«A los corazones inquietos». Con estas palabras se dirigió el Papa León XIV a los españoles al despedirse de su viaje apostólico por España, específicamente en las Islas Canarias.
Fueron seis días intensos que, como señalé la semana pasada, dejaron en evidencia cómo los recortes de frases y discursos suelen ser utilizados para acomodar los mensajes a distintas posiciones ideológicas. Cada sector tomó aquello que parecía favorecer su mirada y, en ocasiones, dejó de lado aquello que podía interpelarlo más profundamente.
Me sorprendió especialmente el discurso pronunciado ante los miembros del Parlamento español en el Congreso de los Diputados, un acontecimiento histórico. Allí, el Papa insistió una y otra vez en el valor de la vida humana, en la dignidad inviolable de cada persona y en la necesidad de que las leyes estén al servicio de esa dignidad. Fueron palabras claras, serenas y profundas, dirigidas a todos, sin exclusiones ni preferencias.
Sin embargo, más allá de los discursos, hubo algo que resultó imposible ignorar: la fuerza de un pueblo movilizado. Los cientos de miles de personas congregadas en Madrid, Barcelona y Canarias; el orden, el entusiasmo y la presencia de tantos jóvenes llenan no sólo a España de esperanza, sino también al mundo entero de un renovado vigor.
Con su voz pausada y firme, León XIV intentó incluso expresarse en catalán durante su visita a Barcelona, mostrando cercanía y afecto, sin dejar de insistir en la importancia de la unidad y la convivencia. Cada gesto parecía transmitir un mensaje de encuentro.
Personalmente, me conmovieron imágenes difíciles de olvidar: la Plaza de Cibeles colmada y en silencio ante el Santísimo Sacramento; un estadio Santiago Bernabéu repleto rezando al unísono el Padre Nuestro; la espontaneidad de los niños que, sin protocolos ni temores, pudieron dialogar con el Papa; y la emoción transparente de un hombre que parece hablar tanto con sus palabras como con su mirada.
También quedarán en mi memoria los testimonios escuchados durante estos días: las reflexiones de Antonio Banderas, las voces de las personas privadas de libertad, las historias de quienes han perdido el sentido de su propia existencia, las experiencias de los migrantes y de quienes arriesgan su vida para rescatarlos del mar.
Durante seis días el mundo contempló el drama de una humanidad herida, lejos de cualquier sociedad ideal. Pero también pudo descubrir que, cuando esa realidad es observada desde la fe, la esperanza y el amor, no aparece como una historia condenada a la oscuridad, sino como una tarea compartida en la que cada uno tiene responsabilidad para transformar el mundo que habita.
En esa imperfecta condición humana radica, precisamente, la posibilidad de crecer y construir una sociedad más justa. Por eso sigue siendo necesario avivar las brasas de tantos corazones inquietos que corren el riesgo de apagarse en la soledad, la indiferencia o el desencanto.
Si algo me deja este viaje apostólico es la imagen de un Papa que no busca ocupar el centro de la escena, sino soplar suavemente sobre esas brasas para que vuelvan a encenderse.
Como escribió San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».