La posible clausura de la Central Nuclear de Almaraz se ha convertido en uno de los debates energéticos más sensibles de los últimos años. Más allá de la discusión técnica, la decisión afecta de lleno a la cohesión territorial, a la reindustrialización del país y a la soberanía energética. Fernando Sánchez Castilla, alcalde de Belvís de Monroy y uno de los impulsores de la plataforma Sí a Almaraz, sí al futuro, defiende que el cierre sería “un error de enorme alcance, cuyas consecuencias se pagarán durante décadas”.
¿Por qué consideran que el cierre de Almaraz sería un error tan grave?
Porque no estamos hablando solo de una central, sino de un ecosistema económico y social entero. En torno a Almaraz dependen aproximadamente 4.000 empleos directos e indirectos, en una zona rural que ya sufre despoblación y envejecimiento. Aquí no existen alternativas laborales capaces de absorber ese impacto. Además, la central abastece a cuatro millones de hogares y aporta alrededor del 15% de la energía que consume la Comunidad de Madrid. Esto no es una instalación prescindible: es estratégica.
Desde el Gobierno se justifica el cierre como parte de la transición ecológica.
Nosotros no cuestionamos la transición energética ni las renovables. Al contrario, creemos en ellas. El problema es plantear una transición que consiste en quitar una industria sin tener otra preparada para sustituirla. No conozco ningún proceso serio de reindustrialización que empiece cerrando lo que funciona. La energía nuclear y las renovables son complementarias, no excluyentes. De hecho, lo hemos visto recientemente: cuando falla una, la otra es imprescindible para garantizar estabilidad.
¿Qué impacto tendría esto en la comarca?
Devastador. Belvís de Monroy tiene unos 800 habitantes, con una población mayoritariamente envejecida. La central fija población joven, incluso a través de convenios de formación profesional en Navalmoral de la Mata. Cerca del 80% de esos alumnos acaban trabajando en la propia central. Eso es luchar contra la despoblación con hechos, no con subvenciones puntuales. Cerrar Almaraz sería condenar a decenas de pueblos a la extinción.
Europa parece estar siguiendo una dirección distinta a la de España.
Completamente distinta. España es el único país que mantiene una política clara de cierre nuclear. Mientras aquí se insiste en esa línea, en Europa se están reinvirtiendo miles de millones de euros en energía nuclear. Alemania ha reconocido públicamente que se equivocó al cerrar sus centrales. Bélgica ha aprobado inversiones multimillonarias. Polonia está construyendo nuevas. Italia se lo está replanteando. Nosotros vamos en sentido contrario, creyendo que los demás son los equivocados.
¿Encaja el cierre con los objetivos climáticos?
No. Si cerramos las nucleares, tendremos que recurrir al gas, y eso implica más emisiones de CO₂. Se habla de un aumento de hasta seis millones de toneladas adicionales. Es decir, vamos justo en la dirección contraria a la descarbonización. Y además, el precio de la energía subiría: distintos informes sitúan el incremento en torno al 25% para los hogares y al 37% para la industria. Eso lo acaba pagando el ciudadano.
¿Qué papel juega el PNIEC en esta decisión?
El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima de 2019 es un plan, no un dogma. Desde entonces hemos vivido una pandemia, una guerra en Europa y una crisis energética global. Europa ha rectificado. España, no. Además, muchos de los objetivos del PNIEC, como el almacenamiento renovable, no se han cumplido ni de lejos. No se puede mantener una hoja de ruta que la realidad ha dejado obsoleta.
Desde el punto de vista técnico, ¿es segura la central?
Sin ninguna duda. Almaraz está catalogada como ONE-1, es decir, entre las diez mejores centrales nucleares del mundo, según la Asociación Mundial de Operadores Nucleares. Recibe delegaciones internacionales que vienen a aprender cómo se trabaja aquí. Además, está sometida a auditorías constantes del Consejo de Seguridad Nuclear, prácticamente a diario. Supera todas las evaluaciones con resultados excelentes.
¿Tiene margen para seguir operando muchos años más?
Muchísimo. Las centrales nucleares invierten millones de euros cada año en modernización y seguridad. No hablamos de instalaciones abandonadas ni obsoletas. Almaraz se ha actualizado de forma continua y tiene décadas de vida útil por delante. Las mejoras necesarias no suponen un coste desproporcionado. Desde el punto de vista técnico y económico, no hay ningún argumento sólido para cerrarla.
Sin embargo, la decisión final es política.
Exacto, y ahí está el problema. Un informe negativo del Consejo de Seguridad Nuclear es vinculante, pero uno positivo no obliga al Gobierno a prorrogar la central. Es decir, aunque los técnicos certifiquen que puede seguir funcionando con total seguridad, el Ejecutivo puede decidir cerrarla igualmente. Eso genera una enorme inseguridad y demuestra que no estamos ante una decisión técnica, sino ideológica.
¿Qué acciones han emprendido desde la plataforma?
Hemos hablado con comerciantes, agricultores, estudiantes, empresarios y vecinos de toda Extremadura. El consenso social es abrumador. Además, llevamos el caso a Bruselas y la Comisión de Peticiones del Parlamento Europeo ha aprobado una misión de investigación que visitará la zona los días 16 y 17 de febrero. Queremos que Europa vea sobre el terreno lo que está en juego.
¿Existe el temor de que Almaraz sea solo el primer cierre?
Sí, y con razón. Almaraz aporta el 7% de la energía de toda España. Si cae, se compromete la viabilidad económica del resto del parque nuclear. Y pensemos en Cataluña, donde las nucleares generan cerca del 60% de la electricidad de la región. Nadie explica qué pasaría si esas centrales se cerraran. Es un escenario muy serio.
Para terminar, ¿qué mensaje lanza al Gobierno?
Que escuche a los técnicos, a los operadores y a los territorios afectados. Que no repita errores que otros países ya reconocen haber cometido. Cerrar Almaraz no es una decisión neutra: afecta a la soberanía energética, a la industria, al precio de la electricidad y al futuro de miles de familias. Aún estamos a tiempo de rectificar, pero el margen se estrecha.

