Patricia Camacho Quintos es poeta e investigadora de danza. En 1976 el gobierno mexicano la nombró valor juvenil por sus méritos académicos. Es doctora en Creación Literaria (mención honorífica) por Casa Lamm, donde obtuvo también la maestría en Apreciación y Creación Literaria. Es licenciada en Sociología por la UNAM. Ha publicado los poemarios Visiones y Momentos; Con el alma descalza; Beshabar (Viento negro); Cantos a Julio Amor, y AMORtajada de MUERTE y otros poemas; así como los libros De la academia al table dance, la danza del tubo y sus contextos; La danza clásica de Tulio de la Rosa: educar para crear; Josefina Lavalle: institucionalidad y rebeldía; Danza y box: bálsamo y herida, y Danza y masculinidad. También coordinó la antología poética Ellas le cantan a la danza. Asimismo, es autora del primer libro sobre danza editado en sistema braille en México, titulado Danza invisible y la apertura a las interrogantes infinitas. En 2013 el INBAL la distinguió con el Premio al Desempeño Académico, y en 2014 Casa Lamm le otorgó el Diploma a la Excelencia Académica. En 2024 el Círculo Internacional de Escritores le extendió un reconocimiento por sus aportes a la poesía, y el INBAL por su trayectoria en los ámbitos periodístico, académico, literario y editorial.
¿Cómo describirías tu espíritu creador?
Vivo en un estado de alerta respecto a mi lucidez y a mi finitud. Eso me provoca cierta urgencia para escribir, para compartirme con el estado más puro en el que surgen mis ideas, emociones y sensaciones. Voy a morir. No tuve hijos. Me da terror pulverizarme y convertirme en nada. Si algo he de dejar es mi escritura, para quien se apiade y al leerme rescate esa flamita vital con la que escribo aún estando tan enferma.
¿Qué tan importante es la introspección en tu proceso creativo?
Es fundamental. Mi escritura ha sido la vía más eficaz para mi autoconocimiento. El silencio, la quietud y descender a mis infiernos es lo que me ha permitido experimentar instantes verdaderamente luminosos. En mi vida profesionalmente activa como periodista y dentro de la investigación académica, estaba todo el tiempo dispuesta a colaborar en diversas tareas. Era el ajonjolí de todos los moles. Varias crisis psiquiátricas y un infarto cerebral me sosegaron relativamente, porque si bien no hago vida social, el hamster de los pensamientos no deja de girar su rueda, entonces escribo. Lo hago en mi teléfono móvil, porque es como encuentro la postura menos incómoda para escribir. Con el tema del infarto quedé con secuelas que me tienen con la motricidad limitada.
¿Cómo transformas tus experiencias personales en arte?
Juego y trabajo a la vez. Aunque sinceramente no sé si en el presente juego todo lo que debería para que mi escritura alcance el nivel de arte. Lo que sí te puedo decir es que una vez que he descendido al fondo de mis cadalsos interiores, desde ahí me expreso con mi más desnuda verdad y creo que es entonces cuando logro tocar la sensibilidad de mis lectores. No estoy segura de que en ese breve instante logre encender la chispa del arte. Creo que sí.
¿Qué crees que tu obra dice sobre tu esencia más profunda?
Que soy una diminuta pepita de melón, albergada en el esternón del Universo.
¿Qué te impulsa a seguir explorando nuevas formas de expresión?
Estoy aprendiendo a respirar. Duermo con respirador. Lo hago para mejorar mi calidad de vida. Lo mismo es aprender a usar nuevas formas de expresión, para ensanchar mi horizonte expresivo y de comunicación.
¿Cómo percibes el mundo a través de tus ojos críticos?
Con mucha angustia e impotencia. El fortalecimiento de la ultraderecha y su afán bélico, la voracidad del imperialismo, la pérdida de respeto a la vida (no sólo a la humana) son apabullantes. Pero por fortuna no matan los sueños y acciones de millones de luciérnagas que nos iluminan el camino. Más vale aportar poco que no hacer nada por devolverle a la humanidad su capacidad creadora ante la depredadora estulticia de la destrucción voraz. Los trabajadores del arte y la cultura tenemos mucho por hacer al lado del resto de la sociedad.