Después de la desclasificación de documentos, que tanto está dando que hablar estos días, uno esperaría encontrar en los papeles oficiales del 23 de febrero de 1981 no solo el relato de los hechos, sino también alguna referencia a sucedidos curiosos, que se han ido transmitiendo desde entonces. Pues no. Nada de eso está ahí. Lo que a continuación relato no sale de las actas oficiales, sino de las memorias (y de las anécdotas que sobreviven a la Historia), y demuestra que hasta en los peores embrollos del Estado de Derecho hay sitio para la medicina práctica y la farmacia aplicada.
En aquella sesión del hemiciclo, además de guardias civiles con la disciplina y obediencia que les caracteriza, se encontraban varios diputados con formación sanitaria. Entre ellos, los médicos Manuel Núñez Pérez, que sería ministro de sanidad con Leopoldo Calvo Sotelo; el recordado diputado del PSOE, Donato Fuejo, el doctor Carlos Gila; el farmacéutico José Manuel Maíllo, y otro farmacéutico, Federico Mayor Zaragoza, que sería ministro de educación y, más adelante, director general de la UNESCO. Todos ellos, profesionales de la salud, por un rato, protagonistas improvisados de una emergencia histórica, aunque también con algunas incidencias sanitarias.
La anécdota más repetida entre quienes la vivieron es la de la Cafinitrina, ese vasodilatador de uso sublingual que aquel día ganó protagonismo. Un diputado comenzó a quejarse de un dolor torácico inquietante. En un hemiciclo tomado, antes de permitirse salidas a los servicios o a beber agua, la respuesta clínica vino de Manuel Núñez, que actuó como médico prescriptor. El fármaco, estaba en el bolsillo de un farmacéutico previsor: Manuel Maillo, diputado por Cádiz. Aquí viene el detalle que siempre genera debate en las anécdotas de aquella jornada: ¿fue José Manuel Maíllo quien portaba la Cafinitrina? Varias fuentes orales y revistas de la época lo mencionan como el responsable de la dispensación del medicamento. Suerte que Tejero no sabía la composición de la Cafinitrina que es, aunque en pequeñas dosis, nada menos que trinitro-tolueno, más conocido por dinamita.
Mientras todo esto ocurría, quienes seguían en sus asientos o bajo las bancadas quizá no se dieron cuenta de que, además de la tensión política, se gestionaban tensiones cardiacas, ataques de pánico y desórdenes intestinales. Donde otros solo vieron tiros al techo, estos sanitarios tuvieron que recurrir a recordar mecanismos fisiológicos y tratamientos adecuados. Incluso en medio de uno de los episodios más tensos de la historia democrática reciente, siguieron haciendo lo que sabían hacer bien: cuidar bien a la gente.
Tampoco se puede dejar de citar en aquel 23F a la médico de la Cámara, la doctora Carmen Echave, cuyo nombre muchas veces queda relegado a las fichas de personal, pero cuya presencia fue fundamental, cuando Tejero empezó a dejar algún movimiento a los diputados. La crónica dice que se acabaron las reservas de ansiolíticos, mientras los periodistas que estaban en el bar - entre ellos mi gran amigo Juan Van Halen - dieron buena cuenta de espirituosos y otras bebidas menos fuertes, que los camareros ni se molestaban en cobrar.
No hay constancia del consumo de antidiarreicos en el Congreso - sería de mal tono citarlos -, aunque seguro que no faltaron diarreas dentro y fuera de él.