Las lágrimas son la sangre del alma
San Agustín
La antigua cárcel de la ciudad contempla, eterna y silente, el devenir de los ciudadanos en sus inmediaciones.
Desde sus históricos muros, antes lugar de castigo y pena, transformados hoy en reducto del saber y la cultura, las vicisitudes humanas han configurado escenas que dotan de personalidad al entorno del reino de reinos.
Del Arco al Jardín del Cid, un aire de melancolía impregna el camino. Muchas son las vidas que, prácticamente desde su origen, e incluso antes, en remotas generaciones, se han construido en este emplazamiento, testigo, por lo tanto, de acontecimientos cruciales.
Al caer el día, el sonido de los vencejos que circundan las atalayas de la cárcel acompaña a un gris atardecer. Las nubes cubren y tiñen de oscuros tonos calles, árboles y sentimientos.
Comienza a llover.
Las gotas discurren entre las piedras de la otrora prisión y mojan, en las alturas, la pálida efigie de Pelayo. En ese momento, al alcanzar su rostro, su tonalidad cambia.
Ya no se trata de lluvia.
Son lágrimas de sangre.