Rostros y Letras

Entrevista a la escritora Claudia Marcucetti

CMP nació en La Spezia, Italia, donde vivió hasta los 13 años, edad en la que se mudó a México y aprendió español; más tarde, por vocación y por ósmosis, se naturalizó mexicana. En 1992 se tituló como arquitecta y fundó su propio despacho. En 2002 dejó su profesión y comenzó a escribir. Desde entonces ha publicado siete libros, entre los cuales destacan las novelas Los inválidos, Heridas de agua, Donde termina el mar y Fuego que no muere, así como la recopilación de entrevistas De lecturas y vidas. 80 entrevistas sobre el poder de los libros, derivada de su programa de televisión Cambio Literal. Ha colaborado con diversos medios de comunicación, donde se ha dedicado a la promoción cultural, especialmente de su gran pasión: la lectura. Actualmente conduce la sección literaria del noticiero Siempre contigo en ADN Noticias y escribe la columna De lecturas y vidas en el diario Excélsior.

¿De qué manera su obra dialoga con tradiciones literarias previas y cómo negocia entre herencia e innovación? 

Soy lectora antes que escritora, por encima de todas las cosas, así que el diálogo con otros autores y otras tradiciones es imprescindible. Mi escritura nace de esa conversación constante con las lecturas que me han formado. En cuanto a la innovación, el cambio me cuesta en todos los ámbitos. Digamos que soy, al igual que mi obra, más tradicionalista que innovadora.

¿Qué concepción del lenguaje subyace en su escritura: como herramienta, como límite o como campo de exploración? 

No soy una purista del lenguaje ni una exploradora deliberada del mismo. Para mí es, ante todo, un vehículo: una herramienta con un propósito ilimitado, el de transmitir ideas, emociones y mundos interiores.

Hay que recordar que mi lengua materna es el italiano y que hasta los trece años no hablaba español, de modo que a veces siento que no domino plenamente ninguna de las dos lenguas. Algunos autores de renombre me han sugerido experimentar más conscientemente con esa dualidad, aunque creo que ya lo hago de manera inconsciente, sin darme demasiada cuenta de ello.

Por ejemplo, en mi novela Fuego que no muere parte del material se basó en diarios escritos en italiano, y además fue escrita parcialmente en Italia. Al reelerla en compañía de un editor amigo, ya publicada, encontramos una cantidad sorprendente de palabras “inventadas”, fruto quizá de esa convivencia entre ambos idiomas pero que sonaban como parte intrínseca del texto al grado que el editor de Planeta no las corrigió. 

¿Cómo articula en su obra la relación entre experiencia personal y construcción estética? 

Con una clara ventaja de la experiencia personal sobre cualquier otro elemento de mi escritura. Comencé a escribir a raíz de una crisis existencial, y creo que cada libro encarna una nueva crisis. La experiencia vivida es siempre el punto de partida, aunque después la escritura la transforme en una construcción estética y la mezcle con otros elementos.

¿Qué papel juega la estructura narrativa o formal en la producción de sentido dentro de sus textos?

Un papel fundamental. Estudié arquitectura y ejercí esa profesión durante muchos años antes de dedicarme por completo a la escritura, por lo que los aspectos estructurales han marcado profundamente mi obra y, posiblemente, también mi manera de estar en el mundo.

p.d. Hago incluso maquetas físicas de mis libros con universos visuales de cada novela… 

¿De qué forma su escritura se vincula con problemáticas históricas, sociales o políticas? 

Creo que mi literatura a veces puede parecer desligada de los problemas actuales y del lugar en el que vivo, pero en realidad no lo está. Suelo tomar cierta distancia del momento presente, no para evadirlo, sino para devolverle al lector una mirada más amplia y con mayor perspectiva. La distancia permite comprender mejor la complejidad de las cosas.

¿Cómo entiende la figura del autor en la actualidad: como sujeto central, como construcción textual o como instancia crítica? 

Considero que mi figura como autora se entiende principalmente como una construcción textual, ya que mi voz se construye dentro de la propia obra y con todo lo que la rodea. Al mismo tiempo, mi escritura funciona como una instancia crítica, pues a través de ella reflexiono e interpreto la realidad.

¿Qué importancia tiene la intertextualidad en su obra y qué autores o corrientes reconoce como fundamentales en su formación? 

No soy una teórica de las letras, ni siquiera me considero propiamente una intelectual, así que poco sé de corrientes. Comencé a escribir de manera espontánea, sin siquiera proponérmelo. Sin embargo, en cada texto que escribo me acerco a autores, ya sea porque me han inspirado o porque siento que pueden dialogar con la obra,  que terminan acompañando el proceso creativo de distintas maneras.

En mi primera novela, Los Inválidos, el diálogo intertextual es claro y deliberado. Hay libros que forman parte vital de la trama, como los cuentos La première gorgée de bière et autres plaisirs minuscules, de Philippe Delerm, cuyo propio autor se vuelve personaje, o Dissection du mariage, de Elisabeth Butterfly, una novela que dialoga a su vez con Physiologie du mariage de Honoré de Balzac, referencias que forman parte esencial de la trama. En este libro está presente todo el universo de las letras francesas contemporáneas, desde Michel Houellebecq hasta Lolita Pille, pues en ese entonces estaba fascinada por las vanguardias francesas. Por otro lado, es curioso que, a pesar de que aún no lo había leído cuando escribí este libro, existe una suerte de influencia casi telepática o inconsciente de El túnel, de Ernesto Sábato.

En mi novela Heridas de agua, aunque la hayan comparado con el realismo mágico, las influencias fueron otras. Me inspiraron autores como  Federico De Roberto y I Viceré —antecesor del mítico Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi di Lampedusa—, especialmente en la construcción del retrato de familia y de una época; así como Andrea Camilleri, cuya La concesión del teléfono me llevó al uso de la epístola y del documento como parte activa del avance narrativo. También reconozco influencias de maestros mexicanos como Martín Luis Guzmán y Enrique Serna, por su despiadado ojo crítico y su pericia y humor narrativos en A la sombra del caudillo y El seductor de la patria concretamente.  

En Donde termina el mar, novela en la que intento construir un narrador que se desplace hacia el personaje, fue fundamental Bloody Miami, de Tom Wolfe. También estuvieron presentes entre mis lecturas del momento aquellas grandes novelas de aventuras, como La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson, y por supuesto no podía faltar el libro que es protagonista del propio texto, pues es el libro que le cambia la vida al personaje principal: Moby-Dick, de Herman Melville.

Por último, nunca habría escrito Fuego que no muere de la manera en que lo hice, siguiendo tres líneas históricas entrecruzadas, si no hubiera leído El hombre que amaba a los perros, de Leonardo Padura.

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