La coincidencia no podría ser más curiosa. Mientras se disputa el Mundial de fútbol 2026, Colombia arma en su territorio el equipo que intentará gobernar la nación durante los próximos cuatro años.
El país vive así, al mismo tiempo, dos convocatorias y juega dos finales. Una dura noventa minutos. La otra comienza el 7 de agosto. En ambas, más de cincuenta millones de colombianos creen tener la alineación perfecta.
La primera la promueve el argentino Néstor Lorenzo, director técnico de la Selección Colombia. En la segunda, el protagonismo es del presidente electo, Abelardo de la Espriella. Una define quiénes saldrán a defender la camiseta amarilla; la otra, quiénes serán los ministros para gobernar un país donde las urgencias nunca descansan.
Ambas producen el mismo fenómeno: todos creen tener la mejor lista. En el fútbol existe una diferencia que la política no consigue aprender. Todos aceptan que el entrenador escoge once titulares y deja quince por fuera. Nadie habla de traición. Simplemente, no caben todos.
En cambio, cuando se anuncia un gabinete ministerial ocurre lo contrario. Quienes hasta la víspera figuraban para ocupar un ministerio de un día para otro, en cuestión de horas, pasan de "ministros seguros" a "cartuchos quemados". Así de rápido cambia la política. La diferencia es que no la presenta el estratega futbolero, sino el próximo inquilino de la Casa de Nariño.
Las reacciones también son parecidas. Unos celebran la convocatoria. Otros juran que falta el mejor. Nunca faltan quienes aseguran que ellos habrían escogido un equipo diferente, porque Colombia posee una extraordinaria capacidad para producir directores técnicos y jefes de gabinete sin necesidad de haber pisado un camerino o un consejo de ministros.
Mientras tanto, el balón sigue rodando. Y ocurre algo que la política rara vez consigue. Durante noventa minutos, la inflación acepta quedarse en el banco de suplentes. La inseguridad abandona el primer plano de los noticieros. La polarización baja el volumen. La pobreza, la desigualdad y el desempleo no desaparecen, pero hacen una pausa mientras todos miran hacia el mismo arco.
Pocas cosas logran semejante tregua. El fútbol no resuelve los problemas de Colombia, pero recuerda que todavía existe un espacio donde la esperanza puede vestirse de amarillo y salir a la cancha sin pedir permiso. Es algo así como imaginar, un experimento imposible.
Un espectáculo inolvidable sería que los nuevos ministros salgan a disputar el próximo partido del Mundial, este martes contra Suiza y que Néstor Lorenzo, acompañado de sus jugadores, instale el primer Consejo de ministros. Sería macondiano.
Los delanteros descubrirían que un déficit fiscal no se supera con una gambeta. Los defensores comprobarían que una reforma no se gana marcando a un hombre. Más de un político entendería que un discurso no basta para detener un contragolpe ni para colocar un balón en el ángulo.
Cada oficio exige talentos distintos. Y, sin embargo, los colombianos siguen esperando de unos y de otros exactamente lo mismo: que devuelvan la ilusión. Quizá por eso el país vive el fútbol con la intensidad de una elección y la política con el dramatismo de una final del Mundial. Cambian las camisetas, los escenarios y los protagonistas, pero las expectativas son idénticas.
Dentro de unos días se sabrá hasta dónde llega la Selección. Poco después comenzará el verdadero partido del nuevo Gobierno. En ambos habrá aciertos, errores, aplausos, silbidos, cambios de última hora y millones de comentaristas convencidos de que ellos habrían tomado mejores decisiones.
La diferencia es apenas una. El árbitro pondrá fin al partido del Mundial cuando se cumplan los noventa minutos. El otro encuentro no terminará con un pitazo. Comenzará en un mes. Y esa final no la jugarán once futbolistas. La jugarán todos los colombianos. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP