmen Machado (con música de Luis Eduardo Aute y letra de Jesús Munárriz, 1982). En todos, sí. También en los desaconsejados. «A veces, es interesante ver lo mala que puede llegar a ser la mala literatura», me dice Joe Gillis en <em>El crepúsculo de los dioses</em> (Billy Wilder, 1950).</p>

<p>¿Pero no hay excepciones en el positivo relieve dado a los libros? ¿Don Quijote no enloquece por su devoción a las lecturas de caballerías? ¿Madame Bovary no se deconstruye a partir de su voracidad hacia las novelas románticas? Y, además, muchas páginas literarias apenas son un campo granado para superar intranquilidades. Por ejemplo, Ovidio con sus <em>Remedios de amor</em> me da unos primeros casos. «Lo digo a mi pesar: no leáis a los poetas eróticos; autor desnaturalizado, me revuelvo contra mis propios escritos. Huye de Calímaco, que no es enemigo del amor, y del poeta de Cos, tan nocivo como el primero. Safo, en verdad, me inspiró gran ternura hacia mi amiga, y en el viejo de Teos no aprendí la mayor rigidez de costumbres. ¿Quién leerá sin peligro los versos de Tibulo, o los del vate dominado solo por Cintia? ¿Quién puede permanecer indiferente después de la lectura de Galo? Hasta mis versos no sé qué tienen de sugestivos, y, si Apolo, que me los dicta, no me engaña, siempre es un rival la causa primera de nuestros daños». ¿Y de qué manera eludir aquí los no pocos nombres de autores y creadoras que se han quitado la vida, tal y como nos apunta Pere Rojo en «Breve atlas de los escritores suicidas hispanoamericanos», en <em>Cuadernos hispanoamericanos </em>(1 de julio de 2022)? Y es que la palabra leída no siempre da consuelo. Puede igualmente sentirse peligrosa, si atendemos en la <strong>ficción</strong>, como un mínimo ejemplo, a <em>La familia de Pascual Duarte</em> (Camilo José Cela, 1942) («Ordeno que el paquete de papeles que hay en el cajón de mi mesa de escribir, atado con bramante y rotulado en lápiz rojo diciendo: <em>Pascual Duarte</em>, sea dado a las llamas sin leerlo, y sin demora alguna, por disolvente y contrario a las buenas costumbres»). Y lo mismo si paramos en la <strong>realidad</strong> de los índices inquisitoriales. ¿Y es posible que la palabra lleve a matar? En la<strong> ficción</strong>, por supuesto. Ahí está la misiva que el vizconde de Valmont envía a<em> madame</em> de Tourvel, y que es razón para que la joven fallezca desesperada ante el abandono del amante, conforme <em>Las relaciones peligrosas</em> (Pierre Choderlos de Laclos, 1782). Y aun en la<strong> realidad</strong> hay testimonios. La obra de Wolfgang&nbsp;Goethe titulada<em> Las penas del joven Werther</em>, impresa en 1774, es una buena cita: se llegó a prohibir en Alemania, Dinamarca e Italia, porque hubo quienes por desgarro amoroso imitaban el final trágico del protagonista.&nbsp;</p>

<p>Y no solo las historias contenidas en los libros de afán estético pueden ser canal de autodestrucción, sino asimismo chispas que incluso hacen ver ese tan mitificado tótem cultural convertido en un arma mortífera contra otros. Y ahí, en la<strong> ficción</strong>, tenemos el <em>Necronomicón</em>, por H. P. Lovecraft en<em> La ciudad sin nombre</em> (1921), cuya lectura causa la demencia y la muerte. ¿Y <em>La asesina ilustrada </em>(Enrique Vila-Matas, 1977), obra que nació a partir de la idea de Miguel de Unamuno de crear una novela que provocase el fallecimiento de su lector? Y otro ejemplo paralelo lo añadimos con el códice de un texto aristotélico que envenenaba a los que pasaban las páginas con la mano y se la llevaban a la boca, un hecho presente en <em>El nombre de la rosa</em> (Umberto Eco, 1980). ¿Y olvidar «Libros que matan» (Alexander Prieto Osorno, 2000), un cuento que hace saber que a Enrique Zapata se le cayeron encima trescientos kilos de volúmenes vengadores? ¿Y el criminal en serie que encontramos en <em>Lucía</em> (Bernard Minier, 2022), que se inspira en las <em>Metamorfosis de Ovidio</em>? Y yendo a la <strong>realidad</strong>, se dice que <em>Los misterios de París</em> (Eugène Sue, 1842-1843) fue abono para la Revolución de 1848 en Francia. O Jerome D. Salinger, y<em> El guardián entre el centeno</em> (1951), que nos trae a Mark David Chapman, quien compró un ejemplar, escribió en él «Esta es mi declaración» y se puso a leerlo hasta la llegada de la policía, después de disparar contra John Lennon el 8 de diciembre de 1980. ¡Tanto por enumerar!</p>

<p>¡… Pero disculpen! Creo que estoy desviando su atención. A ver… lo más importante para mí: ¿cómo cerrar esta herida sentimental? Antonio Gala aconseja: «El fracaso es simplemente unos puntos suspensivos o un punto y aparte; pero la lectura sigue, la página sigue». Resulta luminoso ese enunciado y su paralelismo con los libros; no obstante, en estos momentos nada más que me apetecen unas letras… con música. Y el sol. Sí… que también regrese el sol.</p>

