Ocurrió, por consiguiente puede volver a ocurrir. —Primo Levi, superviviente de Auschwitz
Hay quien parece haber olvidado que la historia tiende a repetirse. Tan sólo tenemos que asomarnos a su orilla para comprobar que, con frecuencia, vuelve sobre sus propios meandros. El antisemitismo, por ejemplo, no nació con Adolf Hitler, aunque es bien cierto que bajo su égida alcanzó cotas que helarían la sangre a cualquiera. Ya en el siglo XIX, Wilhelm Marr acuñó ese término de antisemitismo para envolver, en apariencia científica, un viejo prejuicio. Después surgieron movimientos como el «völkisch» que se dedicaron a tachar al judío como extranjero y señalarlo como sospechoso y culpable de todos los males. Es conocido que no tardaron en llegar los boicots, las agresiones y la propaganda organizada. A veces parece que la civilización contiene un barniz demasiado fino, tanto que no es capaz de contener los impulsos más primarios.
En los primeros años del siglo XX, figuras como Karl Lueger comprendieron que el odio podía ser rentable en las urnas y lo emplearon con total soltura en sus mítines y arengas. Cuando Hitler alcanzó el poder en 1933, no inventó nada nuevo, solamente elevó aquel veneno a programa estatal, acusando a los judíos de todo, amenazando con leyes de exclusión, retirada de ciudadanía y un boicot sistemático. Todo esto desembocó en el horror que conocemos.
Y cuando todos creíamos que Europa había aprendido la lección, la actualidad demuestra que la memoria es frágil. En los últimos meses hemos visto diversas polémicas públicas —desde protestas contra deportistas judíos hasta campañas contra artistas o acusaciones generalizadas en el contexto del conflicto entre Israel y los terroristas de Hamás—. El socialismo ha reavivado un clima que muchos pensaban desterrado. Numerosos analistas han apuntado que ciertos discursos políticos, especialmente en los últimos días por parte de Pedro Sánchez, están contribuyendo a alimentar ese ambiente. El socialismo está presentando al Estado de Israel o a la comunidad judía en términos que recuerdan, inquietantemente, a viejos patrones retóricos europeos.
Pero no seré yo quien pretenda dictar sentencias morales —Dios me libre de competir con aquellos que se proclaman guardianes de la virtud pública—, pero sí quiero recordar que quienes gobiernan junto a partidos que justifican la violencia terrorista, quizá deberían medir con mayor prudencia sus admoniciones éticas. Resulta llamativo que los dirigentes de la izquierda se muestran vehementes al denunciar supuestos incumplimientos internacionales en Oriente Medio, cuando guardan un total silencio ante atrocidades cometidas por regímenes o grupos armados en otras latitudes, especialmente cuando las víctimas pertenecen a minorías religiosas o si son disidentes que no encajan con su marco ideológico.
No sé si la historia está condenada a repetirse, pero sí sé que conviene vigilar aquellos discursos que, bajo la apariencia de la defensa de la justicia, terminan señalando a comunidades enteras. Y, desde luego, este humilde “Liberal Anónimo” no piensa sumarse a ninguna corriente que, por acción u omisión, contribuya a reactivar viejos odios que Europa ya pagó demasiado caros.