Vivir en libertad

El fracaso sistemático del control estatal sobre la vida humana

Existe una paradoja profundamente humana: sabemos que ciertos hábitos dañan nuestra salud y, aun así, los elegimos. Desde el consumo de alcohol o drogas hasta los excesos alimentarios, la pregunta es inevitable: ¿por qué actuamos en contra de nuestro propio bienestar? La Escuela Austriaca de Economía ofrece una respuesta clara: no actuamos irracionalmente; actuamos conforme a nuestras valoraciones subjetivas. Y, a partir de esa comprensión, se vuelve evidente por qué las prohibiciones estatales no solo fracasan, sino que con frecuencia generan consecuencias más graves —incluso mortales— que aquello que buscan evitar.

Desde Ludwig von Mises, quien afirmaba que “la acción es la conducta intencional”, hasta Carl Menger, el enfoque austriaco parte de una premisa central: toda acción humana responde a una escala de preferencias individual. El valor es subjetivo y el tiempo importa. Eugen von Böhm-Bawerk explicó que tendemos a valorar más los bienes presentes que los futuros, y Murray Rothbard sintetizó esta idea al señalar que toda acción privilegia la satisfacción inmediata frente a la futura.

A esto se suma la incertidumbre que subrayó Friedrich Hayek: el futuro no es completamente cognoscible. Sabemos que ciertos hábitos pueden generar daño, pero no tenemos certeza sobre cuándo ni en qué medida. Esa distancia reduce el peso de los costos futuros en la decisión presente.

Cuando el Estado interviene mediante la prohibición, parte de una premisa cuestionable: que puede eliminar la conducta suprimiendo su acceso. Sin embargo, la evidencia muestra lo contrario. Durante la Ley Seca, el consumo de alcohol no desapareció; se desplazó hacia mercados clandestinos. En ese contexto, proliferó el alcohol adulterado. Solo en 1923 se registraron más de 200 muertes por envenenamiento en Nueva York, y estudios posteriores estiman que, tras el fin de la prohibición, las muertes por intoxicación alcohólica disminuyeron en torno a un 10–12 % en varias ciudades.

El patrón se repite hoy. Según los Centers for Disease Control and Prevention, Estados Unidos ha superado las 100.000 muertes anuales por sobredosis en los últimos años, en gran medida vinculadas a sustancias ilegales como el fentanilo, cuya composición es desconocida para el consumidor. La prohibición no elimina el consumo, pero sí elimina los controles de calidad y aumenta el riesgo.

Este fenómeno responde a una lógica clara: cuando un bien se prohíbe, no desaparece; se vuelve más peligroso. En mercados clandestinos, los incentivos favorecen productos más potentes y riesgosos.

Aquí cobra relevancia la crítica de Hayek a la “fatal arrogancia”: la creencia de que una autoridad puede dirigir mejor la conducta humana que los propios individuos. En la misma línea, Jesús Huerta de Soto ha advertido que el intervencionismo genera efectos no intencionados que agravan los problemas.

La evidencia histórica y empírica es contundente: cuando el Estado pretende sustituir la decisión individual mediante la prohibición, no elimina el problema, lo transforma y, con frecuencia, lo agrava. Las muertes asociadas al alcohol adulterado durante la Ley Seca o al consumo de drogas en mercados clandestinos no son efectos colaterales menores, sino consecuencias directas de haber expulsado la actividad humana hacia la ilegalidad.

La lección es incómoda pero inevitable: la vida humana no se ordena mediante decretos. Allí donde se ignora la naturaleza de la acción individual, la intervención estatal no protege, sino que expone a las personas a mayores riesgos. La verdadera alternativa no es entre libertad y seguridad absoluta —que es imposible—, sino entre libertad con responsabilidad o prohibición con consecuencias imprevistas y, a menudo, más letales.

Pretender lo contrario no es protección: es una forma de arrogancia institucional que termina cobrando su propio precio en vidas humanas.