“Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada (…) los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”
Eduardo Galeano
Había llegado el día.
Mi tierra, aquella en la que yo nací, en la que viví mi infancia, mi juventud, en la que mis padres hicieron todo lo posible para que fuera feliz, en la que los primeros pasos de la madurez me enseñaron que no todo ni todos en este mundo son lo que parecen, se convirtió en una cárcel en la que solo podíamos continuar a costa de la enfermedad, del hambre, de la guerra, de la muerte. Nunca pensé que allí donde mis sueños empezaron a florecer los cuatro jinetes serían convocados para asolarlo todo.
Solo quería una cosa: que mi hijo pequeño prosperase, que pudiera tener un futuro en un lugar mejor, que pudiera ver cumplidas sus metas; en definitiva: existir.
Nos embarcamos junto con otras personas en un pequeño bote de madera. Casi no cabíamos en él. Puse a mi niño sobre los hombros y algunos de quienes nos acompañaban empezaron a remar hacia un destino que no era tanto físico como un anhelo, una emoción.
Una utopía.
Durante los días de travesía, algunos cayeron en un sueño eterno. Otros pelearon entre sí por la muy escasa comida con la que salimos del que fue nuestro hogar convirtiendo la nave en un triste recinto de pelea, movida entre las olas por el único instinto de supervivencia. Una humanidad debilitada por el sol, por el miedo, por la fría noche, convertida en aquello que no es.
Allá a lo lejos empieza a verse una cierta niebla…una tímida hilera de luces. Solo quedamos tú y yo, hijo mío. Nada fuerte hacia tu vida, sé feliz y, por favor, no me olvides, pues siempre estaré pendiente de ti, desde este mi lugar de descanso para siempre, desde este nuestro mar oscuro.