La lidia de un toro bravo comienza desde que el animal salta al ruedo. Su lidiador deberá observarle atentamente todas las reacciones, defectos y virtudes durante su estancia en la arena, siempre con sentido de su profesionalidad y experiencia, corrigiéndole en todo aquello que pueda afectar para el buen desarrollo del toreo, e ir adaptándolo a la faena que se proponga realizar, sacándole el provecho o máximo rendimiento para poder lucirse, finalizando con un digno estoconazo. La lidia básicamente se fundamenta en tres fases; breve, seguida y variada.
- Breve: No dejar nunca que el toro se agote.
- Seguida: Evitar que aprenda lo que no debe.
- Variada: Procurar que no se resabie y aquerencie.
Como antes hemos dicho, la lidia empieza desde el primer capotazo que recibe la res en la plaza, la que habrá que construirla y aplicarla con técnica para lo que es el toreo, procurando en todo momento que vaya unida al bien hacer del espectáculo, de lo contrario se malograrían las faenas, sería hundirlas en el fracaso.
Antiguamente, enfocar la lidia a un toro bravo de entonces, era muy fundamental planificar la faena desde su comienzo, tiempos aquellos cuando saltaban a las plazas reses mucho más duras, ásperas, corretonas y sin fijeza de ninguna clase. Los toros de hoy en día, se han renovado en buena parte al contar con un animal más templado, armónico y suave, por lo cual, le ha hecho ganar artísticamente al espectáculo taurino.
La verdad es que, aquel principio que servía como norma básica para torear reses difíciles y complicadas, ha pasado a un nuevo periodo, menos oscuro. Realmente antes, la tenacidad y capacidad del lidiador, muchas veces antiestética, se ha perdido frente a la eficacia artística de ahora. Las reses actuales han cambiado considerablemente, el torero puede aplicar las suertes de otra forma, las cuales han sido perfeccionadas de tal manera que, el toreo se ha convertido en un arte puramente bello, más vistoso, yo diría como nunca.
Las distancias a medir por el torero, el recorrido del toro, y las cercanías de tales suertes, han llevado a la fiesta de los toros a un campo apasionante de fantasía, en decremento de aquella emoción y conmoción que arrebataban en los tendidos, con frenesí, ya que la finalidad del toreo antiguo llevaba como sostén, un lidiar dificultoso y persistente con las reses. Hoy en sí, aparte de la dignidad y valentía que impulsa a los toreros por su vergüenza torera, han sabido o han podido adaptarse al toro moderno, elevando perfectamente bien la esencia del toreo, creando arte.
Cuando el arte se conjuga con las reglas de la lidia, lógicamente se está toreando con poder, pero cuando es todo lo contrario, sin dominio ni método, el torero pierde el arte, pierde el sitio, y también pierde el mando, entonces el animal embiste a su son, dejando a un lidiador sin control.
En el mundo de la tauromaquia, el toro bravo es más que un simple animal, es un símbolo de tradición, cultura y pasión. En cualquier plaza de toros del orbe taurino, este majestuoso animal se ha convertido en el principal protagonista de un espectáculo tradicional que lo han continuado generaciones y generaciones. Para ello, siempre se ha necesitado personas capaces de enfrentarse a la fiera brava, sirviéndose de engaños, técnicas y valor hasta dominarlo en lo posible, a costa de tragedias o triunfos.