Cuando era adolescente, allá por demasiados lustros atrás, cursábamos una materia que se llamaba Geografía. Por aquella época, los mapas venían en papel y tenían división política: podíamos ver, en ese mundo algo aburrido y de pocos colores, las líneas que separaban los países.
Con el tiempo —y con el viento a favor— pude viajar. Entonces descubrí que esas líneas eran, en realidad, oficinas con policías armados, sellos y papeles… muchos papeles, demasiados papeles.
Debo confesar que siempre me atrajeron las fronteras. Descubrir que, del otro lado de líneas invisibles, las personas se parecen demasiado. En muchos casos hablan el mismo idioma, sueñan parecido, aman igual. Tienen hijos y familias como usted y como yo. Porque, como escribió Terencio, “nada humano me es ajeno”.
Pero en este mundo que se impone tantos límites para garantizar su libertad, me confunde la lista de requisitos para pasar de un lado a otro.
Allá por 1930, mi abuelo —como tantos— decidió cruzar tal vez la línea divisoria más grande del mundo: el Océano Atlántico. Se estima que entre 1850 y 1940 arribaron de Europa a América unos 55 millones de personas. Algunos lo hacían con recursos; muchos otros escapaban como podían de las guerras, del hambre, del sufrimiento. Eran, en palabras de Stefan Zweig, parte de “un mundo de ayer” que se desmoronaba.
Llegar a otro país nunca fue sencillo. No lo es hoy tampoco. Más allá de las barreras lógicas de idioma y costumbres, existen otras aún más difíciles: la discriminación y la sensación de que alguien posee un título especial por haber nacido en tal o cual lugar, sin advertir cuánto de azar hay en ese origen. Como decía Albert Camus, “no hay destino que no se venza con el desprecio”, pero a veces el desprecio viene de los otros, no de uno mismo.
No es que en este escrito pretenda anular los derechos de los ciudadanos —tan bien desarrollados desde el Derecho Romano y transmitidos por siglos en el mundo occidental—, sino más bien despertar esa veta de agradecimiento por beneficios inmerecidos que algunos gozamos y otros no tienen. Porque, como advertía Voltaire, “no se trata de dar a todos lo mismo, sino de dar a cada uno lo que necesita”.
Cuando los astronautas observaron la Tierra desde el espacio, las líneas divisorias desaparecieron. La describieron como una nave única viajando en el universo. Una casa común. Tal vez por eso Antoine de Saint-Exupéry escribió que “lo esencial es invisible a los ojos”… y las fronteras, vistas desde lejos, también lo son.
¿Dónde está, entonces, nuestro verdadero mundo?
Me cuesta entender estos mapas actuales, llenos de imágenes. Me cuesta aceptar que el petróleo pueda valer más que un niño tendido sin vida en la orilla de algún mar. En ese silencio brutal resuena la advertencia de Mahatma Gandhi: “la pobreza es la peor forma de violencia”.
Planto mi bandera en la frontera de no dejarme convencer por palabras multiplicadas por millones, sino por la contemplación de los hechos. De los simples hechos que se respiran cada día. Porque, como decía Hannah Arendt, “la realidad es aquello que nos resiste”.
Harto ya de las líneas divisorias ideológicas que separan familias y construyen imperios. Porque no es lo mismo vivir bien… que honrar la vida.