LA MIRADA DE ULISAS no puede quedar ausente del dolor que padecen los venezolanos en la actualidad. Dice la poeta venezolana Sonia Chocrón: “tengo un abismo en el pecho”. Se lo creo, no es solamente una metáfora sino la imagen misma del desgarramiento y la desolación que un drama de tal magnitud producen. Las palabras faltan para ilustrar el horror, pero cuando el silencio supera el desastre surgen voces como la de otra poeta venezolana: Raquel Markus Finckler que traducen sentimientos que no cesan: vengo de una historia que conoce demasiado bien el temblor de la pérdida, el exilio, la intemperie y la obligación de seguir cantando aún cuando el techo arde o se agrieta sobre la cabeza” Representa una alusión al violinista en el tejado, que a pesar de todos sus males su música jamás conocerá el silencio de la muerte. Seguirá evocando su dolor bajo cualquier circunstancia. Y qué mejor que los vates para describirnos el drama que nos aqueja a todos, ya que somos uno en el universo y lo que le duele a alguien debería ser un padecimiento colectivo.
Es el caso de Venezuela con su tragedia que no halla límites. Nos señala el horror y el terror de los sismos y sus consecuencias. Todavía, no se sabe a ciencia cierta la magnitud del inmenso desastre, sólo se conoce que hora tras horas y minuto tras minuto el aumento de muertos, desaparecidos y lesionados aumenta de manera excesiva. El tiempo que corre resulta la espada de Damocles para seguir rescatando supervivientes. Una escena registrada para el mundo fue la de una mujer alzando su mano entre los escombros para dar señales de vida. Una bandera con dedos que mecía su voz de alarma para decirnos su tragedia. Raquel nos acerca el momento con sus expresiones: ”vi el humo y las cenizas elevándose en el cielo como si un volcán hubiese despertado en medio de la ciudad. Mientras el humo subía, los edificios bajaban. Mientras la tierra temblaba, las familias se quebraban.
La gente moría. Los árboles crujían como si recordaran un dolor antiguo, uno de esos que nunca callan y regresan cuando la tierra decide hablar otra vez”. Es manifestación de cólera que se manifiesta cuando la naturaleza se rebela y nos muestra otra faz: el rostro de la desventura que borra sonrisas y trae lágrimas. Y añade Raquel con una filosofía propia de quien ha recorrido la sabiduría: “dicen que la historia es un espiral. Que las tragedias cambian de escenario y de protagonistas, pero vuelven”. Y es a lo que se está exponiendo el mundo con tanto abuso que le infringe a la naturaleza o tanta infracción que se hace con las malas construcciones para ganar más dinero, sin calcular consecuencias. Todo se une. Orquesta una calamidad que no deja ajeno al más insensible. Las escenas de los sismos en Venezuela son de llorar y crean laberintos difíciles de abordar. Nos dejan con un sentimiento de impotencia que cimbronea la conciencia y aturde los sentidos. No queda sino invocar la solidaridad para intentar mermar la intensidad de esta catástrofe. Se nos pega a la piel y al corazón lo paraliza. Y como repite Raquel: “no se escribe para explicar una tragedia” y la mirada de Ulisas agrega: sino para conmover y dejar un testimonio que temblará en la memoria.