El liberal anónimo

Crónicas del Presidente Pedro Sánchez y el arte de no saber estar

Dicha por un observador impertinente del Reino

Vivimos días de tremenda zozobra continental y ya son tantos que uno empieza a sospechar que es el estado natural de cualquier país. De nuevo vuelve a resonar en el universo el nombre del Presidente Pedro Sánchez. Un tipo de gesto menudo y ambición inusitada, tanto que ha logrado elevar la estupidez a ciencia de Estado. Sánchez no es un tipo que gobierne sin más, en realidad lo hace escondido tras un grupo de cobardes. Vive en su Palacio de la Moncloa, un mausoleo de lujo vigilado por un puñado de guardias que seguramente bostezan al unísono y un ujier que solamente despierta cuando escucha “chistorras, soles y lechugas”.

Los Estados Unidos, desde tiempos en que las alianzas significaban algo, han aguardado de los socios un mínimo, una ayuda, una colaboración que, ironías del destino, beneficiaría más a nuestra España que a nadie. Pero el señor Sánchez, discípulo de ese socialismo que no sirve de nada, ha decidido de manera unilateral que lo más prudente es no saber callar. Ni apoyar, ni oponerse, ni respirar siquiera.

Entretanto, el Presidente Trump, líder mundial y hombre de verbo ágil y tan poderoso que retumba como las campanas de una catedral, clama desde el Despacho oval en la Casa Blanca.

Pero también, algunos desde España, clamamos: Ven, ven y llévatelo lejos; mándalo con Maduro, hazle sitio a su lado. También pienso que uno ya no sabe si lo dice para salvar a Sánchez o, en otro caso, para librarnos de él. Aunque tal vez que se lo lleve sea la forma de salvación más fiable. Por si acaso, las coordenadas son Latitud 40º26’37” N y Longitud 3º44’13”.

Este pueblo español apenas recuerda vagamente que hubo tiempos con gobiernos que gobernaban, pero hoy solamente contemplamos como la ayuda que podría aliviar nuestras penurias se volatiliza entre los corredores dorados en donde Sánchez se refugia. En España, como en otros reinos difíciles, el mayor peligro para el pueblo no son los enemigos exteriores, sino un pueblo que todavía confía y espera algo bueno del socialismo.

Y así, mientras el mundo se agita, Sánchez sigue con sus miserias intentando convencer a sus socios que la neutralidad es una virtud. Pedro no sabe —o finge no saber— que hay momentos en que la neutralidad es sólo otra manera elegante de ejercer la traición. Es una infidelidad silenciosa, eso sí, muy propia de gobernantes que prefieren pasar a la historia como anodinos antes que como responsables. 

Hoy los aliados se indignan y el pueblo, entretanto, implora que alguien se lleve a Pedro, quien seguro que está babeando por su palacio contando baldosas y todo, por no sumar las consecuencias de su inacción. España no necesita este presidente pérfido e infame, preferimos un simple bedel que apague la luz de la Moncloa cuando Sánchez tenga la decencia de desalojarlo.