Al hilo de las tablas

José Andrés Gonzalo

El festival del martes de carnaval, había llegado a su ecuador, los acreditados matadores Miguel Ángel Perera y Borja Jiménez, había dado cuenta, de dos novillos de la familia mirobrigense de Juan Manuel Criado. El tercer astado acababa de salir de banderillas, cuando su matador Manuel Diosleguarde, con la muleta planchada y el sombrero de ala ancha en la mano, se dirige a brindar. Enseguida nos damos cuenta, de que el destinatario es el banderillero local José Andrés Gonzalo, en el año de su despedida de los ruedos y por tanto en la última actuación de su vida en su plaza.  

Detalle del matador mirobrigense con quien fuera su tercero, y de quien siempre se pudo fiar. Magnífico gesto que fue subrayado por el director de la banda municipal de música, cuando su director José María Sendín, ordenó que sonaran acordes y notas de la entrañable pieza del Ciudad Rodrigo carnavalero “Forastero”, mientras que José Andrés dejaba en todo lo alto, el último par de banderillas en su plaza. Donde lleva batiéndose el cobre, más de tres décadas, año tras año, y carnaval tras carnaval;  desde que como novillero pechaba con el reto de ser torero. Pues, aunque no resultó seleccionado por el Bolsín; aún recordamos su meritoria actuación frente a un buen mozo de los “Patasblancas” que entonces criaba José Cruz en su finca “Cabezal Viejo”, a las puertas de Ciudad Rodrigo. Aquella tarde dejó claro que eso de no dar la talla, ante lo que tiene delante, no va con él.

José Andrés Gonzalo es miembro de una arraigada familia mirobrigense, caracterizada por ser gente trabajadora, capaz de sacar de la tierra el sustento necesario para vivir. Siempre con gran esfuerzo, pues la tierra a menudo, guarda con celo su fruto y hay que doblar muchos riñones para poder sacárselo. Nuestro hombre, honroso heredero de tal tradición y siendo uno de los hermanos pequeños de una larga familia, se embarcó en una aventura que ahora ve su final desde la perspectiva profesional. La aventura del toreo. 

Desde la base del esfuerzo sin reparos, se apuntó a la escuela de tauromaquia y aprovechaba cualquier oportunidad que le presentará. Aún recuerdo como, en las fiestas de Espeja, junto a Portugal, se echaba la noche de septiembre encima y la gente no se iba de la plaza, porque un menudo muchacho no dejaba de darle pases a una cornalona vaca vieja y toreada del maestro Pedrés. Era José Andrés Gonzalo que se tiró de la tapia en la capea con agallas y decisión.  

Enseguida entendió que el toreo tenía reservado para él un lugar significativo e importante, donde dio la cara con torería, verdad y honradez: ser tercero en las cuadrillas, solvente con los rehiletes y muy eficaz con la puntilla. Llegando a cubrir intensas temporadas en las cuadrillas de Eduardo Gallo, Leandro Marcos o El Capea, perteneciendo al grupo especial de profesionales del toreo. Su presencia en los ruedos siempre ha estado marcada por la discreción y la competencia, en intensas temporadas, en las que ha compaginado los tres escalafones y ha gozado del aprecio de tantos profesionales. Hombre honesto que se ha dejado querer por quien lo ha querido de verdad, y que no se ha entretenido en dolerse de tanto hierro, como a veces asienta el mundo del toro, en la piel de quien no es poderoso. Aunque no haya tenido ningún reparo, en reclamar justicia. 

Su paso por el toreo, deja la huella de aquel que se entrega con verdad, ganándose su sitio y su pan con honradez. Dos condiciones que dejan entrever una inmensa afición. Afición que ahora sale a flote en la escuela de aficionados prácticos,  donde con empeño y entusiasmo enseña, tanto como sabe, dejando siempre claro, que el toreo no es ninguna broma, como sólo puede defender alguien como él, que es un hombre serio. Por eso Ciudad Rodrigo, representado en  su  ayuntamiento, que  le rindió homenaje al final del festival en la plaza, y al sábado siguiente en la gala del Carnaval; sabe que el profesional se va, pero el torero vive. Dios quiera que por muchos años.