Los días en La Lupuna, el paraíso donde se fundaron los patriarcas, forman páginas de vida entre el susurro de ráfagas de viento, el baile de nidos y vuelo de loros esmeraldinos sobre pastizales peinados con la brisa; el ruido de los gajos danzarines, chillidos de chiriguares, garrapateros, el canto del coclí, concierto de paraulatas, azulejos y canoras que llegaban a su dormitorio en el patio; El arrullo de torcazas, golpes de picamaderos, cantos del cristofué, perdices, caicas, alcaravanes, murrucos y lechuzas con su tono triste; el croar de ranas, responso de sapos, canto de grillos y el revoloteo de murciélagos, mientras de los mangones se extendía el pitar del toro marcando territorio entre sus hembras, igual que los relinchos del padrote con su hatajo.
Momentos bajo el ruido del baile de hamacas guindadas en los brazos de la casa vieja, entre el parpadeo de estrellas y del pan de plata, como parte del sagrario de los recuerdos donde quedó lo mejor de lo vivido y añorado.
Que rápido se pasa por el tiempo. Los hijos de los viejos se fueron con sus maletas a otro lado, y de pronto, todo cambió tanto que hasta el caño ya no existe. Las nuevas generaciones dejaron las construcciones con pecas del olvido, la casa con vestigios de los techos de moriche lloran ausencias y recogen la tristeza entre rayos del sol y de la luna. Tiempos idos, al echar de menos angeos y astillas de guafas que mantenían abiertas las ventanas. Cuartos invadidos de polvo, telares grises con sus amigas las arañas entre escombros y aleros de los corredores. La cocina melancólica porque el fogón está sin vida, corotos vestidos de tizne que los desprecia como enseres utilizables. La percha de cacho que servía para colgar sombreros, riendas, frenos, y rejos para las faenas en el hato, dejó de usarse. La tinaja rota por falta de caricias a la bebida que se fugó cuando dejó de ser fría, el pilón del maíz triste en el rincón lamenta sus escarchas de moho, la parihuela quedó con su rostro demacrado junto a los zurrones tiesos por los embates del tiempo.
Los árboles frutales terminaron secos, los nidos abandonados por los pájaros que se llevaron lejos sus melodías a otros palos. Tampoco hay encierros de ganado ni faenas de capada. La tristeza se nota en el palo de la tasajera que agonizó de viejo, la caballeriza en ruinas, y en el botalón solitario del corral que ya no existe.
El patio con grietas secas cubiertas de hojarasca y de plumas sin colores, son testimonio silente y polvoriento del tiempo, entre los terrones de muros y maderas que son recuerdo de la esencia de todo lo que fueron, una premonición de los abuelos cuando dijeron que sin trabajo y dedicación, terminaría su esfuerzo, y era como un anuncio triste y melancólico por el apego a lo construido honestamente antes de mudarse para siempre a los parajes del cielo…