Que la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 (21 de abril a 4 de mayo), continúe con la apuesta de dedicar una jornada para “Un día con la Historia” es un gesto mayor, en medio del ruido cotidiano, cargado de titulares explosivos y de la inmediatez que polariza el objetivo de construir una mejor ciudadanía en Colombia,
La iniciativa, impulsada por un grupo de entusiastas estudiosos que decidió sacar la historia de las bibliotecas para llevarla al debate público, hizo posible concretar una convicción: los problemas de hoy no nacieron ayer. Se incubaron, se transformaron, se heredaron. Y, en muchos casos, se olvidaron.
De ahí la urgencia de espacios como “Un día con la Historia”, donde su narración deja de ser una colección de fechas muertas para convertirse en un instrumento vivo. Una herramienta para explicar por qué somos como somos y, sobre todo, por qué seguimos tropezando con las mismas piedras. Porque un país que no se cuenta, no se entiende. Y si no se entiende, difícilmente se corrige.
Lo advirtió hace más de un siglo George Santayana: “Quienes no conocen el pasado están condenados a repetirlo”. Y lo reafirma, desde la mirada colombiana, la académica María Margarita López al señalar que la historia “no es un adorno del pasado, sino una clave para comprender el presente”.
Pero en América Latina —y Colombia no es la excepción— el problema no es solo el olvido. Es también el resultado de decisiones equivocadas. Una de las más graves fue haber hecho a un lado la enseñanza de la historia en los pensum escolares, debilitando la formación de generaciones que hoy enfrentan el país sin entender de dónde vienen sus conflictos. Corregir ese error es una necesidad nacional.
Mientras en buena parte de Europa la historia es columna vertebral de la identidad, en este lado del mundo sigue siendo, con frecuencia, un asunto marginal. En Estados Unidos, la construcción de un relato histórico ha sido clave para consolidar una idea de nación. En América Latina, persisten vacíos: generaciones enteras desconocen sus raíces, sus conflictos fundacionales y sus momentos de grandeza.
Colombia lo refleja con nitidez. Más de dos siglos después de la independencia y a más de quinientos años desde el encuentro de dos mundos, aún hay episodios mal contados, heridas sin procesar y preguntas sin responder. Y ese déficit no es solo académico: es profundamente político, social y cultural.
Es ahí donde la historia exige una mirada más amplia: no solo hacia los hechos recientes, sino hacia las raíces profundas que marcaron el rumbo del país. La Colombia de hoy no se entiende sin sus pueblos ancestrales, sin sus saberes. Pero tampoco sin el impacto de la conquista y la colonia, ese momento en que la tierra fue asumida como territorio tomado, redefiniendo estructuras de poder, propiedad y desigualdad que aún resuenan.
Por eso resulta pertinente —y necesario— que la FILBo, con el apoyo de la Fundación Dandara, mantenga este espacio. Esa continuidad —de maestros, maestras y nuevas voces— es la que permite que la historia no sea un relato cerrado, sino una conversación en marcha. Que acerque esas reflexiones a públicos amplios, en un formato abierto y vivo. Porque la historia no puede seguir siendo de especialistas: debe convertirse en un lenguaje común.
Ese es, quizás, el mayor acierto de “Un día con la Historia” en la FILBo, según Mariela Vargas Osorno, cabeza visible del Festival Internacional de Historia: entender que conocer el pasado no es nostalgia, sino responsabilidad. Plantear esos temas, con los amantes de la historia en los días en que el libro es el protagonista, es un gran acierto.
No se trata de mirar atrás con melancolía, sino con lucidez. De asumir que en ese pasado —complejo y contradictorio— también están las claves de lo que podríamos llegar a ser. Porque al final, la historia no es lo que pasó. Es lo que decidimos hacer con lo que pasó. Comentarios a jorsanvar@yahoo.com de la Red Internacional de Periodistas RIP.