La historia observa más de lo que perdona. —G. Linda
Fue un día soleado. Paseé por la carrera de San Jerónimo, frente al Palacio de las Cortes, acompañado por una joven brillante, hija de la vieja Roma y heredera de un linaje que siempre supo distinguir el valor, la templanza y la honra. Junto a ella avancé por la que quise llamar «Calle de la Infamia y los Corruptos».
En la escalinata del Congreso de los Diputados nos recibieron “Daoiz y Velarde”. Son los dos majestuosos leones que llevan el nombre de los héroes del Dos de mayo. Me parece que su gesto se ha endurecido, quizá cansados de contemplar a separatistas, oportunistas, asesinos y ladrones, que hoy ocupan la casa de todos. Mientras los miraba, el general del pueblo aprovecha para buscar hasta la sombra de los animales para alimentar su vanidad digital. Pero volvamos a lo que importa.
Quise observar, como ellos, la actividad del parlamento. Y lo hice como asturiano, con ese orgullo íntimo de quien sabe que su tierra ha sido columna firme de nuestra España ¡Qué grandeza la de saberse español! El edificio se alza donde estuvo el Convento del Espíritu Santo y quiero pensar que quienes lo levantaron en el siglo XIX buscaban purificar, siquiera simbólicamente, a la chusma que algún día lo ocuparía. Sabían bien y no se equivocaron.
¿Y los leones? Pocos conocen su origen. Son hijos de nuestra Patria. Fundidos con el bronce de los cañones tomados al ejército marroquí tras la batalla de Wad-Ras. Su presencia recuerda que, cuando España quiere ser digna, sabe hacerlo. Pero también evocan otra memoria, la del Dos de Mayo. Cuando Madrid se alzó y Asturias, fiel a su carácter, fue la primera en levantarse contra el francés. Desde Móstoles un asturiano redactó la petición de ayuda y en Oviedo se respondió sin titubeos ¡En Asturias fuimos los primeros! Como en Covadonga, donde Pelayo encendió la llama que todavía nos sostiene bajo la atenta mirada de la inmortal Virgen de las Batallas.
El ejército asturiano avanzó contra las tropas napoleónicas con una bravura que no tiene parangón. No quiero olvidar a algunos héroes como el Coronel Castrillón, del Regimiento de Infantería de Pravia, ni a Pedro del Tronco que hizo temblar al invasor en Cangas de Tineo. Muchos hombres penetraron en tierra inhóspita, algunos lucharon hasta la muerte, contribuyendo con su valor a la derrota del gigante europeo. Por ello el rey les otorgó la medalla del Ejército Asturiano cuyo lema sigue resonando como un grito de guerra: ¡Asturias nunca vencida!
Nuestros leones del Congreso de los Diputados no son un adorno. Representan la fuerza de nuestra patria, una España que no merece ser gobernada por traidores ni por quienes desprecian la historia que los sostiene. Así que, cuando pasen frente a ellos mírenlos con humildad y respeto porque en su silencio hay más dignidad que en todos los discursos que se pronuncian tras esas puertas.