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        <media:title><![CDATA[Libros para cerrar heridas]]></media:title>
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  <pubDate>Fri, 25 Apr 2025 09:05:30 +0200</pubDate>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>¿Dónde está el Paraíso? El topógrafo se reconoce un ser de contornos y dimensiones sentimentales. Desde niño le gusta crear geografías de espejismos: construye pequeñas canchas de fútbol para jugadores de chapas, diseña ficticias carreteras con que hacer competir a ciclistas de corcholata, planea rayuelas en calles de arena, obra extraños circuitos en un barro en el que clavar limas y abre la tierra para construir guas que permitan divertirse con las canicas compradas en el comercio del señor Mariano. Y, con más gusto, dibuja fantasías sombreadas de lapicero. Hasta un arrugado folio blanco es espacio donde concebir inventados mapamundis de logros personales. El papel cebolla también vale para copiar escenarios creativos de Emilio Salgari o para trazar planos de los mundos de Julio Verne. Entonces, se comprende que cada tarde salga corriendo del colegio, a fin de llenarse de una libertad con que dominar descampados con un balón, jugar al escondite en aquella Plaza Romana y cubrirse de atardeceres infinitos, solo limitados por la escuadra de la madre y un cartabón paterno. Hoy en día, gracias al ordenador, ha aprendido que incluso lo incompleto vivido o lo desmoronado por crisis afectivas sirve a la hora de hacer nuevos caminos íntimos; y ello, mediante una particular anastilosis, esa técnica de reconstrucción de una realidad en ruinas a partir del ajuste de sus elementos dispersos. La idea de sentirse feliz, no importa el escenario, su razón máxima. ¿Verdad, Chuck Mangione, mientras tocas <em>Feels so good?</em> Igualmente, ese propósito lo defiende frente a un milímetro de terreno vital recién descubierto, a pesar de los desniveles de sus carencias personales. Cualquier lugar, aunque se trate de una minúscula área (física o no), lo precisa como una vía hacia victorias privadas. Y ahí acotamos las razones por las que se siente solidario con los que reciben carcajadas ante empresas que buscan aun mínimos territorios, como esas risas del astronauta Georges Taylor al ver a su camarada Landon colocar una ridícula banderita de posesión en el desconocido mundo de <em>El planeta de los simios</em> (Franklin J. Schaffner, 1968). Nunca ser conquistador de nada, se dice a sí mismo. Sin embargo, en caso de que sus estrategias fallen, no deja de recurrir a la definición de líneas y niveles existenciales que mejor domina: soñar. «¿Sabe lo que hago? ¡Sueño!», dice Isabel en<em> Calle Mayor</em> (Juan Antonio Bardem, 1956).</p>

<p>La idea de encontrar rincones <em>extraordinarios</em>, también mágicos, quiméricos o utópicos, ha sido tarea entre los seres humanos desde siempre. Y es que el topógrafo cree que nacemos con la meta(física) de alcanzar todo tipo de horizontes, incluidos los perdidos (Frank Capra, 1937). Su pensamiento de que es posible ir más allá le (con)mueve. Y cuando hay obstáculos, estima obligatorio intentar acceder a lo pretendido o, al menos, llenarse un poquito con objetivos de tangibilidad. Y, así, atreverse a hacer real y a ubicar hasta los lugares más imaginarios, como se hizo con Atlántida, isla más allá de las Columnas de Hércules, dibujada en un mapa de Athanasius Kircher (1669), o con Hiperbórea, tierra que Abraham Ortelius (1597) ilustra en el área polar, o con Tule, isla plasmada en imagen por Olaus Magnus (1539). Y uno tiene, a la vez, Camelot, El Dorado, el País de Jauja, el reino del Preste Juan, las Siete Ciudades, por ejemplo. Y si no hay más remedio que toparse con el fracaso, discurrir y dar por cierto y seguro lo que no es, en última instancia. Y el topógrafo vuelve a recordar a Isabel.</p>
¿Y qué trazos de carboncillo tienen los <em>valiosos</em> puntos de pasado al regresar a ellos? ¿Netos, apuntados, sintéticos, justos, emulando a Juan Ramón Jiménez en 1922 ante su concepto de <em>sencillez</em>? Ahí el técnico de la escala se sorprende al hallarlos dimensionados en mayor grado de lo que son en verdad. ¿Quién no se acuerda de esos míticos relieves de niñez que se antojan de adultos como sitios de gigante, viéndonos convertidos en Lemuel Gulliver en las tierras de Brobdingnag (Jonathan Swift, 1726)? Un árbol enorme, una casa grande, un jardín inmenso… y, más tarde, cuando hay un reencuentro, el descubrimiento del poderoso encanto de la memoria: el tiempo aumenta lo pretérito amado. El especialista reflexiona ahora sobre si a lo mejor el Paraíso está en las superficies que alcanzan nuestros primeros deseos o, por qué no, en las tierras que cubre la nostalgia de lo que fantaseamos de pequeños. «¿Cuántas veces más recordarás una cierta tarde de tu infancia? Una tarde tan arraigada en tu ser que no puedes concebir tu vida sin ella. Quizás tres o cuatro veces. Quizás menos. ¿Cuántas veces contemplarás la luna llena? Veinte, quizás. Sin embargo, nada parece tener límite», el topógrafo escribe con lápiz lo que escucha a Paul Bowles en <em>El cielo protector</em> (Bernardo Bertolucci, 1990).]]></content:encoded>
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