Sé que a Leonardo Favio, no obstante los altos bombos del peronismo, le hubiera gustado morir en Colombia, en Pereira, donde vivió y amó y dejó un hijo. El duelo por este cantante de letras poéticas fue de Argentina y Colombia.
Celia Cruz tenía siempre pánico de cantar en Bogotá, porque pensaba que iba a morir a 2.640 metros de altitud, como su amigo Miguelito Valdés, Míster Babalú, quien encontró la muerte un 8 de noviembre de 1978, mientras cantaba en el Hotel Tequendama.
En Medellín falleció el 9 de febrero de 1994, el cantante cubano Orlando Contreras, uno de los fundadores de la Cofradía del Despecho, con boleros como “Amigo de qué” y “Egoísmo”. Se enamoró de una bella mujer paisa y olvidó para siempre las noches habaneras y los amaneceres neoyorquinos.
Contreras falleció en la misma tierra que vio, el 24 de junio de 1935, el avión en llamas que llevaba a Gardel con sus guitarristas.
En una tarde del 26 de mayo de 1989, murió en Bogotá don Juan Legido, más conocido como “El gitano señorón”, responsable de la irrupción de esos cantos de morería andaluza, pasodobles de repique que llegaron por la montaña y se quedaron para siempre en condumios y fiestas patronales. Legido, símbolo de esa España de traje de lunares y pandereta, cantó piezas como “Doce cascabeles”, “El beso” y “No te puedo querer”.
Daniel Doroteo Santos, nacido en Trastalleres, Puerto Rico, el 5 de febrero de 1916, también echó raíces en Colombia, y aunque no murió aquí, se le recuerda como propio. Tuvo un hijo con la joven palmireña Luz Dary Padredín. La última vez que vi al “Inquieto anacobero”, fue en una rueda de prensa en el Hotel Intercontinental de Cali. Bajó al salón con una gran correa que lucía en su hebilla una bandera de Puerto Rico. El escritor puertorriqueño Joseán Ramos, recuerda ese momento en su libro “Vengo a decirle adiós a los muchachos”, donde no salgo bien librado. El hombre me lanza un dardo envenenado, porque piensa que hice una pregunta impropia al “Jefe”.
Todavía recuerdo cuando Héctor Lavoe quería vivir en Colombia, particularmente en Cali y Juanchaco. Del Pacífico le encantó lo agreste de esas playas del litoral, como había sido Puerto Rico en los días de su infancia en Ponce.
Los hermanos Lebrón, leyenda de la Salsa de los 70 y 90, mercan en los supermercados de Cali, conversan con la gente en los parques de la ciudad, tienen hijos y nietos en el barrio Calima y piensan que aquí la vida es mejor, entre palmeras y esta brisa suave.
Colombia y Cali, tienen un encanto inmediato para los artistas del mundo. El poeta Marco Fidel Chaves, recuerda la fascinación de Pablo Neruda en Juanchito, después de un recital en el Teatro Municipal. Lo llevaron hasta ahí, para que el poeta viera amanecer en el río Cauca y se tomara unos aguardientes. De pronto se armó una bronca de nativos, y un arenero privó a otro con un golpe contundente. Neruda lo recordaría más tarde en el Canto General: “Para que la semilla golpee como un puño colombiano…”, él que había sido saludado por Jorge Rojas, con aquello de “esta es Colombia, Pablo/ con su espuma y su piedra/ curvada dulcemente sobre el hombro de América...”