Entre la ley y la honestidad

Los dos amigos

“La amistad es un alma que habita en dos cuerpos, un corazón que habita en dos almas.” Aristóteles

Muy atrás había dejado ya mi añorada Estagira para vivir en la ciudad de Mitilene. No estuve demasiado tiempo allí, ya que se me encargó la formación de un chico que apuntaba maneras, y su padre quería que tuviera unas bases intelectuales y éticas sólidas de cara al futuro, dado que ese jovencito -y yo mismo lo pude percibir mientras estuve con él- algo muy especial tenía. Pero no quiero entrar en una historia que ya es conocida, y de la que estoy muy orgulloso (qué profesor no puede estarlo cuando su alumno consigue brillar en el firmamento), sino rememorar algo que me pasó y que me hizo pensar mucho. No es un pasaje famoso de mi vida, en absoluto, pero sí importante.

Mientras viví en Estagira tuve un gran amigo: Panos. Hablaba mucho con él, nos unían ciertos vínculos casi familiares, por la proximidad ancestral entre nosotros. Cuando me fui, dejé de saber de Panos, pero absolutamente: no tenía noticias suyas. Yo consideraba que la distancia geográfica hacía muy difícil mantener la relación y con esa idea -como diría el maestro- me quedé. Cuál sería mi sorpresa que, a las pocas semanas de comenzar a dar clase a Alejandro, en la corte real, Panos apareció. Se presentó allí mismo y, como si no hubieran pasado los años, me empezó a contar las vicisitudes de su vida, que se había convertido en escultor, aunque incipiente, con cierta fama en Estagira y que, al llegar a nuestra tierra los rumores de que yo estaba enseñando al hijo del rey de Macedonia, tal vez podría darle espacio en alguna sala de la corte para presentar sus obras. No lo dudé: hablé con Filipo, padre de mi alumno, y Panos tuvo a su disposición una de las cámaras principales del palacio para exponer sus esculturas. Le veía feliz. Había sido un éxito y su nombre empezó a resonar entre los de su gremio. Tras eso, Panos volvió a Estagira y de nuevo le perdí la pista.

Resultó que, al cabo de unos tres años, cuando yo ya no estaba en Macedonia, sino en Atenas, con mi academia recién fundada, un día veo aparecer de nuevo a Panos subiendo las escaleras y se pone a caminar conmigo y con mis alumnos. Venía a verme porque, por desgracia, estaba sin trabajo. Esto no me lo expresó abiertamente, pero sus hechos luego lo demostraron: tuve claro que Panos pensaba que quizá por mi posición en Atenas le podía, de algún modo, procurar el contacto o el acceso que él necesitaba. Realmente no fue así, porque el oficio de mi amigo no encajaba con el entorno en el que yo estaba. Fueron unas semanas en las que Panos y yo hablamos largo y tendido, prácticamente más que nunca, e incluso yo le proporcionaba información de ciertas eventuales salidas profesionales, que él rechazaba. Le acompañé y le atendí esa temporada en todo lo que pude; fue una dedicación que llevé a cabo con gusto. Hasta que llegó un día en el que Panos consiguió encontrar su sitio y comenzó a tener una cierta mayor estabilidad. Me alegré por él, puesto que, en verdad, su ánimo y sus fuerzas, aunque estaba muy experimentado en disimular -no era para nada un neófito-, no estaban en situación de plenitud, sino todo lo contrario.

Pues bien, desde ese preciso momento, aquellas, en principio, ocasionales visitas, aquellas casuales conversaciones, desaparecieron definitivamente. No volví a saber nada del devenir de Panos. Ni tampoco, por ningún medio o persona cercana, supe de un hipotético interés suyo por cómo pudieran irme a mí las cosas. Di por hecho que él sí podría estar al tanto de lo mío por algunas fuentes abiertas -por así decir- pero, en efecto: jamás se volvió a dirigir personalmente a mí.

Siempre he sido una persona más de razonamiento y menos de idealismo, y por ello me doy cuenta de la realidad, qué duda cabe; pero cuánto me acuerdo de las enseñanzas de mi querido profesor Aristocles -cariñosamente, Platón- a quien tanto debo: es necesario mantener siempre un mínimo componente idealista en la vida. Y, precisamente por eso, pese a todo, mi concepto de la amistad nunca morirá.