En un panorama editorial frecuentemente dominado por la autoficción y el lamento, El espíritu de la lamprea, de nuestro colaborador habitual, el médico Fernando García Alonso, irrumpe como un antídoto lúcido, erudito y vitalista. La premisa de esta obra es tan clínica como existencial: a un doctor se le diagnostica un tumor en el lóbulo temporal izquierdo que desencadena en él el rarísimo síndrome del gourmand. Acosado por persistentes alucinaciones olfativas y auditivas —en forma de arias operísticas y aromas a vinos añejos—, el protagonista decide rebelarse ante la inminencia de su fin. En lugar de entregarse a una resignación ascética y compasiva, abraza un credo plenamente falstaffiano, optando por el exceso dionisíaco como única respuesta válida ante la muerte.
Fernando teje una narración cuya prosa, de factura aséptica y precisa, se sostiene sobre tres pilares estéticos irrenunciables: la alta gastronomía, la gran ópera y la tauromaquia. Para este narrador impenitente, la hondura de Wagner o Britten, el hieratismo de José Tomás en los ruedos y la cata de un Charmes-Chambertin del 86 no son meros pasatiempos burgueses, sino liturgias análogas para atrapar lo sublime. A través de una sucesión de viajes y menús exhaustivamente detallados, la obra disecciona la condición humana enfrentada a su propia finitud.
Resulta insoslayable, sin embargo, acometer esta lectura hoy sin experimentar un cierto poso de melancolía. Las formidables aventuras gastronómicas que vertebran el relato fueron vividas en el cambio de siglo, lo que dota a la obra de un incalculable valor como documento histórico de una época dorada y ya extinta. Para el lector maduro y de paladar cultivado, el libro funciona como una exquisita cápsula del tiempo, dado que buena parte de los míticos restaurantes en los que oficia este particular héroe pagano han cerrado sus puertas para siempre. Recorrer las páginas de este libro equivale a poder sentarse de nuevo en las añoradas mesas de El Bulli, Arce, El Amparo, La Aldaba, Las Rejas en Las Pedroñeras o Zuberoa en Oyarzun.
El espíritu de la lamprea es un brillante memento mori contemporáneo, ajeno a cualquier moralina y escrito desde una honestidad apabullante. Una novela corta de innegable calado que recomendamos encarecidamente a todo lector de honda cultura, capaz de apreciar que, ante el ineludible descenso del telón, quizá la respuesta más digna sea apurar la copa y brindar por lo vivido. Un texto que nos recuerda de forma magistral que la verdadera belleza reside, precisamente, en su condición efímera.