El liberal anónimo

Nací un 21 de abril. Historia íntima de mis cumpleaños

El cumpleaños es la única celebración en la que uno es homenajeado por algo que no recuerda y castigado por algo que no pidió, que es envejecer. —Anónimo

Hoy cumplo años. Lo sé porque Facebook pregona todas nuestras intimidades. Confesaré que me alegra ver a la gente celebrar su aniversario, pero a mí, cada vez que llega este día me invade una mezcla de resignación y discreto espanto, el mismo que solamente conocemos los que nunca hemos celebrado un cumpleaños. Siempre dije —con cierta ironía— que en las buenas casas nunca se rindió pleitesía a semejante costumbre, por plebeya y afrancesada. El santo, ese sí que era cosa seria. El cumpleaños siempre lo percibí como una frivolidad y un exceso de individualismo con olor a desorden moral.

Quizá por eso, ahora que la vida va colocando velas, me sorprende mucho más que la gente insista en celebrarlo. A partir de cierta edad, esa que se adivina en las articulaciones y en una mirada que ya no impresiona a nadie, los cumpleaños se convierten en una suerte de juicio sumarísimo. Tampoco me gusta soplar velas porque al hacerlo me sorprende una forma de validación que recuerda que seguimos aquí pero sin saber ni por qué ni para qué. Sin embargo, admitiré, que este rito popular también me ha enseñado que lo mejor de los cumpleaños es la tarta, esa rica tarta se convierte en una verdad universal. 

Y luego está el «Cumpleaños feliz», una pieza musical que suena horrorosa. Repite tres frases sin gracia, ni ingenio, ni chispa, tres frases sin nada. Personalmente, cuando la escucho, la siento como una tortura melódica que ridiculiza tanto al que lo canta como al homenajeado. Los portugueses, en cambio, frente a este suplicio español tienen en su “Parabéns” un cántico que al menos suena digno, hermoso y con armonía.  

Durante años nadie me felicitó y diré que he vivido tranquilo, muchas veces sin saber mi edad. Ahora me felicitan con un entusiasmo casi antropológico por las redes sociales, hasta surgen exultaciones de “amigos” que no sé quiénes son. En cualquier caso, sigo sin entender estos festejos importados y adoptados por el pueblo que sigue buscando una excusa para ser felices. Sin embargo, en el fondo, reconozco que lo afrancesado, popular y festivo, me persigue constantemente como una broma divina.

Pienso que en la tarta es donde reside el verdadero encanto y que el momento permite reírse de uno mismo. Tal vez debería aceptar que la vida es un desfile de fechas que se repiten y de las que sólo algunos —los más brillantes— conocen su verdadero significado. Hoy, con más años encima, puedo permitirme el lujo de tomarme este extraño festejo con humor. Confesaré también que cuando la edad se mira con ojos cristianos se reconoce una gracia, la prueba de que Dios, por razones que sólo Él conoce, sigue creyendo que tenemos algo que aprender o algo que ofrecer.

Así que sí, hoy cumplo años. Pero me place seguir manteniendo esa dignidad española y no convertirlo en un carnaval. Celebremos hasta sin celebrar, agradezcamos sin alboroto y riámonos de seguir vivos desafiando al calendario… y también, por supuesto, a los franceses.