En la antesala de un nuevo aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, que se conmemora el 2 de septiembre, la humanidad recuerda el horror de la violencia y la urgente necesidad de paz. Hoy, las mujeres del mundo deberíamos levantar la voz no solo para honrar a quienes soñaron con un futuro sin guerras, sino también para defender la vida, la dignidad humana y la tierra que habitamos. Esta carta abierta es un llamado a no olvidar, a transformar la memoria en acción y la esperanza en compromiso.
Hermanas de todos los continentes:
Hoy me dirijo a ustedes con la certeza de que nuestra voz unida es capaz de cambiar la historia. Nosotras que hemos dado vida sabemos que ninguna guerra trae futuro, sino sociedades traumatizadas por el miedo. Con la amenaza nuclear en Oriente Medio y la guerra en Ucrania, ahora más que nunca urge trabajar juntas por la Paz Mundial.
La contaminación que deja la guerra es un legado tóxico para el planeta
Toda guerra cobra la vida de jóvenes soldados y deja a las madres desconsoladas. También destruye la vida silvestre, causa trauma psicológico en las personas y contamina la Tierra. Una herencia tóxica que persiste durante generaciones.
La Segunda Guerra Mundial produjo entre 6 y 7 millones de toneladas de explosivos, liberando metales pesados, gases venenosos y compuestos tóxicos que permanecieron en suelos y aguas durante décadas. Amén de los cientos de miles de toneladas que aún quedan enterradas en Europa y Asia. Y las minas terrestres enterradas en el Norte de África, Rusia, Ucrania, China y el Pacífico. ( en las Islas ocupadas por Japón).
Los frentes de batalla, diez veces más grande que en la Primera Guerra Mundial, provocaron una deforestación masiva y la desaparición de la fauna local: las poblaciones de aves, mamíferos y peces se redujeron a niveles críticos. El rugido constante de las bombas y la artillería provocó pánico extremo en animales salvajes y domésticos, alterando sus ciclos migratorios, reproductivos y alimentarios, causándoles también un estrés mortal.
El bombardeo atómico de Hiroshima y Nagasaki inauguró la era del miedo nuclear. La radiación contaminó el suelo, el agua y la salud humana durante generaciones.
La Segunda Guerra Mundial causó entre 70 y 85 millones de muertes directas. Toda guerra mata jóvenes y población civil, destruye familias, extermina la vida silvestre, contamina la tierra y el agua, destroza la mente y el espíritu de los sobrevivientes. En el siglo XXI, permitir que personas sigan muriendo en conflictos evitables, es una aberración que debería llevar a la abolición definitiva de la guerra, como fue en el pasado con la esclavitud.
Ahora más que nunca, con la amenaza nuclear que se cierne sobre Oriente Medio y la guerra en Ucrania, nuestra labor para promover la paz mundial como mujeres comprometidas con la vida, la ecología y la dignidad humana es urgentemente necesaria.
Invertir en la paz significa proteger la vida, la salud del planeta. La guerra debería ser un crimen injustificable, y la paz, la ley más sagrada de la humanidad. Trabajar por la paz mundial es hoy una prioridad vital e innegociable.
No puede haber desarrollo humano ni armonía social en un mundo amenazado por la guerra, la destrucción y la contaminación. La guerra se cobra la vida de seres humanos, destroza el corazón de las familias, destruye la naturaleza que nos alimenta y destroza la esperanza de un futuro digno. Por lo tanto, como mujeres, alcemos la voz para que la paz sea la ley más sagrada de la humanidad, para que los conflictos se resuelvan mediante el diálogo y la cooperación, y para que nuestras comunidades prosperen en armonía con la Tierra. La guerra es un crimen.
La paz mundial, la protección de la ecología y la dignidad de cada hombre, mujer y niño debería ser la base de nuestro compromiso, ahora y siempre.
Con esperanza y determinación,
Ana María Eiras